Por Luciana Bertoia

Corre 1979. Terrenos de la guarnición militar La Calera. Las máquinas del Ejército se mueven pesadas. Fueron desplazadas hasta allí con un fin: remover los cuerpos sembrados en los años anteriores. Son los cuerposde quienes habían sido víctimas del accionar de la dictadura. Esos cadáveres son la evidencia del exterminio y deben ser removidos antes de que llegue la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) al país. El plan se ejecuta. Esos cuerpos, que habían sido torturados y luego fusilados, fueron maltratados una vez más: ahora, cuando yacen en la oscuridad de la tierra sin vida. A pesar de todo, quedan restos –pedacitos pequeños– que servirán casi 50 años después para que el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) los identifique y lleve un poco de calma a los familiares que los buscaron durante décadas. A pesar del revoltijo siniestro que montaron los perpetradores para volverlos inhallables, tres matrimonios son identificados en el mismo lugar. Ni el horror de los mandaderos de Luciano Benjamín Menéndez pudo separarlos.

La noticia de una nueva tanda de identificaciones se conoció la semana pasada. Este martes, el juez federal Hugo Vaca Narvaja informó los nombres de 16 de las 17 personas identificadas en una conferencia de prensa. Entre ellas, estaban tres parejas: José Luis Goyochea y Nélida Noemí Moreno de Goyochea; Rosa Cristina Godoy de Cruspeire y Carlos Cayetano Cruspeire, y Ester Felipe y Luis Mónaco.

José Luis Goyochea nació en La Rioja, pero se mudó a Córdoba para estudiar. Allí conoció a Nelly. Él trabajaba como administrativo en el Colegio Médico de Córdoba; ella, en la policía provincial. Los dos militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

Para agosto de 1977, vivían en el barrio General Paz de Córdoba y tenían tres hijitos: el mayor tenía cinco años; las dos menores, dos y uno. El 15 de agosto de 1977, José Luis estaba en su casa con los tres chicos cuando entró una patota y se lo llevó. Los tres chiquitos quedaron encerrados en la casa.

Nelly había salido a hacer las compras. Cuando volvió, advirtió movimientos extraños. Golpeó con desesperación la puerta de los vecinos, que la dejaron entrar. A los pocos minutos, ingresó también el grupo de tareas.

En La Perla fueron, como todos, sometidos a tormentos. Nelly era muy católica. Para que pudiera rezar, le dieron un rosario que tenía otra secuestrada, María Victoria Roca.

En octubre, para el Día de la Madre, otra cautiva le consiguió unas hojas de cuaderno para que hiciera unas tarjetas. Nelly se las ingenió para que cada una de sus compañeras de cautiverio recibiera un saludo.

En noviembre de ese año, los gendarmes sacaron a los Goyochea de la cuadra. Mirta Iriondo, una de las pocas sobrevivientes de La Perla, los vio en el despacho que solía usar el represor Ricardo Lardone, que se hacía llamar “Fogo” en el campo de concentración.

–Se quiere despedir de vos –le dijo Lardone a Iriondo, que vio cómo les ataba las manos y les ajustaba las vendas en los ojos. El “traslado”, eufemismo para referirse al asesinato, se respiraba en el aire.

–Jurame por Bruno que no me van a matar –le imploró Nelly a su compañera de cautiverio.

Ella tomó aire y le respondió que le juraba por la vida de su hijo que no iba a morir. Fue corriendo a la cuadra a pedirle a Roca que le regalara el rosario. Sabía que Nelly lo iba a necesitar más que ella. Volvió, se lo colgó del cuello y lo escondió debajo de la remera para que los represores no pudieran verlo.

José Luis la abrazó como pudo y le dio las gracias. El camión esperaba en marcha.

CARLOS CAYETANO CRUSPEIRE SALEVSKY
Carlos Cruspeire y Rosa Godoy Gentileza –

En ese mismo traslado fueron sacados los Cruspeire. Los dos habían sido secuestrados un mes después que los Goyochea.

En la mañana del 10 de septiembre de 1977, una patota apareció en la funeraria en la que trabajaba Carlos Cruspeire. Lo secuestró. Al rato, la patota llegó hasta la casa del barrio Bella Vista que compartía con su esposa, Rosa, y su hijita Mariela, de poco más de un año.

Rosa tenía a Mariela en brazos cuando se la llevaron. Los integrantes del grupo de tareas le dijeron a un vecino que si no se hacía cargo de la nena, la mandarían a la Casa Cuna. El hombre aceptó y, a los pocos días, hizo llegar una carta a la familia contando lo que había pasado.

Carlos había militado en Montoneros. Su esposa ya estaba más alejada de la militancia. Nada de eso impidió que fueran sometidos a terribles interrogatorios dentro del campo de concentración.

El día del “traslado” estaban contentos. Pensaban que había llegado el momento de que los blanquearan. Rosa quiso dejarle a Mirta un saco verde que usaba para abrigarse. Estaba convencida de que no iba a necesitarlo en la cárcel, donde su familia podría llevarle ropa.

Para esa época, los “traslados” ya no eran masivos como solían ser en 1976. Para febrero de 1977, cuando los represores de La Perla resolvieron asesinar a algunos secuestrados que llevaban varios meses en cautiverio y eran referentes en el campo de concentración para sus compañeros, se inauguró lo que el fiscal Facundo Trotta describió en su alegato en la megacausa como el “pacto de sangre”. La finalidad era continuar con los traslados semanales para que todos los represores fusilaran al menos a algún secuestrado. No se trataba únicamente de una orgía de sangre. Lo que se buscaba era que no denunciaran lo que pasaba en ese infierno ubicado a la vera de la Ruta 20, que une Córdoba capital con Villa Carlos Paz.

A principios de 1978, los integrantes del destacamento de inteligencia necesitaban que la maquinaria de muerte siguiera funcionando algún tiempo más. El 11 de enero de ese año, una patota irrumpió en el departamento en el que vivían Ester Felipe y Luis Mónaco. Ester era psicóloga y Luis, periodista. En diciembre habían tenido a su primera hija, Paula. Los dos eran militantes del PRT.

En el departamento solo estaba Luis. De allí lo secuestraron. La caravana del grupo de tareas enfiló hasta la casa de los padres de Ester. De allí se llevaron a Ester. Estaba en camisón. A su mamá le quedó grabado el sonido que hacían las chancletas de su hija mientras la patota la arrancaba de casa.

Nadie sabe cómo, pero Ester se las ingenió para llevarse una foto de Paulita, que, para entonces, apenas tenía 25 días de vida. Ester y Luis compartieron una colchoneta en el campo de concentración.

Estuvieron pocos días en La Perla hasta que fueron sacados de la cuadra para ser subidos a un camión. Sus restos fueron hallados, como los de las otras parejas, en la Loma del Torito, una zona ubicada cerca del centro clandestino de detención, donde el EAAF continúa actualmente con las tareas de excavación.

“Ester y Luis se mantuvieron juntos en la oscuridad. Sigo tratando de descifrar qué significa ese mensaje de amor”, dijo Paula, su hija, que finalmente los encontró.

Fuente: P12

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