En los últimos días, las redes se saturaron de una narrativa hostil contra Argentina. No solo contra nuestra selección, contra nuestro país, nuestra identidad, nuestra forma de sentir.
Este “odio mundial” provocó una situación impensada hasta hace algunos días: la unión de millones de argentinos. Libertarios y peronistas, bosteros y gallinas, de posiciones acomodadas y de clase trabajadora, todos sentimos lo mismo, una necesidad irrestricta de defender nuestra patria, nuestra bandera, a nuestro equipo, en definitiva, lo que somos como pueblo.
Videos descontextualizados, acusaciones de “robo”, “favoritismo” y “arrogancia” se multiplican en Instagram, TikTok y X, especialmente a nivel mundial. El fenómeno no es espontáneo. Es el resultado de un sistema que convierte el resentimiento en métricas y las métricas en dinero.
El análisis de la experta en posicionamiento @therosieum, desnuda el mecanismo. Las campañas de desprestigio rara vez arrancan con una mentira total. Empiezan con una verdad descontextualizada. Un video de una falta sin el contexto previo, una decisión arbitral sin la repetición técnica. Ese fragmento se suelta en la red y el algoritmo hace el resto.
Las plataformas no premian la precisión, premian la retención y la interacción. La indignación, el conflicto y la sorpresa retienen más que la verdad. Un estudio del MIT sobre 126.000 historias en X demostró que las noticias falsas o manipuladas se difunden más rápido, más lejos y más profundo que las verdaderas. La verdad tarda, en promedio, seis veces más en llegar. Las falacias tienen un 70% más de chances de ser compartidas. Detrás de lo que parece una discusión espontánea entre hinchas hay negocios y dinero.
Agencias de comunicación, redes de creadores remunerados, calendarios de contenidos y “talking points” sembrados. Es la misma metodología que se usa para lanzar un producto, inflar una criptomoneda o destruir la reputación de una empresa. Solo que acá se aplicó al deporte y a la identidad.
En el caso argentino durante este Mundial, circularon capturas de supuestos mails de agencias ofreciendo pagos por amplificar acusaciones de “robo” o “favoritismo”. Esos mails resultaron falsos o generados por IA, pero el efecto ya estaba logrado: saturaron el espacio y activaron el resentimiento preexistente en materia de fútbol.
El algoritmo no necesita una conspiración perfecta, necesita combustible emocional. Y el odio a Argentina, mezcla de rivalidad histórica, envidia y sesgos culturales, es un combustible de alto octanaje. Especialmente entre audiencias que consumen la realidad en shorts de 15 segundos.
El periodista, críticos de medios y filósofo estadounidense Walter Lippmann, lo advirtió en 1922: la gente no reacciona a la realidad, sino a las imágenes en sus cabezas. Hoy esas imágenes las selecciona un algoritmo. En psicología se llama efecto de verdad ilusoria, la mera repetición de una afirmación aumenta las chances de que se la considere cierta, aunque no lo sea. Después de ver el mismo tipo de video una y otra vez, la narrativa deja de sentirse como información externa y pasa a percibirse como convicción propia.
Messi es el caso más extremo posible. Existen dos décadas de partidos, entrevistas y estadísticas en alta definición. Además, un amor y reconocimiento a nivel mundial indiscutidos. Cualquier acusación podría refutarse en menos de un minuto. Y, sin embargo, la narrativa logró competir con el archivo. Si esto puede ocurrir con Messi, el riesgo se multiplica cuando el tema es política, mercados o salud pública, donde el ciudadano no tiene acceso fácil a fuentes verificables.
Quienes ocupan posiciones dominantes en las redes tienen la capacidad de sembrar el tema. El algoritmo hace el resto, amplifica lo que genera engagement. La inteligencia artificial también hace su parte, derrumba la barrera de entrada. Lo que antes requería grandes presupuestos y contactos ahora se hace con granjas de contenido artificial.
El resultado es un mercado de la indignación. El odio no es un efecto colateral, es el producto. Genera clics, tiempo de pantalla, publicidad y, en algunos casos también, pagos directos a sus impulsores. Las plataformas se benefician, los operadores se benefician. El usuario termina consumiendo una realidad editada que refuerza prejuicios y polariza identidades.
En una era donde fabricar una narrativa de desprestigio y de odio cuesta cada vez menos, se escala con algoritmos diseñados para maximizar conflicto, la reputación de un país, una institución o una figura pública puede reescribirse en semanas. No hace falta una mentira perfecta, basta con saturar, repetir y dejar que el algoritmo haga su trabajo.