Por Gorka Castillo

A pesar de la degradación política que sufren las sociedades occidentales desde hace décadas, el escritor y profesor de la Universidad de Nápoles Miguel Mellino (Buenos Aires, 1967) aporta su análisis con lucidez y resistencia. Acaba de publicar su sexto libro, Gobernar la crisis de los refugiados (Traficantes de Sueños, 2022), donde destripa el empuje de una derecha cada vez más racializada que hoy bate furiosamente los tambores de guerra ante la decadencia inexorable de las viejas estructuras políticas del lejano siglo XX. El ejemplo descarnado es el cataclismo que Vladímir Putin acaba de desatar en Ucrania. “Es un nacionalismo reaccionario neoliberal dentro de un nuevo plano de bloques en el que empiezan a dividirse las derechas: uno occidental y otro bloque no occidental, cada uno de ellos con sus herencias históricas y con las herramientas que la economía les ha dado en estos últimos años”, afirma en esta entrevista realizada una mañana en la que el sol de invierno no terminaba de calentar los fríos bancos de la madrileña estación de Atocha.

Mellino sabe lo que hoy está en juego y lo desgrana con la precisión de un entomólogo fascinado y comprometido. “Creo que es el golpe definitivo al orden global que nació tras la desaparición de la URSS. El comercio mundial, tal y como lo conocemos en estos momentos, se ha roto. La exclusión de Rusia va claramente en esa dirección”, añade. Curtido intelectual y políticamente dentro de los movimientos antirracistas italianos entre 1990 y 2005 reconoce la preocupante situación pero se niega a perder la esperanza. “Hay alternativa. Existen muchas luchas fragmentadas por todo el continente europeo, el feminismo, la sanidad y educación públicas, la de los migrantes, las de quienes defienden el derecho a la vivienda, etc., que si logran confluir pueden convertirse en una alternativa real única”, concluye.

¿Cómo encaja la guerra que ahora ha desatado Putin en Ucrania en esta crisis global que usted describe en el libro?

Creo que es el golpe definitivo al orden neoliberal que nació allá en 1989-1991, entre la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS. Es el final de ese momento que Fukuyama denominó el “fin de la historia” y que tuvo su apogeo en 2001 en Génova, cuando el G-8 tomó la decisión de colaborar entre sí para conformar lo que Toni Negri llamó “imperio”. Pues bien, ese grupo se ha fracturado porque dos de esos ocho países, China y Rusia, han tomado un rumbo diferente.

¿Cree que está liquidada la globalización, tal y cómo se ha venido desarrollando en las últimas décadas?

Sí, me parece que ese modelo de globalización comercial ha terminado de quebrarse con esta crisis. Y es probable que comience un periodo de desestabilización muy grande a nivel económico, energético y veremos si también militar porque la situación es extremadamente preocupante. Me temo que todo va a depender de lo que pase dentro de Ucrania, si va a resistir a la agresión rusa y lo que ocurra con el futuro político del país. Pero uno de los efectos inmediatos ya hemos empezado a verlo: el comercio mundial, tal y como lo conocemos en estos momentos, se ha roto. La exclusión de Rusia va claramente en esa dirección.

Y, ¿qué puede surgir de esas cenizas?

La aceleración de soberanismos regresivos, que no son otra cosa que una némesis de los desequilibrios y desigualdades que ha creado el desarrollo neoliberal a lo largo de los últimos 20 años. Evidentemente, la tesitura actual es muy incómoda para la UE porque confronta directamente con su modelo de Maastricht, que también ha entrado en situación terminal ya que fue pensado para funcionar en otro escenario muy diferente al que ahora se nos presenta.

¿Qué escenario?

Lo que algunos denominamos “ordoliberalismo”, un modelo sostenido en el orden, el liberalismo económico, el comercio mundial y la paz. Hoy empezamos a vislumbrar que el panorama empieza a dividirse en bloques y ahí es donde el modelo europeo no encaja.

Parece que lo que está demostrando Putin es una deriva del nacionalismo reaccionario en toda su magnitud, algo que empezaba a mostrarse en sectores ultraderechistas de Europa y EEUU.

Putin representa un nacionalismo reaccionario neoliberal pero yo lo enmarcaría dentro de ese nuevo plano de bloques que empieza a configurarse y que también divide a las derechas: uno occidental y otro no occidental, cada uno de ellos con sus herencias históricas y con las herramientas que la economía de mercado deshumanizado les ha dado en estos últimos años. Por eso creo que lo que está pasando es el efecto más descarnado de las contradicciones de un sistema económico basado en la hegemonía pura y dura.

Lo que está pasando es el efecto más descarnado de las contradicciones de un sistema económico basado en la hegemonía pura y dura

¿Es usted pesimista?

