Por Luciana Bertoia
Taty Almeida no dejó nada librado al azar. No quería pensar en la muerte, pero sabía cómo quería que la recordaran: en un sindicato –rodeada de los trabajadores–, con una bella foto, con música y con el pañuelo –que llevaba en su cabeza con el nombre Alejandro, su hijo desaparecido–. No está claro si también pidió que compartieran anécdotas, pero fue una forma inevitable de conjurar el dolor por la partida de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora: no solo una referente del movimiento de derechos humanos sino una convencida militante de la vida. “Las personas que han hecho de su vida una vocación por el otro van a estar siempre. No hay que olvidar”, la despidió su compañera y amiga Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo.
No hubo más remedio que cortar la calle. Los autos que venían por Hipólito Yrigoyen debían inevitablemente desviarse en 24 de noviembre. La gente se había empezado a agolpar pasado el mediodía en la sede de la Federación de Obreros y Empleados Telefónicos de la República Argentina (Foetra) para despedir a Taty, que murió en la tarde del domingo a los 95 años.
Por tandas, iban pasando quienes querían saludarla. Se acercaban hasta el cajón, que estaba lleno de pañuelos y prendedores que representan distintas luchas que ella abrazó. Para ser recordada había pedido una foto que la retratara con toda su belleza. El fotógrafo Guido Piotrkowski eligió una de las tantas que le tomó en todo el tiempo que compartieron.
–Ésta es ella. Esa cara de felicidad, de militancia y joda, como decía– dijo Fabiana, la menor de sus tres hijos cuando tomó el micrófono para dar comienzo a una comunión de la palabra.
Estela de Carlotto acababa de llegar junto con su compañera de Abuelas, Buscarita Roa. Las dos entraron escoltadas por un grupo de nietos: Manuel Goncalves, Claudia Poblete, Victoria Montenegro, entre otros. Estela se acercó al féretro para dejarle a su compinche el pañuelo del organismo. Después se acomodó en una hilera de sillas junto a Clara Weinstein y Carmen Lareu, de Madres-Línea Fundadora, e Iris Avellaneda, de la Liga Argentina por los Derechos Humanos (LADH).
Estela fue la primera en tomar la palabra para despedir a Taty. “Seremos recordadas como mujeres que algo hicimos por nuestro país”, dijo mientras miraba a los nietos que logró encontrar que se arrodillaban para estar cerca. “Estos jóvenes van a seguir trabajando porque hay mucho por hacer: una patria soberana sin desigualdad, como querían nuestros hijos”, dijo. Las lágrimas rodaban por algunas mejillas.
“No hay que olvidar”, les exigió ella que hizo de la memoria su mayor elección. “Es demasiado corta la vida. A mí me gustaría vivir más para hacer más”.
–Que sigamos adelante– acotó Clara—.
–Juntas, sí, pero implacables. Tenemos que unirnos y no aflojar– pidió Estela, que en octubre cumplirá 96.
Cada tanto se escuchaba un ladrido de un cachorro de collie barbudo, el perro de Fabiana que tenía encantada a Taty, y que también estuvo para despedirla. “Gracias a todos. Con mi hermano estamos tan agradecidos de haberla disfrutado tanto con nuestra vieja querida”, dijo.
Taty estaba siempre rodeada de jóvenes. Uno era Carlos “Charly” Pisoni, referente de H.I.J.O.S Capital, con quien llevaban siete años haciendo un programa de radio. “Gracias por hacernos felices, por hacernos parte del movimiento de derechos humanos”, dijo con emoción. Y, para evitar las lágrimas, aprovechó para decir que podía decir de memoria el discurso de Taty.
–A pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie– recitaron todos al unísono.
Paula Maroni también compartía con ella las emisiones de los sábados en la 750, y la militancia en Madres. Ella habló del legado y del puente con las nuevas generaciones. “Si Taty nos dejó algo, saquémoslo más afuera que nunca. Gracias por habernos dado tanto. Te amamos”, dijo.
Horacio Pietragalla Corti está convencido de que tomar la posta no será una tarea sencilla. “Tenemos que ser miles para reemplazar a estas mujeres que estuvieron a la altura de la historia”, señaló. Victoria Montenegro, también una de las nietas que restituyeron su identidad gracias a las Abuelas, contó que el dolor por la partida de Taty era tan grande como la inmensidad que representan las Madres. “Hoy tenemos una sensación de orfandad que nos pega fuerte”.
No era la única que hablaba de orfandad. Marcelo D’Ambrosio, de Flores Solidario, pasó por el Hospital Italiano a despedirse de Taty cuando ya era inminente su partida. “Taty fue lo más grande que me pasó en la vida. Le pido perdón a la familia, pero hoy también se va mi mamá”, compartió entre lágrimas.
