Por Daniel Campione

Ha sido desplazado un peculiar ministro coordinador, Nicolás Posse, hombre sin experiencia política y carente de vínculos y táctica de comunicación, aún en el interior del gobierno. Lo reemplaza un funcionario veterano y con antecedentes de actuación partidaria.

Conviene no perder de vista que el contexto es el de una crisis política, que emergió alimentada por el incremento de la conflictividad social. Turbulencias reforzadas por el descaro excesivo en el ataque contra toda forma de solidaridad y organización popular. Actitud corporizada en estos días en la acumulación de comida en depósitos estatales, en medio del hambre de millones.

Desde la cúpula episcopal hasta algunos medios entre los más conservadores se hicieron eco con fuerza de esa situación indefendible, aún no resuelta. Tras la defensa a ultranza del libre mercado, la insensibilidad hacia el padecimiento social. Las paralelas imputaciones de actos de corrupción por parte de organizaciones piqueteras no alcanzan para tapar esa realidad.

Se le sumaron las prolongadas dificultades para arribar a un dictamen de comisiones previo a la discusión en el Senado del proyecto de “ley bases”. Un debate que puede ser sólo el preludio de nuevas modificaciones en el recinto. Y el consiguiente regreso a la cámara de origen. Más demoras.

¿Una visión más amplia?

Con el nombramiento de Guillermo Francos como jefe de gabinete el elenco de gobierno pareciera inclinarse a una posición de mayor construcción política. Menos tendiente a reducir la gestión cotidiana a un lineamiento único y excluyente: La identidad, que no se halla en discusión, con la libertad de mercado y los intereses de la gran empresa confundida con una acelerada carrera por otorgar beneficios inmediatos al gran capital.

Antonio Gramsci enseñaba que una clase dominante, para poder erigirse en “dirigente” no debía imponer sus intereses hasta el límite de lo que llamaba lo “económico-corporativo”. El factor morigerador se encuentra en las relaciones sociales de tipo estatal, en sentido amplio. Quizás se abran paso en el gobierno quienes entienden siquiera un poco de esas sutilezas.

El flamante jefe de Gabinete, apenas nombrado, declaró sin falsos pudores: “Para aquellos que dicen que el Presidente no se da cuenta: el Presidente me elige a mí porque se da cuenta que con la política argentina a él se le hace complicada porque no la entiende, porque tiene diferencias, por x motivos y yo tengo una posibilidad mayor de dialogar y ahí viene la propuesta”.

No se le puede reprochar falta de claridad. El presidente tendría la capacidad elemental de percibir ciertos problemas, pero carece de aptitudes básicas para solucionarlos.

Los primeros análisis tras la designación del nuevo ministro coordinador abundaron sobre que posee un recorrido político. Que supo fatigar ámbitos partidarios desde los primeros años de la década de 1970, en apoyo a la coalición encabezada por Francisco Manrique. Alianza conservadora en tiempos de amplia radicalización.

Años después tuvo un conspicuo paso por Acción por la República, el partido concebido para llevar adelante el proyecto político de Domingo Felipe Cavallo, fallido tras algunos avances. Se le agrega el ejercicio de algunos cargos electivos

Francos ha sido además directivo de grandes empresas, en el seno de la Corporación América, de Eduardo Eurnekian. Y ha emprendido sus propios negocios. Es también un hombre del gran capital.

Además supo ser funcionario en puestos de segunda línea pero gravitantes en la política económica, como presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires durante el gobierno de Daniel Scioli.

Y completa su currículum el roce internacional. Es sabido que fue representante de nuestro país ante el Banco Interamericano de Desarrollo durante el gobierno de Alberto Fernández. Allí se cuecen complejas arquitecturas para proyectos valuados en muchos millones de dólares.

Es evidente que a su rodaje en el quehacer político se le suma un conocimiento del manejo burocrático que escasea de forma aguda en las huestes “libertarias”. Y que supo desenvolverse en diferentes gobiernos sin atender a banderías sectoriales sino a orientaciones permanentes.