No hay que ser pesimista porque lo que viene no es irremediable. El problema sería que no hubiera nada para detener este desarrollo. Algunos tenemos la certeza de que la solución no vendrá del campo institucional. Y creo que así ha quedado demostrado durante la crisis de la pandemia, que ha funcionado como trampolín para el avance de muchas tendencias neoliberales que ya estaban en curso. El confinamiento masivo fue el paréntesis que las élites políticas aprovecharon para pisar el acelerador dentro de su lógica total del sistema. Pensemos en lo que ha sucedido con la digitalización de la economía. Pero hay algo más. La única respuesta de los gobiernos ha sido la vacuna. Y eso no es suficiente porque no ha sido únicamente una crisis sanitaria sino más bien la crisis de un modelo de producción global. Ahora estamos viendo que algunos de esos cambios van en una dirección muy peligrosa.

¿Qué cambios?

Para las élites y las clases dirigentes ha llegado el momento de la destrucción creativa del capitalismo. Están desmontando una parte de las viejas estructuras para crear las bases de una nueva lógica de acumulación. Mi esperanza es que nazcan movimientos desde abajo, que vuelvan a revitalizarse muchas de las luchas sociales que ya existían y que puedan conectarse entre sí para poner freno a lo que hoy se proyecta desde arriba.

Usted asegura en el libro que el capitalismo huye hacia el futuro para sobrevivir utilizando las herramientas de coerción como el miedo, el racismo, la corrupción y, si fuera necesario, también la guerra enarbolando la bandera de la libertad. ¿De qué libertad hablan?

Esa es la pregunta. Quizá la respuesta explique el retorno al escenario político de esos partidos de ultraderecha que se presentan en sociedad con la voluntad de darle una patada al tablero de la negociación. Todo esto representa un regreso al fascismo originario europeo. ¿Y por qué cito al fascismo originario? Porque si usted analiza su genealogía, comprobará que nació, en Alemania e Italia, como una fuerza liberadora para el pueblo de la pulsión del capitalismo industrial pero a cambio de obtener la hegemonía, del culto a la tecnología y a las máquinas. Su finalidad era simple: que los grupos más aptos dominaran el mundo y las naciones. Y hoy vivimos un proceso parecido. Durante la pandemia lo hemos visto muy bien. Bajo la bandera de la libertad, la derecha ha tensado la situación hasta llegar a los límites de la convivencia, lo que, en mi opinión, define sus intenciones.

Hay quien cree que la izquierda, dividida en facciones, les ha dejado el campo libre. ¿Qué opina?

Por un lado es cierto que la izquierda ha descuidado sus posiciones sobre la libertad y ha preferido refugiarse en otras demandas, pero me parece más importante profundizar en qué tipo de libertad reclama la derecha. O para ser más preciso: ¿qué significante pone la derecha a la libertad? Y a mí me parece que la comparación con el fascismo originario europeo es muy oportuna porque el modelo que nos ofrece es liberar al capitalismo de todo lo que lo frena para crecer y gobernar esta crisis.

Pero asistimos al auge de grupos antidemocráticos que no aceptan el resultado de unas elecciones, toman al asalto instituciones del Estado con total impunidad o presentan candidatos, como el francés Eric Zemmour, que se define a sí mismo como un intelectual moderno. ¿Se está normalizando algo tan distópico como la necropolítica o el biopoder?

No creo que nos estemos narcotizando ante estos hechos. Lo que sí pienso es que, y hablo de Europa, hemos vivido tres crisis profundas de forma muy seguida y eso ha desorientado a las diferentes almas de la izquierda europea y global. Pero no se puede olvidar algo importante. Estas derechas tan agresivas que tenemos, lo que llamamos “alt-right” o “soberanismos neofascistas”, son la reacción a los avances sociales que las luchas antirracistas, feministas, de los inmigrantes, antifascistas o del mundo del trabajo habían empezado a conquistar en los últimos años. En cierto modo, son el efecto restaurador que las élites han puesto en funcionamiento ante la crisis de hegemonía que sufre su modelo de gobernanza. No son algo externo ni antisistemas como a veces aparentan ser, sino una especie de némesis del orden neoliberal precedente, el mister Hyde del sistema.

Nacen de la profunda desigualdad y los grandes desequilibrios que ha dejado la gran recesión de 2008.

Por eso lo digo. Esos problemas estallan después de 25 años de neoliberalización profunda que nos dejó una herencia catastrófica, con unos márgenes de exclusión cada vez más amplios mientras un sector mínimo de la sociedad incrementa la concentración de la riqueza. Esto ha generado miedo en una clase media que teme terminar del lado de los excluidos. Y la ultraderecha ha sabido leer el momento para interpelar a los sectores que la crisis ha dejado desguarnecidos.

La ultraderecha ha sabido leer el momento para interpelar a los sectores que la crisis ha dejado desguarnecidos

Pero están fagocitando a los partidos tradicionales de derecha. Lo hemos visto en Francia e Italia y empezamos a verlo en España. ¿Qué salida tienen?

Bueno, lo que vivimos es una gran crisis de representación política. Esa es la realidad. El sentimiento de fragilidad y vulnerabilidad se ha generalizado y los movimientos de extrema derecha lo han entendido perfectamente. Por eso mantienen un cierto espíritu antisistema con el que están logrando captar ese descontento. Sin embargo, es cierto que hemos entrado en una nueva fase del capitalismo neoliberal donde las posturas son mucho más extremas que en el periodo anterior, que es donde los partidos conservadores o liberales tradicionales se han quedado estancados.

