En esta columna de opinión, Jorge Junyent propone mirar el desembarco galés más allá de la historia y reivindica el legado invisible de quienes llegaron a la Patagonia hace 161 años. “En 1865 no desembarcaron solamente personas. Desembarcaron principios.”
Como cada año, el mes de julio llega a Esquel con su aliento de nieve, y con él, el pulso de una historia que no admite olvido, el desembarco de los galeses del Mimosa.
Cuando volvemos la mirada, imaginamos sus velas desplegadas acercándose lentamente a las costas patagónicas y evocamos la valentía de aquellos ciento cincuenta y tres galeses que dejaron atrás su tierra para comenzar una vida nueva.
Este 28 de julio no pretendo internarme en los territorios de la nostalgia, ni en los hechos que los bardos galeses recorrieron con su escritura y una maestría inalcanzable para mí. Solo intento dejar constancia de un agradecimiento que el tiempo no ha logrado silenciar.
Siento que recordar al Mimosa y el desembarco no es hurgar en el pasado, como quien mira una postal ajena, sino reconocer que, por nuestras venas, todavía navega aquel viejo barco de madera.
Somos conscientes de que las velas del Mimosa, desaparecieron hace mucho tiempo. Aquellas telas que durante casi dos meses capturaron los vientos del Atlántico para traerlos a nuestras costas ya no impulsan nada. Sin embargo, nadie dudaría de su importancia. Su valor no reside en lo que serían hoy, sino en lo que alguna vez hicieron posible.
Solemos recordar las casas de piedra, las capillas, los canales de riego, las chacras, el té galés, el idioma, el Eisteddfod. Son las huellas visibles de una epopeya extraordinaria.
Pero existe otro legado mucho más profundo, que no puede fotografiarse ni exhibirse en un museo. Un orgulloso legado invisible.
En realidad, el Mimosa no llegó únicamente con colonos; llegó con una manera de organizar la vida en comunidad.
En los baúles de aquellos pioneros cabían apenas algunas herramientas, ropa, Biblias y los objetos indispensables para comenzar de nuevo. Pero lo verdaderamente valioso no ocupaba lugar en la bodega. Viajaba en la conciencia de aquellas familias.
Con ellos viajaba la convicción de que la educación era el camino hacia la libertad. Viajaban la costumbre de deliberar antes de decidir, el respeto por la palabra empeñada, la responsabilidad compartida, la ayuda mutua y la certeza de que el progreso individual sólo era posible si prosperaba también la comunidad.
Por eso en 1865 no desembarcaron solamente personas. Desembarcaron principios.
Lo que hoy no se ve, pero que a la distancia cobra una fuerza conmovedora, es la geografía del alma, que aquellos galeses trajeron como sus equipajes. Cuando aquellos 153 viajeros bajaron a la playa en Puerto Madryn, no pisaron tierra virgen; se enfrentaron por primera vez a la inmensidad de la estepa patagónica. Y allí, en ese instante, donde la esperanza pudo haberse quebrado bajo el peso de la inmensidad, nació el verdadero desembarco. No el de Mimosa, sino el de la voluntad.
Mucho antes de levantar una capilla, abrir un canal de riego o sembrar la primera cosecha, aquellos hombres y mujeres comenzaron a construir algo mucho más difícil: confianza entre personas que debían enfrentar juntas un territorio desconocido.
Quizá ese haya sido el verdadero patrimonio que llegó a la Patagonia. No la madera del barco. No sus velas. No las pocas pertenencias que viajaban en la bodega. Lo más valioso era invisible.
Era una forma de entender la convivencia, el trabajo, la educación, la participación y la responsabilidad cívica.
Tal vez por eso, a ciento sesenta y un años del desembarco, el mejor homenaje que podemos rendir a los colonos galeses no consiste únicamente en conservar edificios históricos o repetir ceremonias.
El verdadero homenaje consiste en preguntarnos cuánto de aquel patrimonio invisible permanece vivo entre nosotros.
Porque las velas del Mimosa ya no existen. Pero los valores que impulsaron aquel viaje todavía pueden seguir empujando nuestro futuro.
Cuando nos reunimos para celebrar la Fiesta del Desembarco, y las voces y la música se vuelven un solo cuerpo, estamos presenciando el milagro del idioma y de la fe que hace más de un siglo y medio cruzaron el océano y no sólo han sobrevivido sino que se han vuelto el pulso mismo de nuestra tierra.
Querida colectividad galesa ¨Gwyl y Glaniad Hapus¨
Fuente: EQS
