Por Lila María Feldman
Llegamos a un nuevo 8M, en este año que está aún comenzando y en esta era que ya queremos que acabe: la pesadilla fascista recorre el mundo.
Los feminicidios, las violencias y los abusos se expanden de manera alarmante. Lo cierto es que no han parado de matarnos, nos siguen matando, nos matan cada vez más.
Nos acorralan, también nos acorralan, haciendo de la posibilidad de denunciar una ocasión para nuevas violencias. La idea de las falsas denuncias: denigrar la palabra así como se ha denigrado el cuerpo, es una forma de seguir violentándonos y cercenando y atacando el derecho a exigir protección y justicia.
La pedofilia naturalizada y documentada.
La reforma laboral que en nuestro país recaerá en mayor medida sobre nosotras.
La construcción de violencia, impunidad y obscenidad como lenguaje oficial y parodia de democracia.
En momentos de desolación, les cuento, lo que hago es nutrirme del pasado. Encontrar o rastrear vanguardias. Volver a dimensionar la magnitud de los enfrentamientos que hemos sostenido. También rastreo en el presente, en las voces que incluso en los lugares más inesperados, nos tienden una mano.
En un librito pequeño pero potente, “La teoría de la bolsa de la ficción”, Úrsula K. Le Guin nombra a Virginia Woolf y nos regala una pista. Menciona su libro “Tres guineas”. Virginia, nos hace saber Úrsula, se interesaba por lo que las palabras dicen y sus violencias cristalizadas, pero más aún en lo que las palabras podrían decir. Y es que el feminismo es una usina de pensamiento y de construcción política que permite que hayamos cambiado la historia unas cuantas veces, y me refiero claro a la historia de las mujeres, pero no únicamente la historia de las mujeres.
Virginia lo escribe en el año 1938, frente al nazismo consolidado. Se trata de una extensa carta en la que responde al pedido de un hombre: que las mujeres colaboremos para evitar la guerra. Que colaboremos con una firma de apoyo y con dinero, y en ese entonces las mujeres disponían de poco, menos aún que hoy. Con agudísima inteligencia desgrana cada una de las capas de hipocresía de la dominación masculina en clave interseccional, consciente de los nudos peculiares que entraman género, clase y “raza”. Desde esas páginas Virginia nos susurra fuerza, nos insufla fuerza, incluso hace mención a las páginas que estamos escribiendo hoy: el paro de mujeres, tanto como la baja de la tasa de natalidad. Es decir: se interroga por la fuerza de las mujeres, la fuerza que se ejerce incluso retirándonos de ciertos lugares. En esas páginas se atreve a afirmar que la palabra libertad se ha desgastado o vaciado de sentido, que es una palabra corrupta, también se atreve a ironizar con la palabra “feminista”, por cierto una palabra que ya entonces para muchos resultaba peligrosa. En esas páginas Virginia nos recuerda que el matrimonio era la única profesión digna reservada para las mujeres, y eso recién empezó a cambiar en el año 1919 en el Reino Unido, año en el que se nos permitió tener cargos públicos y profesiones legales. En nuestro país Julieta Lanteri, en ese mismo año, fundó el Partido Feminista Nacional y se postuló como candidata a diputada, aún cuando el derecho al voto no existía para nosotras. En este país del Cono Sur, en la provincia de Mendoza, una huelga de maestras también hacía historia y fue precursora de las luchas del movimiento obrero. Poco más de un siglo ha pasado, un siglo apenas dentro de la vasta cuenta de los siglos.
Virginia advierte que prevenir la guerra es revisar los resortes mismos del sistema que nos forma y que nos gobierna. No podríamos, dice, promover la libertad y la cultura sin antes discutir qué entendemos por libertad y por cultura. Lo que sostiene Virginia es que no se puede prevenir la guerra si se sostiene el Imperio, y que el lugar de las mujeres no será el de remendar calcetines o medias ni promover lo heroico y sacrificial de ninguna patria que en el imperio de las desigualaciones y en el negocio de las armas se establezca. No me equivoco si digo que es muy actual… ¿no? La Junta de Paz –así se llama sin asomo de pudor o vergüenza- hoy, ahora mismo, despliega masacres, invasiones y genocidios mientras ampara feminicidas y pedófilos, mafias y narcos. Mientras transforma a los Estados en mafias desintegrando cualquier resabio de Derecho Internacional. En nuestro país los fascistas se dan en llamar libertarios. Tampoco los mueve ni un ápice de vergüenza cuando apalean y gasean a jubilados ni cuando legislan la esclavitud.
Virginia nos propone cuidarnos bien y mucho de los hombres “educados” que dirigen el mundo. Virginia insiste: escribe, se atreve a escribirlo, que no nos interesa integrar sociedades patriarcales, y añade que si integráramos algún colectivo sería el de la “sociedad de las outsiders”. Muy cerca está Sara Ahmed y el título de feministas aguafiestas. Las feministas somos outsiders y aguafiestas, eso somos en el mejor de los casos. Las outsiders combatimos silencios, tiranías, prohibiciones, censuras, injusticias, violencias. Virginia insiste: las violencias y abusos los cometen los padres comunes y corrientes, los hombres educados, no los monstruos, no los locos. No es una enfermedad, dice ella, se llama patriarcado y es cimiento de los fascismos.
Tenemos por delante viejas y nuevas batallas, pero en el mismo hilo que recorre la historia: la lucha contra los supremacismos, en cada una y en todas sus versiones. La lucha por memoria y verdad, aunque de justicia haya poco; y la lucha por justicia, porque sin justicia la memoria y la verdad también quedan dañadas.
Tenemos por delante la tarea de contar la historia y de hacer que las historias cuenten. Tenemos la tarea de cambiar historias, de cambiar la historia, una vez y otra y otra.
Este sueño tal vez tonto, tal vez sabio –como dice Judith Butler- es incansable y está afilado en la lucidez y en los saberes que las mujeres forjamos y que pasan de vida en vida, de mano en mano. Esos saberes vienen del futuro, dice Dolores Fonzi, y vienen también del pasado, pero en cualquier caso lo que dicen, siempre, es que la temporalidad no está cerrada o clausurada sino que es por definición inconclusa, aunque nos quieran resignadxs; y que hacer del tiempo un tiempo común a todxs, es la tarea y la batalla que ocupa cada día y el entero calendario.
Fuente: P12
