Por Fernando Cangiano | 08/10/2026 | Argentina

Fuentes: Rebelión

Hay que admitir que los desmalvinizadores hicieron bien su trabajo. Lograron desacoplar la causa soberana de la realidad viviente y la convirtieron en un mito. Eso explica que, tras 45 años de proclamas, efemérides, desfiles y severos discursos patrióticos, el país haya transitado un sendero de entrega de soberanía casi ilimitada y una progresiva renuncia a su más elemental aptitud para gobernarse por sí mismo, sin tutelas extranjeras. Con la mente nublada por abstracciones grandilocuentes, hasta las Fuerzas Armadas votaron masivamente en el 2023 al admirador de Margaret Thatcher, la criminal del Crucero Belgrano. Es posible que vuelvan a votarlo el año próximo.

El hecho que relatamos, aunque sorprendente, no deja de ser habitual en el sistema en el que vivimos. ¿No fue acaso la ‘democracia’ el régimen político bajo el cual se consumó la más feroz concentración de la riqueza de la historia argentina? ¿Deberíamos concluir, entonces, que una inmensa mayoría de la población convalida la desigualdad, la pobreza y la decadencia social, política, moral y cultural de las últimas décadas? El sistema cuenta con mecanismo sutiles de dominación y control social. Dispone de una legión de profesionales, intelectuales, periodistas y formadores de opinión cuya tarea consiste en legitimar el orden social imperante. ‘Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante’ dijeron hace casi dos siglos dos célebres pensadores europeos. Un destacado revolucionario italiano más cercano en el tiempo, en tanto, desarrolló el concepto de ‘guerra de posición’ para dar cuenta de esa aparente paradoja de personas bien intencionadas que, habiendo sucumbido a la cosmovisión del poder, son llevadas a defender posturas contrarias a sus intereses más vitales.

En pocos capítulos como en el tocante a la cuestión Malvinas ese fenómeno singular fue tan notorio. Movidos por la necesidad de desmalvinizar el país para imponer su programa, los grandes intereses locales e internacionales desplegaron una narrativa falaz y auto-denigratoria, perfectamente calculada, cuyo propósito fue claro: borrar de la conciencia popular el hecho histórico de que la Argentina se puso de pie en 1982 para recuperar lo que le pertenece. Se trataba de reemplazar aquel impulso glorioso por una creciente pérdida de confianza en nosotros mismos que caracterizó el sentir popular de las últimas décadas. ¿Como hubieran podido liquidar para luego extranjerizar, con fuerte apoyo social, buena parte de la riqueza nacional acumulada sin socavar previamente el espíritu patriótico y la auto-confianza que emergió de Malvinas?

Hemos dicho en numerosas ocasiones que la desmalvinización adoptó diferentes formas en función de las necesidades de cada etapa. Sintéticamente podemos resumir tres tipos predominantes,

1) los que sostienen que las Malvinas son inglesas y, por ende, tenemos que renunciar definitivamente a ellas. En este campo militan la diputada, docente de la UBA y acérrima defensora de la barbarie del Estado de Israel Sabrina Ajmetchet, el provocador televisivo y hoy embajador Fernando Iglesias y algunas luminarias de la cultura nacional, muchas ya fallecidas, como Juan José Sebreli, Betriz Sarlo, Jorge Lanata, entre otros. Todos ellos firmaron en su momento un documento reclamando que los argentinos le cursemos una disculpa pública a Gran Bretaña por la impertinencia de 1982. Esta postura, máxima expresión del grado de descomposición alcanzado por el pensamiento colonial vernáculo, fue perdiendo fuerza en la medida en que se hizo notorio el inmenso apoyo popular a la causa, tal como quedó reflejado recientemente en el episodio de la sábana mágica.

2) la posición de quienes esgrimen la divisa de los derechos humanos para oponerse a la recuperación de la soberanía como si la lucha frontal contra el colonialismo no fuera por sí misma la mayor contribución a la defensa de los derechos humanos que pueda realizarse en un mundo desangrado durante dos siglos por los apetitos de las grandes potencias. ‘La guerra de la dictadura’ califican a la batalla de 1982 limitando su alcance y su significado a las intenciones mezquinas de Galtieri y su círculo funesto. Esta mirada compromete a un sector de los veteranos de Malvinas imbuidos de una equivocada ideología liberal-progresista, que pregona la reconciliación con el usurpador en nombre de la paz universal.

3) quizás la más negativa de las vertientes desmalvinizadoras sea aquella que se comporta como si la lucha del ’82 estuviera divorciada de todo lo que aconteció en las décadas siguientes y como si la memoria de la gesta no planteara compromiso alguno en el crudo presente. Abunda en inocuos actos recordatorios, magistrales conferencias, desfiles y encendidas proclamas. La consigna que resume esta posición es aquella que reza ‘Malvinas, un sentimiento’. Naturalmente, despierta una adhesión sentimental inmediata pero, lamentablemente, sin ninguna sustancia político-programática que inquiete al usurpador y a sus aliados internos. Se convierte en un lejano eco de una gloria pasada carente de conexión con el presente. Este vaciamiento de contenido permite que se apropien del discurso malvinero inescrupulosos personajes oportunistas tan notoriamente contrarios a un genuino patriotismo como el Milei de las últimas semanas. ‘Malvinas nos une’ es el dulce canto de sirena que acompaña esta postura, pero, pequeño detalle!, no toma en cuenta que ese loable objetivo solo es viable si previamente la reivindicación fue neutralizada o pasteurizado mediante una conveniente operación de limpieza ideológica.

Si, por el contrario, la defensa de Malvinas se asociara, como debe ser, a la recuperación de nuestras riquezas naturales enajenadas, a la soberanía económica frente al FMI, al no pago de la deuda externa con la banca inglesa, a la nacionalización del comercio exterior, a la defensa de la educación pública, etc, otro sería el cantar. Ya no sería Malvinas una prenda de una unión imposible entre aquello que no puede unirse, sino un factor de divisoria de campos políticos irreconciliables.

En suma, los acontecimientos de los últimos meses revelan que la causa Malvinas permanece viva en el alma popular. Es sinónimo de argentinidad. La tarea consiste en dotarla de contenido y evitar que de ella se apropien charlatanes, demagogos o canallas del estilo Milei, que procura entregarla como prenda de sumisión para re-colonizarla, ahora bajo la égida de su mandante del Norte.

Fernando Cangiano. Exsoldado combatiente de Malvinas y autor del libro Malvinas, la cultura de la derrota y sus mitos, Ed. Dunken, 2019.