Por Daniel Campione | 07/09/2026 | Argentina
Fuentes: Rebelión
El justicialismo parece abocado a un proceso de “domesticación” en relación con el poder económico y cultural.
Circula con insistencia en ámbitos que reivindican el legado de Juan Domingo Perón la creencia de que la sociedad argentina ya adoptó como valor indiscutible el superávit fisca, supuesta fuente de la ansiada estabilidad económica. E incorporó la “austeridad” en la emisión de moneda y en el gasto público como imperativos permanentes.
Tales convicciones traen al recuerdo el recorrido que hizo la Alianza con respecto a la década presidencial de Carlos Menem. Entonces hicieron campaña con el lema “Un peso un dólar”. Se desgañitaron para poner en claro que no modificarían nada sustancial. Que se proponían ser la continuidad del “menemismo”.
Con alguna mejora en la ética. Y en la estética de “pizza con champagne”, lujo rampante y corrupción descarada.
No faltaron en la alianza entre la Unión Cívica Radical y el Frente País Solidario (Frepaso) quienes caracterizaban a las privatizaciones y desregulaciones como “reformas indispensables”. Las que por tanto pasaban a integrarse como “políticas de Estado”. Coincidencias transversales a partidos y coaliciones. En definitiva, ninguna de las medidas más sustantivas de la década 1989-1999 sería rectificada.
Lo subrayaban incluso con el lenguaje. Nunca se referían al pueblo. Era “la gente”. “Imperialismo”, “gran capital” y “multinacionales” eran términos impropios, todos emanadores de un tufillo marxista que debía erradicarse por completo. Ningún partido con vocación de gestionar el gobierno nacional podría soslayar la fidelidad al “modelo” de la convertibilidad.
Cualquier otra propuesta denotaría “falta de rigor”, “infantilismo”, “apego a fórmulas ya superadas”. Una mezcla de chapucería y anacronismo que todo político o incluso ciudadano común “serio” debía dejar de lado para siempre.
Se desconfiaba de manera explícita de cualquier movilización popular. La presencia popular en el espacio público “presionaba” y “entorpecía” a los gobiernos progresistas y la necesaria “racionalidad” de su gestión.
Ya sabemos cómo terminó esa historia. En el “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. La rebelión popular de 2001 que por primera vez en la historia nacional desalojó del poder a un presidente elegido por el voto popular.
Derrocado desde abajo por la magnitud de su sometimiento a esos poderes a quienes nadie vota y pese a ello toman las decisiones de mayor envergadura. Las mismas que casi siempre los favorecen. Y atacan las condiciones de vida y de trabajo del pueblo que las sufre.
Habíamos llegado a más del 20% de desempleo y a un nivel de pobreza y precarización récord. Por miedo a lo que ocurriría si se rompía con el FMI y se rechazaba el pago de la deuda. Para la evitación de un peligro quedó el país entero abocado a una catástrofe.
Un anuncio de la tendencia hoy en gestación han sido las declaraciones de Aníbal Fernández, el hombre que ocupó casi cualquier cargo político, salvo los dos más gravitantes: Gobernador de la provincia de Buenos Aires y presidente de la nación. Manifestó que “no tocaría nada” de lo hecho por el gobierno actual.
Nada más parecido a los dichos de Fernando de la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez en los años del fin de la centuria anterior que precedieron a la gran tormenta.
La hora de la vergüenza perdida
Marca un nuevo límite para el asombro la decisión de las y los senadores peronistas en estos días: La de darle el voto a la designación o ascenso de los mismos jueces que orquestaron parte de la persecución judicial a Cristina Fernández o participaron de la reunión en Lago Escondido con directivos del grupo Clarín.
Constituye un síntoma, claro. De alguna negociación inconfesable o, quizás peor, de una muy amplia voluntad de hacer “buena letra” hacia el poder real en todo lo que se pueda. Tal vez confluyen ambos aspectos. El objetivo, quizás, es la llegada al gobierno en 2027, en aptitud de buenas migas con el poder económico y comunicacional.
Lo palpable es que, entre otros personajes nada simpáticos, Pablo Yadarola y Pablo Bertuzzi tienen expedita la designación como jueces federales. Dos hombres del macrismo. Entongados con las peores decisiones del antikirchnerismo rampante en su versión judicial.
Bertuzzi confirmó el procesamiento y la prisión preventiva de Cristina Kirchner en la conocida como Causa Cuadernos. También convalidó el procesamiento por el presunto uso de aviones oficiales para trasladar muebles personales al sur del país. Causas signadas por las pruebas inventadas, oscuras mediaciones de los servicios de inteligencia, interpretación forzada de las figuras delictivas.
