Por Martín Smud
Un docente comienza la clase, por lo general, explicando cuáles son los objetivos y cómo se ubica esa clase en una currícula, en un organigrama. Las clases son siempre contextualizadas en el aquí y ahora y en el devenir. Soy docente universitario en forma interrumpida desde hace 34 años. Comencé la universidad pública hace 40 años.
¿Qué sentido tiene para nosotros y nosotras la Cuarta Marcha Federal Universitaria que se llevará a cabo el martes 12 de mayo, en la Plaza de Mayo (CABA) y en todas las plazas del país, convocada por la UBA, rectores, docentes y estudiantes, que exige la implementación de la Ley de Financiamiento Universitario, aumento presupuestario y recomposición salarial para evitar el colapso del sistema?
No se trata solo del recorte como un tema únicamente económico. No se trata de que en dos años hayamos perdido el 42 por ciento del sueldo. De que las facultades estén siempre con un pie en la desesperación de tener que cerrar sus puertas, y que esto empeore cuanto más lejos se está de la ciudad de Buenos Aires. (Las universidades del conurbano han acercado la posibilidad universitaria a primeras generaciones que nunca la tuvieron). No es solo lo económico, ni el financiamiento universitario, ni las fallas en las coberturas sociales producto del desfinanciamiento. Se trata de algo más amplio: la “pobreza” de un país que no puede generar, producir ni transmitir sus conocimientos de forma reflexiva, crítica, laica y comprometida.
Al igual que el concepto de esclavo, pobreza se trata de una noción falsa, errónea, heredada de quienes intentan ubicar una dialéctica donde no la hay. Los esclavos no existen ni existieron, igual que no existen los pobres. Existen los esclavizados y los empobrecidos. Nadie goza de ser esclavo. Es un devenir. Se nace libre –quizás con demasiada libertad, que luego es reglada para el bien común–, pero se es esclavizado.
Deberíamos hablar de empobrecidos. Y uno de los factores fundamentales de ese empobrecimiento es el ataque a la universidad pública, convertida en botín de guerra. La precarización de las condiciones en la que llevamos adelante nuestro trabajo por el gobierno actual y su intento de naturalización atacan y destruyen la historia de un país en la cual la universidad pública ha sido un factor cohesionante y de movilidad social ascendente.
¿Hasta dónde llegaremos? Los profesores universitarios, como tantas otras veces, seguiremos dando clases en el aula y fuera de ella, defendiendo nuestros derechos, que son también los derechos de todos y todos los argentinos por estudiar. Seguiremos pensando con nuestros y nuestras estudiantes las condiciones en las que ejercerán, aprenderán, vivirán y amarán. Daremos la materia que nos corresponde en las aulas, en las calles, en las marchas.
Una de las materias –soy docente de tres, en una como titular– versa sobre metodología de la investigación. La modernidad nació en 1637, cuando un pensador, René Descartes, plantó una bandera: cada uno es dueño de su propio pensamiento. Hoy parece evidente, pero en su momento fue revolucionario. En el sujeto hay dos escenas: un yo y un sí mismo. El sujeto consciente y sus pensamientos. ¿Qué ocurre si esos pensamientos se empobrecen? Se exacerba el yo individual, separado de sí y de los otros.
En esta materia intentamos sostener la posibilidad de pensar como acción permanente: una práctica que se replantea, se cuestiona y se empuja más allá de sus propios límites. Una paradoja apasionante.
La categoría “empobrecido” debe pensarse en múltiples dimensiones. No hay una sola forma de “empobrecimiento”. No es solo tener los salarios universitarios más bajos de los últimos 23 años. Todo bajo el lema de “no hay plata”. (No hay plata para esto, mientras el presidente y su comitiva viajan por el mundo a un costo según cifras oficiales de cuatro mil trescientos millones de pesos, en dos años y medio. Un dato que muestra claramente para qué sí hay plata y para qué no).
Pero no se trata solo de
1- empobrecidos de sueldo, financiamiento, universidad sino de dimensionar el empobrecimiento:
2. Empobrecidos de protección. Al colocar al yo como derecho absoluto, todo se desplaza hacia el mercado, debilitando las protecciones del Estado. La famosa “mano invisible” de Adam Smith (1776, La riqueza de las naciones) ya no regula: captura, concentra, monopoliza. Esto deriva en otra forma de excepción. Como plantea Giorgio Agamben (2003), el Estado suspende el orden jurídico en nombre de la emergencia, pero lo hace desde el derecho mismo. Lo excepcional se vuelve norma. Quienes quedan fuera de esa protección ingresan en lo que llama “vida desnuda”: vidas expuestas a la indigencia, a la exclusión o a la eliminación sin que eso sea considerado plenamente un crimen.
3. Empobrecidos de participación. Se instala la idea de que nada puede cambiarse. Que no hay nadie conduciendo el proceso. Sin embargo, ese orden es producido por los propios seres humanos. Ya Bentham (1791), con el panóptico, hablaba de que en el centro mismo de la vigilancia está ubicado “alguien” que mira al cual la persona no puede llegar a distinguir. Esa mirada traslúcida cada vez se vuelve más opaca hoy con las múltiples pantallas, el algoritmo y la inteligencia artificial.
4. Empobrecidos de comprensión. Las palabras dejan de servir para comprender y comienzan a bloquear el pensamiento. Sin comprensión, se pierde el principal recurso humano: la capacidad de preguntarse hacia dónde vamos y qué lugar ocupamos.
Los docentes, investigadores y universidades –espacios centrales del pensamiento– atravesamos un tiempo crítico. Somos limitados en nuestras posibilidades de seguir ejerciendo esta profesión que, más allá de programas y organigramas, consiste en algo tan simple como complejo: ayudar a pensar el planeta que estamos viviendo. El 12 marchamos dando a cada paso una palabra en defensa de la universidad pública.
*Psicoanalista y escritor
Fuente: P12
