Por Dolores Ripoll Periodista – Reportera gráfica

Aunque hubo sentencias “ejemplares” en el año 2000 y 2002 las mismas nunca se cumplieron. Por aquel entonces la ley del 2×1 caló aún más hondo sobre la herida de una sociedad que había salido a la calle en forma multitudinaria a pedir justicia, pero la impunidad agitaba su bandera cada vez más alto. Así poco a poco cada uno de los condenados por el crimen fueron recuperando su libertad sin siquiera haber cumplido una cuarta parte de aquella condena.Pero la memoria es inquieta. No se detiene. Siempre está en movimiento. La memoria es una “boxeadora que pelea contra el olvido” a veces tira la toalla y a veces gana por knockout, pero siempre lucha.El contexto histórico del asesinato de José Luis se dio en una época plagada de turbiedades. Con un Pinamar complejo y dividido entre quienes creían que el crimen les arruinaba la temporada y quienes no querían callar y reclamaban por la verdad. Sin embargo prosperó la memoria.

Dos grandes imágenes de ese entonces vienen a mi mente. La portada negra de la revista noticias y unos días más tarde una nueva tapa con una foto hermosa de playa que contenía una cruz roja sobre la misma abarcando todos los extremos del papel con la leyenda “chau Pinamar”.

El otro recuerdo se trata de un grupo de personas, no más de 30 por aquel entonces, caminando por la avenida Bunge hasta la comisaria del pueblo, aplaudiendo y con un estandarte en sus manos que reza “los pinamarenses no nos olvidaremos jamás de José Luis Cabezas”.

Ese pedacito de tela, que ya tiene 27 años, representa la memoria de un pueblo que no quiso olvidar, que lucho contra las injusticias de aquella época, que salió a la calle a pedir justicia a pesar del miedo, a pesar de las amenazas que continuaron a lo largo de los años, a pesar de las trabas y los palos de la rueda y muy a pesar de quienes quisieron silenciar y acallar la verdad. Este pueblo siempre dijo presente. Nunca olvidó. Desde su más humilde y sencillo sentimiento, sin grandes eventos, solo con su presencia, con la emoción en los ojos, con una palabra cálida, un abrazo del alma, con una canción que eriza la piel y un árbol que año a año va creando un bosque de pinos para José Luis. Ese es el valor de este homenaje. Esa es su esencia, la historia de esta “cita obligada” de todos los 25 de enero a las ocho de la noche.

No muchos comprenden el valor histórico de este homenaje y el valor humano de quienes lo han cuidado y preservado a lo largo de los años.

La memoria es incansable, persistente y muy inquieta. Pero sobre todo la memoria te inquieta. Y aunque el tiempo pasa… la memoria permanece.

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