Pascual Spinelli construyó una amistad hace 30 años con Taty. Juntos editaron el libro que reúne los poemas que escribía Alejandro y que Taty encontró después de su desaparición. En uno de esos textos, el muchacho le decía: “Quisiera decirte mamá que parte de lo que fui lo vas a encontrar en mis compañeros”. Y, para Pascual, ella siguió al dedillo cada consejo de Alejandro. “Hoy Taty deja en nosotros parte de lo que fue y lo que es. Taty es la celebración de la vida. Siempre puso el acento en la resistencia”.
La gente no dejaba de pasar. Algunos la saludaban con los dedos en “V”. Otros con el puño en alto. Un grupo de militantes del Encuentro Memoria, Verdad y Justicia –entre los que se destacaban los sobrevivientes Margarita Cruz y Carlos Lordkipanidse– le agradecieron por haber compartido el acto por los 50 años del golpe. Gracias a Taty se construyó la unidad, comentaban Malena Silveyra y Adriana Taboada, compañeras de la mesa de organismos.
María Adela Antokoletz estaba muy conmovida porque Taty siempre contaba que había sido su madre, María Adela Gard de Antokoletz, quien la había recibido al incorporarse a Madres de Plaza de Mayo. La llamaba “Madre con mayúscula”. Ella también celebraba el lema de Taty –militancia y joda–. “No es una frase banal. Nos permite avanzar con alegría y no con sectarismo”.
Pablo Grillo también llegó hasta FOETRA con su papá, Fabián, para despedir a Taty. Se acercó a Estela para darle un beso.
– Tenemos que seguir luchando. Yo ya cabeceé los gases, y voy a seguir cabeceando más– le dijo el fotógrafo a la presidenta de Abuelas.
A su alrededor pasaban abogados de derechos humanos, como Carolina Varsky, Pablo Llonto, Rodolfo Yanzón o Eduardo Tavani. También había dirigentes políticos y figuras de la cultura como Mayra Mendoza, Cecilia y Leopoldo Moreau, Mariano Recalde, Daniel Filmus, Tristán Bauer, Juan Martín Mena, Chango Spasiuk, Ignacio Copani, Eduardo Valdés o Edgardo Esteban. El gobernador bonaerense Axel Kicillof también llegó para despedirse de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora.
Estaban también Mabel Careaga y Ana Bianco, hijas ambas de dos de las tres Madres secuestradas en diciembre de 1977. Taty impulsó la repatriación del avión que se usó para arrojarlas vivas a las aguas como una forma de hacer memoria. El Skyvan se encontró gracias a una investigación de la periodista Miriam Lewin y el fotógrafo Giancarlo Ceraudo. Miriam todavía no salía del asombro por la muerte de Taty. “No podía creer todas las cosas que hacía por día sin cansarse”.
A Taty le gustaba la música. Y los integrantes de la escuela que funciona en la Casa Nuestros Hijos en la exESMA le regalaron la Marcha de la Bronca. Algunos cantaron entusiasmados –como Verónica Castelli, Julio Santucho o Claudia Poblete–; otros, como Estela, marcaban el compás con los pies o con las cabezas.
–Vamos los jubilados –se escuchó gritar.–Vamos, Taty– agregó Paula Maroni.
El clima iba escalando. Y la muerte no lograba aplacar la alegría de haber vivido junto a ella.
–Taty no se murió. Taty no se murió. Taty vive en el pueblo– corearon en respuesta.
En cada rincón se hablaba de ella. Gabriela Alegre contaba una de sus últimas conversaciones, cuando Taty le había preguntado, preocupada, por el ingreso de militares armados a la exESMA.
–Quedate tranquila que ya sacamos todos un comunicado– la calmó.
Está previsto que el velorio de Taty continúe este martes de 8 a 12 en FOETRA para que más personas puedan pasar a agradecerle todo lo hecho. “Deja un vacío enorme. Transmitió mucha energía a través de sus palabras y sus acciones. Si ves la cantidad de gente que se acercó para despedirse –y con enorme paciencia– está claro que sus palabras no cayeron en el vacío. Taty está y estará presente siempre”, comentó Graciela Lois, presidenta de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas.
“La columna vertebral de la democracia”, la definió Víctor Heredia. Y le dedicó a Taty su himno, que retrata con crudeza el dolor lacerante que ella sufrió al irse sin poder siquiera rozar un hueso de Alejandro, ese hijo que tanto buscó.
“Todavía cantamos, todavía pedimos/ Todavía soñamos, todavía esperamos/ Que nos digan adónde/ Han escondido las flores/ Que aromaron las calles/ Persiguiendo un destino/ Dónde, dónde se han ido”.
Fuente: P12