El profeta del libre mercado

El casi simultáneo anuncio de que Federico Sturzenegger ocupará una nueva cartera, aún innominada, parece ir en la dirección opuesta.

El expresidente del Banco Central es todo lo contrario a un dirigente pragmático y negociador. Nadie más ajeno a virtudes como la llamada “cintura política”.

El sentido de su actuación previa es unívoco. Desde su juventud como hacedor del “megacanje”, durante la presidencia de Fernando de la Rúa, a cargo de la secretaría de Política Económica. Luego como presidente del BCRA en la gestión presidencial de Mauricio Macri, jugado por entero a favorecer a los grandes negocios. Y a una política monetaria contractiva que favoreció la pérdida de ingresos de los asalariados. Y facilitó el comienzo de un declive económico.

Siempre a favor de ajustes salvajes, pago puntual de la deuda, negocios financieros, y despreocupación por la suerte de la mayoría de la población. Ya en este gobierno fungió como un “ministro sin cartera”, encargado de acercar proyectos de desregulación generalizada, privatizaciones extendidas y rotunda flexibilización laboral.

Esos prospectos de normas han encontrado los ya conocidos obstáculos. Lo que no excluye que la orientación sustancial de los cambios propuestos sigue en pie, pese a las supresiones y modificaciones acercadas por la oposición “amigable”.

Colocarlo con elevadas responsabilidades a cargo de un proceso general de “desregulación” y “transformación del Estado” es una invitación al incremento de conflictos. Acompañados por embates a patada limpia contra cualquier esbozo de consensos más amplios. No en vano criticó la iniciativa del ministro de Economía de poner coto a los aumentos de las prepagas.

Sturzennegger pasará de asesor sin cargo formal a decisor munido de amplias competencias. Y todo indica que seguirá impermeable a cualquier concesión. No es difícil predecir un porvenir de huelgas y confrontaciones en torno a sus iniciativas.

Cambios en el decorado, mismo escenario

Estos reacomodamientos prueban que el establishment dista de dar por perdida a la actual gestión. Medidas drásticas como la colonización total del gabinete por los partidarios de Mauricio Macri o, más aún, el desplazamiento del jefe de Estado y su reemplazo por Victoria Villarruel, no parecen entrar en el orden del día.

No cabe descartarlas de una agenda de alternativas a futuro. Hoy no son casuales las manifestaciones de apoyo, incluso entusiastas, de representantes del gran capital local y trasnacional a favor del actual presidente. O los significativos silencios, incluso ante perjuicios corporativos inmediatos, como el de la Unión Industrial Argentina (UIA).

Lo que sí puede abrirse paso es la conciencia activa de que hacer la política del gran capital no puede reducirse a frecuentes viajes a EE.UU. Tan luego si éstos tienen como objetivo abrazarse con grandes magnates del mundo digital o CEOs de las grandes compañías que protagonizan la llamada “cuarta revolución industrial”. Y allí se quedan.

Puede ahora regresar la noción de que el aparato del Estado, siquiera sea como “mal necesario” juega un rol ineludible. Por ejemplo, en los equilibrios relativos entre distintos sectores del empresariado local e internacional. Y en los movimientos necesarios para no arrojarse de cabeza en piscinas secas.

El advenimiento de Sturzenegger no apunta hacia esas consideraciones. Es probable que los exponentes de la vilipendiada “casta” que hoy escalan en el elenco de gobierno confíen en “domar” a un académico al que le falta “calle”. Y sólo entiende de intransigencias en posiciones en apariencia inamovibles.

Mirados desde “abajo” estos cambios no alteran nada sustancial. Más allá de matices; sindicatos, movimientos sociales y otras organizaciones populares seguirán en un horizonte de luchas. Poco proclives a compases de espera o interminables negociaciones que culminen en la aceptación de crecientes pérdidas.

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