Por Ramiro Giganti
En un fin de semana como tantos otros, Juan pasó el viernes con su novia Luciana con quien convivía hace un año y su hija de 6 años llamada Amelie Encina, con quien pasaba los fines de semana de viernes a domingo. Al día siguiente, temprano en la mañana, Juan llevá a su novia en moto a la estación para que tome el tren rumbo a su trabajo.
Juan Ignacio Encina tenía 30 años, cumpliría 31 el próximo 15 de septiembre. Trabajaba con un martillero público: hacia remates y también se encargaba de las entregas. Tenía su casa al lado de la de Nora, su madre, donde guardaba la moto.
Hincha de Boca, fanático del fútbol, Juan tenía como ídolos a Messi y al Diego, iba al club y a la cancha. También era deportista y jugaba en un equipo del barrio llamado Los Teros. En su casa, Juan siempre tenía algún partido puesto y un fueguito en la parrilla para invitar a sus amigos, a ver un partido de lo que sea. “Amaba a sus amigos y hacer juntadas. Él siempre decía a sus amigos que venga a ver cualquier partido, incluso si jugaba River, invitaba a sus amigos de River a verlo”, recuerda Nora, su madre. “Con tal de hacer un fueguito el tiraba lo que tenía, una pata muslo, o lo que sea. Él siempre quería hacer un fueguito”, recuerda Raúl Encina, su primo. Nora agrega que también hacía empanadas al disco en muchas de las veces que encendía ese “fueguito”.
El sábado 5 de agosto a las 7:20 Juan buscó su moto en la casa de Nora, para llevar a Luciana, su novia, a la estación de trenes de Burzaco rumbo a su trabajo. Dejó a su hija con su abuela, pero regresó rápido porque Nora también tenía que irse. 10 minutos después, Juan regresaba a su casa en el cruce de las calles Estrecho de Beagle y España, en Burzaco, partido de Almirante Brown, pero en la esquina recibió un disparo.

Juan Encina junto a su madre y su hija.
Ernesto Jorge Gerardo «Corcho» Montero, policía de 50 años, regresaba a su casa después de hacer tareas adicionales en el barrio Don Orione. Estaba vestido de civil pero armado. Llegando a la esquina de su casa, el efectivo, que tiene 30 años de servicio en la bonaerense, se cruzó con una moto conducida por un hombre que tenía de acompañante a una mujer. Según su relato escuchó una vos que le pidió el celular y la mujer que iba atrás hace el gesto para sacar el arma de fuego, saca su arma y la voz de alto policía y hace un disparo al piso para amedrentar a los presuntos delincuentes. Las dos personas en moto se van, pero inmediatamente después, a las 7:30 de la mañana del 5 de agosto, Juan, vecino del policía Montero, regresaba en moto a su casa.
“Ahora vengo mamá”, le había dicho Juan a Nora cuando sacó la moto para llevar a su novia a la estación a las 7:20 de la mañana. A los 10 minutos Nora escuchó dos disparos. “¡Mamá abrime, ayudame!”, le gritaba Juan, ya herido, a su madre para que le abra la puerta rápido. “Abro la puerta y venía Juan entrando y atrás venía el policía. Juan no se dio cuenta quien le había disparado. Yo le pregunté que le pasó y él me dijo que le dispararon, pero no sabía quién había sido”, dijo Nora a este medio recordando ese tremendo episodio.
Otro vecino llevó a Juan al hospital, Nora vio al policía Montero subir también al vehículo. “Él (Montero) dice que no tuvo intención y que lo asistió. Él se subió al auto camino al hospital porque sabía lo que había cometido, que no es un error, es alevosía», afirma Nora. Con ese argumento, el de no haber tenido intención y “haberlo asistido”, el asesino de Juan Encina pide prisión domiciliaria luego de ser imputado por el delito de «homicidio agravado por resultar el autor miembro de fuerza de seguridad», que prevé la pena de prisión perpetua.
Primero tirar, después preguntar
«Por los años que tengo de policía es que siempre andan de a dos motos robando, además me sorprendió, apareció de golpe casi al mismo momento que los otros sujetos se dan a la fuga», declaró el Teniente 1er de la policía Bonaerense Jorge Montero a otro medio jactándose de sus 30 años de experiencia. Su argumento es que “tuvo miedo”. Su miedo fue la excusa para matar a un inocente. “Un error”, como quien tiene un tropiezo. Un error que terminó con la vida de un joven. Un “error” que dejó a una madre sin su único hijo. A una niña de 6 años sin su padre.
“El que quiera andar armado que ande armado”, dicen algunas figuras políticas mientras un sujeto presuntamente capacitado con un arma reglamentaria y 30 años de experiencia, comente un “error” y mata a un inocente. Como tantas otras veces, como tantos otros crímenes. Mató a un inocente, pero el motivo del disparo era porque, según su relato, le quisieron robar el celular: matar por un celular.
Tras ese episodio Juan estuvo internado 5 días en el hospital Lucio Menéndez de Adrogué. El jueves 10 de agosto falleció por aquel “error” del policía Montero.
Ese mismo día por la tarde, en el obelisco otros oficiales como Montero, pero de la Policía de la Ciudad, detenían a Facundo Molares sin motivo apretando su cuerpo contra el piso lo que provocó la muerte el fotoperiodista. Otro “error”, como tantos otros. Desde el Gobierno de la Ciudad y gran parte de los medios hegemónicos cerraron la causa adjudicando que Facundo tenía problemas de salud, como con tantos otros casos de víctimas de la represión.
Juan Encina era deportista. Jugaba al fútbol en el equipo Los Teros que acaban de ganar un torneo con el cual subieron “de la b a la a” en un torneo barrial. “Era un chico muy sano y deportista», recuerda Nora. También le gustaba la cumbia colombiana: su primo Raúl recuerda que empezó a escuchar a La Sonora Dinamita porque Juan se lo había mostrado: “todos los pibes empezaron a escuchar esa música por él y hoy cada vez que escuchamos lo recordamos. Yo todos los días voy al trabajo en tren y me pongo a escuchar esa música y me acuerdo de él… perdón”, cuenta Raúl y la voz se le pone temblorosa bordeando el llanto, motivo por el que dio su última palabra de disculpa.
Fuente: ANRed
