Por Diego Leonoff

En 2011 dejó la gran ciudad junto a su familia en búsqueda de un entorno más tranquilo y natural en Pergamino. En cambio, encontró fumigaciones y complicidad estatal con el agronegocio. La historia de Florencia Morales, otra víctima de un modelo que enferma y mata.

 Florencia Morales y su familia abandonaron Buenos Aires en 2011 para mudarse a Pergamino. La idea era vivir en un entorno más tranquilo, con espacios verdes para sus hijos, trabajando la rotisería que puso junto a su marido. Sin embargo, aquel sueño de naturaleza y sosiego no tardaría en volverse calvario.

En un principio se instalaron en una quinta ubicada frente a la ruta nacional 188, lindera a un campo donde las fumigaciones eran frecuentes. “Mínimo dos veces al año y generalmente por las noches; nos dábamos cuenta por el olor penetrante que había y porque veíamos los bidones de glifosato abiertos y tirados por todo el terreno”, detallaba hace menos de tres años en una de las entrevistas que mantuvo con la investigadora Cecilia Gárgano para el libro “El campo como alternativa infernal”.

“De entrada me resultaba muy raro la cantidad de gente enferma o con algún tipo de discapacidad que entraba a la rotisería: uno de cada tres tenía algún problema motriz, psíquico o físico”, contaba Florencia.

En los primeros meses no relacionó el porcentaje de personas afectadas con las aplicaciones de agrotóxicos sobre la localidad bonaerense ubicada en el corazón del agronegocio.

Las primeras advertencias las daría el cuerpo de su hija mayor, con manchas blancas en la piel, dificultades para respirar y adormecimiento en las piernas. También eran frecuentes los broncoespasmos en todos los integrantes del hogar.

Pero la confirmación de las sospechas llegaría recién en 2016, luego del nacimiento de su tercer hijo. “A los tres meses sentí una dureza en la mama izquierda, y fue ahí que empezó todo el ir y venir a médicos hasta que en Junín me hacen una biopsia y resulta que era cáncer”, relataba.

El diagnóstico fue un baldazo de agua fría para la familia, y a la vez esclarecedor: “ya no tenía dudas; aparte, mi vecina de enfrente tenía cáncer, mi mamá había tenido hace poquito cáncer de ovario, el vecino de dos quintas tenía cáncer, todo el barrio Villa Alicia –a pocos kilómetros, en una zona aún más expuesta– tiene un montón, casa por medio hay un paciente oncológico”.

Fue entonces que decidieron abandonar la quinta y se mudaron al centro de Pergamino para alejarse –al menos un poco– de las aplicaciones que la habían enfermado. Era el inicio de una larga lucha contra el cáncer, que de todas maneras haría metástasis. Comenzaba también una pelea que se traduciría en organización para ponerle un límite a las fumigaciones.

A diferencia de lo que sucede en la mayoría de las localidades, la causa judicial impulsada por Florencia y otras mujeres tuvo sus frutos: la Justicia se expidió marcando las distancias de protección, obligando al municipio a repartir agua envasada en los barrios afectados, e imputando a dueños de campos y productores como “coautores penalmente responsables del delito de contaminación ambiental en general, mediante la utilización de residuos calificados de peligrosos”.

En el marco de la causa, un Estudio Pericial Científico realizado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) destacó la eficacia de la medida cautelar dispuesta por el Juzgado Federal N° 2 de San Nicolás, a cargo de Carlos Villafuerte Ruzo, al establecer la distancia de protección de 1.095 metros para aplicaciones terrestres y 3.000 para áreas respecto del ejido urbano. El dictamen recomendaba “fuertemente la reducción de las aplicaciones (en dosis e intensidad) en los sistemas productivos, para disminuir la exposición ambiental de los plaguicidas”.

A su vez, el informe científico elaborado por Virginia Aparicio, ingeniera agrónoma, investigadora del CONICET y INTA Balcarce, destacó la necesidad de una transición hacia sistemas agroecológicos.

“Uno tampoco quiere que los productores pierdan, lo único que pedimos es que no sigan matando gente, no es demasiado, ¿no? En concreto, lo que pretendemos es que el negociado no sea a costa de envenenar a las personas, porque acá han muerto chicos y creo que eso no debería dejarlos dormir tranquilos”, reflexionaba por entonces Florencia, que este martes 2 de mayo falleció tras casi 7 años de lucha contra el cáncer. 

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