Yadarola, partícipe del cónclave “clarinesco”, era considerado a más tardar desde aquel viaje (2022) un “enemigo político” en las cercanías de la expresidenta.
Pese a ello sus pliegos fueron votados hasta por senadores miembros del entorno de CFK. Como parte de una decisión que la cámara “alta” (si partimos del tercer subsuelo) refrendó por elocuente unanimidad.
La polémica designación contó con el sufragio favorable de Eduardo “Wado” de Pedro, Juliana Di Tullio, Mariano Recalde y Alicia Kirchner. Todas y todos frecuentadores del Instituto Patria y/o miembros o muy cercanos a La Cámpora.
Claro, si el objetivo es el acceso al gobierno en condiciones de capitulación desde el día de inicio de mandato. ¿Qué mejor que el respeto por la “independencia” del poder judicial?
Un mito del “republicanismo” reaccionario al que parece que hoy se le rinde tributo desde la mirada “nacional y popular”. Si es algún “toma y daca” mantenido en secreto el que motiva el sentido del sufragio es peor aún. Se toman decisiones que no pueden sostenerse ni frente a los propios partidarios.
Cristina presa y proscripta. ¿y el quilombo que se iba a armar?
Las manifestaciones por la libertad de Cristina siguen flacas. La Cámpora lanza frecuentes pegatinas de afiches y difusión en redes con esa consigna. Sin embargo se encuentra en relativa soledad.
Desde el atentado de 2022 que ese déficit se prolonga. El que adquirió ribetes indignos cuando los sucesivos fallos judiciales inhabilitaron a perpetuidad a CFK para cargos electivos. Junto con una condena a prisión tras procesos amañados. Carentes de pruebas y vertebrados por una animadversión que los magistrados actuantes no se cuidaron de disimular.
La respuesta popular ante el edificio de San José 1111, la prisión domiciliaria de CFK nos conmovió a muches que no somos peronistas ni kirchneristas. Sin embargo parece que no tocó la fibra de la mayor parte de los jerarcas. Quienes hoy le entregan al poder económico, mediático y al propio Javier Milei tribunales dispuestos al cumplimiento de cualquier orden que baje desde el poder real.
De la “decada ganada” a la “oposición dialoguista”
La flamante infamia no atenúa las vocaciones de una parte del peronismo de brindarle votos a diferentes iniciativas del gobierno más reaccionario desde 1983 a la fecha. Quienes se suponen deberían ser portaestandartes de la independencia económica y la justicia social, se asocian con los más fanáticos enemigos de ambos conceptos.
Los mandatarios provinciales de Tucumán, Catamarca, Misiones, Salta, Santa Cruz y siguen las firmas, han estado incursos en el voto positivo para entregas de territorio, soberanía y políticas sociales.
Ocurre que, a causa de la rendición en senadores que ya hemos reseñado, personajes como Osvaldo Jaldo, Gustavo Sáenz y Raúl Jalil hasta podrían ser disculpados en función de que no son adeptos al “kirchnerismo”. Qué puede esperarse de los “traidores” si los “fieles” se prosternan frente a enemigos históricos a los que no se cansaron de denunciar hasta ayer mismo.
En la otra cámara, la de diputados, Myriam Bregman se interrogó acerca de cómo, con Cristina presa, se votaba a los mismos magistrados responsables de su arbitrario encierro. Y del mamarracho jurídico que lo sustentó.
Habrá de verse si en la dirigencia y sobre todo en las bases del peronismo restan energías para las habituales referencias a la naturaleza disolvente del trotskismo que además “le hace el juego a la derecha”. O bien para traer a colación el “tres por ciento” que sería el menguado e inmodificable caudal de votos del FIT-U.
Tales frases se encuentran desgastadas. Son más viejas e inactuales que “…yo la voto a Myriam y se van todos al carajo…” La que empieza a extenderse. Incluso a zonas insospechadas de trotskismo y hasta de afinidades fuertes con la izquierda en general.
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Llegados a esta altura de la nota es probable que haya lectores que se pregunten por qué este texto comienza con referencias a la década de Menem. Y a los dos años de la Alianza que terminó echada a puntapiés por multitudes.
No me extenderé en justificaciones al respecto. Sólo acudo al viejo dicho de que la historia no se repite. En cambio a veces rima, es la segunda parte del mismo apotegma.