¿Encuentra similitudes entre lo que sucede en países como España o Italia y lo que ha ocurrido en EEUU con Donald Trump o ahora la Rusia de Putin?

La situación de Europa es muy compleja. En EEUU, Trump, con muchas contradicciones y bajo un precepto neoliberal regresivo, incorporó un cierto proteccionismo económico después de 25 años de deslocalizaciones que generaron una enorme marginalidad en los sectores sociales y en los territorios del país menos globalizados. Las extremas derechas europeas son muy diferentes, en parte porque ninguna de ellas contempla el proteccionismo en su carta de presentación, porque no lograrían el consenso del capitalismo productivo del continente, habida cuenta de que el margen de soberanía de los Estados es mínimo. Es cierto que esas derechas representan a las pequeñas burguesías nacionales y clientelares pero su problema es que el sistema económico europeo está dominado por Alemania, un exportador de bienes. Este marco les impide proponer un proteccionismo nacional. Por eso su aspiración es mantener la base del sistema productivo, la de seguir exportando mercancías y tecnología, pero gobernado de otra manera.

¿Cómo?

Con un gobierno racista de la crisis. La principal propuesta de la extrema derecha europea es ofrecer a la ciudadanía, blanca y autóctona, un nuevo pacto que incluya un giro de tuerca a base de represión, endurecimiento del control policial de las protestas y de la fronteras.

Pero en el neoliberalismo surgido a principios de los años 80 ya existía un núcleo reaccionario y clasista. ¿Cómo ha logrado un modelo en crisis enmendarse a sí mismo?

Efectivamente, el neoliberalismo ya tenía una hoja de ruta muy definida cuando nació a finales de los 70 y principios de los 80 con Reagan y Thatcher. Se aplicó en jerarquizar a la ciudadanía, con un securitarismo que no sólo se dirigió a controlar la crisis del liberalismo precedente sino como respuesta a las luchas obreras, antirracistas y feministas que caracterizaron aquellos años. Ahora se aprestan a dar otra vuelta de tuerca. ¿Cómo? Jerarquizando los métodos coercitivos del sistema. Una parte de la sociedad pagará las consecuencias de esta crisis. Son los excluidos, las minorías y un sector del activismo político. Pero lo más preocupante de esta construcción ideológica-política es que claramente pone a la raza en el centro.

¿Y cuál es el problema de la izquierda ante este radicalismo?

El problema de la izquierda europea es que no sabe qué hacer con la Unión Europea. No tiene una respuesta a este problema ni un proyecto alternativo poderoso que se corresponda con lo que realmente transmite en público. Está atrapada en el orden binario del discurso neoliberal. El de la UE, que se presenta como un neoliberalismo progresista; y el de una derecha radical que ha perdido la inocencia y se muestra a la ciudadanía como una opción regresiva, patriarcal, racista, reaccionaria y antiinmigración. Eric Zemmour la representa muy bien y lo dice sin ningún tipo de prejuicio. La izquierda no llega a eso y tiende a refugiarse muy tímidamente en el eslabón progresista de la UE. Pero eso no es una respuesta ni para la población migrante o postmigrante, que son quienes más sufren la violencia racial del sistema, ni para ese heterogéneo sector que ha padecido mucho los altísimos niveles de precarización, vulnerabilidad y exclusión provocados por 25 años de neoliberalismo financiero.

Entonces, ¿qué espacio alternativo queda en este escenario?

Hay alternativa. Existen muchas luchas fragmentadas por todo el continente –el feminismo, la sanidad y educación pública, la de los migrantes, las de quienes defienden el derecho a la vivienda, etc.– que, si logran confluir, pueden convertirse en una alternativa real única en Europa. En Italia hay algunas señales. Mientras sigamos identificados con el proyecto actual de Unión Europea será imposible salir de ese orden binario en el que estamos atrapados y será difícil poner en jaque a esa parte europea gobernante o a esa parte reaccionaria que ya se presenta como otra opción para dirigir esta crisis en la que estamos embarcados.

¿Quién es Miguel Mellino?

Es una pregunta difícil. Soy un argentino que en 1989 migré por motivos económicos a Italia, que es de donde venía mi familia. Así que soy producto de un doble proceso migratorio. Mis primeros años en Italia hice la vida que normalmente hace un migrante cuando llega a un país que no conoce y no entiende la lengua. Fueron dos o tres años difíciles. Así que acumulé una experiencia real aunque no, desde luego, como la parte más sufriente de la migración porque algún pequeño privilegio tuve al ser blanco y hombre. Sin embargo, pude realizar un recorrido intelectual y político dentro de los movimientos antirracistas italianos desde principios de los años 90 hasta 2005 que me permitió madurar muchas ideas y confrontar otras con las que no estaba muy de acuerdo. Por ejemplo, el fácil refugio que encontró una parte de la izquierda y de los movimientos sociales en el humanitarismo y en una lógica europeizada del antirracismo a diferencia de las tradiciones negras que hay en EEUU. El antirracismo está siendo cooptado por una parte del capitalismo neoliberal con la lógica de lo políticamente correcto.

Fuente: CTXT

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