Por Juan Guaján
Gran parte de los argentinos están conmovidos por el ritual de esta religión contemporánea que es el fútbol. Estos ceremoniales llegan a tal punto que no faltan sectores minoritarios que consideren que hay argentinos que tienen a la pelota por cabeza.
Sin embargo, es imposible no tener presente el fenómeno emocional que ese deporte conlleva. Tal situación, junto a las infinitas capacidades de comunicación masiva que nos han invadido, otorga al mismo una vigencia con la que ningún otro hecho humano –ni siquiera la guerra- pueden competir.
En medio de este gigantesco fenómeno, que suele ser considerado como un hecho básicamente distractivo, hay cruces de situaciones que conmueven a la sociedad.
Éstos, como caminos que se cruzan, dan la impresión que estamos atravesando dos situaciones: la lucha social y las divergencias e incapacidades en el sistema de poder, que avanzan hacia un punto de choque cuyo destino final es absolutamente impredecible
En este diciembre, aunque absorbido por el fútbol, está detonando una larga construcción que tiene dos componentes centrales.
Uno de ellos son las repercusiones de la crisis en el sistema de los que mandan. Con la condena a Cristina, luego de un trámite largamente preparado, en el “Juicio de Vialidad” y su otra cara, la conspiración patagónica de los poderosos.
En otro extremo, la pobreza de un pueblo, cargado de bronca y dolor en un país sin rumbo, transitando un modelo inviable impuesto por el FMI. Éste, en su versión actual, tiene como protagonista principal a un gobierno peronista elegido por la misma Cristina. La misma que ahora tiene que asumir una “política de ajuste” tantas veces fracasada, aplicada por ese gobierno.
LA CRISIS DEL MODELO INVIABLE QUE SIGUE “PATEANDO PARA ADELANTE”
La dirigencia de nuestro país, guiada por intereses de clase, modelos y valores inadecuados, ya sea por incapacidad, falta de audacia o audacia mal aplicada, es la gran responsable de haber transformado las riquezas de nuestro país en esta decadencia sin fondo que estamos atravesando.
En esta semana se han conocido los últimos datos de nuestra realidad socio económica. Ellos forman parte de los habituales Informes del Observatorio de la Deuda Social de la UCA que, aunque tengan algunas diferencias con los producidos por el INDEC, coinciden en las tendencias generales señaladas por ese organismo estatal.
Unos pocos datos certifican que nuestra situación social sigue en retroceso, a pesar del crecimiento de las políticas sociales y en períodos donde hubo un cierto crecimiento económico. Ello evidencia una tendencia a la concentración económica que ha transformado a estas políticas en auténticas fábricas de pobres, más allá de lo que digan o piensen sus dirigentes.
Los datos centrales reflejan la situación al final de tercer trimestre (septiembre) del año en curso. La pobreza alcanza el 43,1%, frente al 42,4% del año pasado. En cambio, la indigencia se redujo del 9% al 8,1%. Esa disminución de la indigencia es atribuida al crecimiento de los planes sociales. Son los mismos que -en una reiterada repetición- demuestran no estar avanzando en la dirección correcta, de transformarse en trabajo digno.
En el Informe mencionado se destaca que, de este modo, “estamos ante la tercera generación de pobres en el país”. Los efectos prácticos de esta afirmación son obvios y ellos plantean el núcleo central del drama argentino, con sus riquezas saqueadas y mal distribuidas.
Para el organismo oficial, el INDEC, para fines del primer semestre del año (junio), la pobreza se ubicaba en el 36,5% y la indigencia en el 8,8%.
Volviendo al Informe del Observatorio Social de la UCA, el 61,6 % de los niños viven en situación de pobreza.
Comparado con otros momentos, el Informe recuerda la evolución de la pobreza en la Argentina: Año 1974 era del 6%; en 1980 era del 20%, su crecimiento ha sido y es exponencial. Todo ello a pesar del aumento de los planes sociales. Desde el 2010 esa ayuda a los hogares se duplicó, pasó del 24,4% de los hogares en 2010 al 40,4% de los mismos en la actualidad. El Informe remata con la información que, sin los planes sociales, la pobreza hoy superaría el 50% y la indigencia estaría rondando el 20%. Pareciera que la novedad no es lo mal que estamos, sino la perspectiva que –por este camino- estaremos peor.
Así estamos, con una gran parte del pueblo sumergida en la pobreza e indigencia y una dirigencia sometida a los dictados del FMI y al servicio del incremento de estas hirientes desigualdades.
Desde esta realidad el gobierno se asoma al futuro. Tiene un par de principios sobre los cuales imagina construir lo que viene. Uno de ellos es la “guerra a la inflación” y el otro “patear para adelante” los problemas centrales.
En el mencionado combate a la inflación no ofrece alternativas al hecho que la inflación anual, de este 2022, llegue al simbólico 100%. El gobierno espera que, durante enero y febrero se inicie una ostensible declinación hasta llegar en el período previo a las elecciones con una inflación mensual que oscile entre el 3 y 4%, la reciente información en el sentido que los alquileres subirían alrededor de un 80% en enero, es un indicador de las dificultades que debería sortear. Con sus ideas sobre “precios justos”, complejos sistemas de control y acuerdos sectoriales, confía alcanzar esos objetivos. Para avanzar en esa dirección, sabe que un precio a pagar -dentro de este modelo- es un cierto estancamiento del crecimiento económico.
Las serias restricciones externas, la falta de divisas, es uno de los límites objetivos para tratar de llegar al proceso electoral en mejores condiciones. Para hacerlo posible su política mayor es “patear para adelante” los problemas. Para ello utiliza ingresos en divisas del año que viene, como sucede con el “Dólar soja 2”; pretende financiar el déficit fiscal con deuda externa; necesita tapar otros agujeros fiscales cubriendo, con pesos, más deudas internas. Todo ello deriva, dentro del actual sistema, en más inflación a menos que profundice, aún más duramente, el ajuste que sigue negando.
Pero como suele ocurrir el futuro siempre llega. Desde el gobierno ruegan que -al menos por esta vez- ese futuro demore un poco más.
CRISTINA METIDA EN SU LABERINTO, INTENTA SALIR POR ARRIBA Y LA CONSPIRACIÓN GORILA
Leopoldo Marechal, nuestro gran escritor, quien señaló el sentido profundo de la idea “salir por arriba”, ante un laberinto en el que uno se pueda enredar. Esa idea parte del supuesto que hay cuestiones que no tienen solución dentro de la lógica que las generó. Eso significa mirar el problema desde otro lugar, con otra distancia de los hechos que lo originaron.
Cristina terminó de construir la obra iniciada por Néstor Kirchner. Lo hizo con la misma vocación de poder y necesidad de dinero –sin límites en la forma de alcanzarlo y mantenerlo- con la que sellaron sus aspiraciones.
Ante las múltiples acusaciones planteadas y la primera sentencia negativa, a Cristina le quedaban dos caminos a recorrer. Salir de ese berenjenal, renunciando a esa profunda vocación de poder, poniéndose por fuera de su disputa mediante esta especie de abdicación, para otros lo hace porque “las uvas están verdes”. Para ello proclama que reniega del poder que en el futuro le podría corresponder. Ese fue el camino elegido, claro que había otros, pero ellos suponían cuestionar su lógica del poder, su propia forma de construcción. Desde esa autocrítica era posible convocar al pueblo reconociendo las limitaciones propias. Esos errores son los que permitieron darle continuidad a la lógica del saqueo mediante el extractivismo y fortalecer la concentración económica favoreciendo a los grupos de poder y permitiendo que se profundicen esas políticas mediante el ajuste del actual gobierno.
Da la impresión que Cristina arma su mensaje saliendo por arriba mediante, con una respuesta no tradicional. Para llevarla adelante debería superar dos problemas: Uno, que tenga la voluntad –de la cual hasta ahora careció- para cambiar su política. Lo segundo es que esté dispuesta a recorrer ese camino y sostener su decisión sin ceder a la tentación de su propia naturaleza reflejada en la fábula del escorpión que picó a la rana que lo transportaba a una mejor condición cruzando el río y esta respuesta termine siendo la base e inicio de la operación “Clamor”.
Lo cierto es que estos hechos se dan en medio de un desquicio socio económico e institucional muy grave.
A lo aportado respecto al tema económico cabe agregar un par de datos concluyentes, sobre los cuales Cristina no podrá alegar ignorancia y que complican seriamente el futuro electoral del peronismo. Todos los datos existentes aseguran que trabajadores privados, públicos e informales, llevan meses perdiendo ingresos, a un ritmo constante y creciente. Los informales son los que más perdieron, sin olvidar que este último año el trabajo informal pasó del 31,5% al 37,8%, el peor indicador de los últimos 15 años.
A estos datos hay que agregar la reciente provocación de retrasar el pago de salarios sociales alegando incompatibilidades. La irresponsabilidad llega al extremo de personas eliminadas por “fallecimiento”, pero que –por suerte- están vivitas y coleando.
En estos datos mueren palabras y buenas intenciones.
Si lo expresado es grave no le va en zaga lo que está pasando a nivel institucional. Oficialismo y oposición están metidos en un sordo enfrentamiento, en todos los casos simulando defender lo que llaman “democracia”. Este juego puede terminar de modos inesperados, si el pueblo organizado supera los dolores y miedos actuales y entra en escena.
Todo ello en medio de la novedad que nos entrega Perú, con un nuevo Golpe de Estado, con una presencia militar que lo acerca a los tradicionales que Nuestra América conociera hace algunas décadas atrás. Desde otro punto de vista refleja, hasta el hartazgo, el límite de reformistas y progresistas que creen que sus palabras cambian la realidad, desconfiando de la lucha y organización de los pueblos. Por eso, cuando llegan al gobierno, las desechan cavando su propia fosa.
A esta crisis del peronismo, que afecta su sentido histórico y su razón de ser, se le agrega el aporte de los principales personeros del sistema al desquicio institucional vigente.
Por momento, da la impresión, que las instituciones no existen. Múltiples hechos permiten verificar como ellas no merecen el menor respeto. Esa es otra muestra más de la profundidad de la crisis que estamos atravesando y que no tiene salida dentro de los moldes del actual sistema económico e institucional.
Ni siquiera el gigantesco peso de los sectores más concentrados del poder, veteranos representantes del tradicional poder oligárquico, herederos de ese poder o advenedizos al mismo, pueden obviar esta perspectiva.
En estos días trascendió una vergonzosa reunión, al borde del paradisíaco Lago Escondido, del magnate norteamericano Joe Lewis. Allí confluyeron, aunque ahora tratan de confabularse para ocultarlo, jueces, funcionarios de Horacio Larreta, junto a delegados del Grupo Clarín y otros representantes de la flor y nata del poder constituido.
A pesar de todo el poder que tienen, sabedores que sus debates no podían transparentarse, decidieron conspirar. Nada bueno puede esperarse de esas conspiraciones.
Saben de las debilidades que padecen y que cuando pueblo pueda elevar sus miras, es muy probable, que sus imperios se vayan desvaneciendo.
El cruce entre las debilidades del sistema y la situación que padece el pueblo permite afirmarnos en la perspectiva de algo imprevisible se puede estar iniciando en el recodo de ese choque que se está profundizando.
Allí puede estar el comienzo de una auténtica rebeldía. Ella no está en los gritos destemplados de Javier Milei, sino en esa paciente acumulación que el pueblo trabajador viene realizando guiado por una creciente movilización en defensa de sus reivindicaciones; el despliegue del trabajo productivo, asegurando subsistencia y acumulando poder; por último, practicando la solidaridad del pueblo con el pueblo.
