PorGustavo Veiga

Trump es el producto más acabado y grotesco de la extrema derecha global. Brilla en su histrionismo como si fuera una pintura satinada, igual a la corbata roja que lució en Naciones Unidas. No usa la estética de uniforme o chaqueta marrón con que se vestía Hitler, ni su bigote ancho y corto, aunque varios historiadores lo comparan en su propio país con el führer y no por su aspecto físico. En el juego de los parecidos y diferentes, también hay analistas que asemejan su estilo al de Mussolini, aunque el duce gustaba más de su infaltable camisa negra y hubiera sido extraño que la combinara con una corbata colorada.

Pudimos comprobar en la 81.ª Asamblea General de la ONU que el presidente de Estados Unidos recargó su perfil megalómano, los delirios de grandeza y una subjetividad marcada por su vanidad. Si fuera apenas eso, no sería lo peor que representa. Solo la imagen de un magnate decadente que quiso mostrarse todopoderoso ante una audiencia global garantizada. Pero el problema es que Trump, como él mismo dijo en un ataque de jactancia, tiene tras de sí a un “poderío militar sin igual” con el que amenazó a cualquier país que se rebele contra la maquinaria bélica imperial en América Latina.

Se despachó contra todo un continente y en particular contra México. Dijo que “es el epicentro de la violencia de los cárteles. Lamentablemente, es inaceptable que Estados Unidos comparta una frontera de dos mil millas con un territorio controlado por cárteles enemigos”. ¿Qué vendrá después de esas palabras? ¿O es pura retórica de un criminal cebado por su afán de protagonismo?

Habría que recordarle que casi toda la frontera sur de EE.UU era mexicana hasta la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo el 2 de febrero de 1848. La imposición de un acuerdo que siguió a una invasión, la toma de la capital y el robo de 2 millones de kilómetros cuadrados, equivalentes al 55 por ciento de la superficie del país. Trump agrandó el muro en la frontera con México, pero por ahora evitó anunciar que imitará a James K. Polk, el undécimo presidente estadounidense que se apoderó de México en el siglo XIX.

Un clásico de cada uno de sus discursos, en Naciones Unidas mucho más amplificado, fueron sus ataques a Cuba. Machacó con su teoría del “estado fallido” y su bravuconada de que “pronto caerá” el gobierno socialista de la isla. La delegación cubana presente se retiró de la asamblea cuando Trump se dirigió en esos términos a la nación caribeña que mantiene bajo asedio y con un genocidio silencioso en progreso.

No faltó su mención a Venezuela y “al dictador forajido” y “verdadero criminal”, tales los adjetivos que utilizó para definir a Nicolás Maduro, el presidente secuestrado el 3 de enero de este año junto a su esposa, la diputada Cilia Flores. La actual presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y su comitiva escucharon estas palabras sin abandonar el lugar.

No es una hipérbole arrojadiza la comparación de Trump con Hitler o Mussolini porque ya hubo señales de ese paralelo que surgieron de su círculo más íntimo. En mayo de 2024, desde su cuenta de Truth Social –el actual presidente de EE. UU. estaba en campaña por las elecciones– apareció la pregunta de una voz en off acompañada por su respuesta: “¿Qué pasa si gana Donald Trump?”. Y a continuación: “La fuerza industrial y la producción aumentarán significativamente gracias a la creación de un Reich unificado”.

El video fue suprimido al día siguiente con una explicación poco convincente. Una portavoz señaló que no se trataba de un producto oficial de la campaña y que lo había publicado personal subalterno y no Trump. En octubre de 2024, el magnate, cuando tenía encima la fecha de las elecciones, se vio forzado a explicar durante un mitin en Atlanta, Georgia, que no era nazi. Fue un descargo a comentarios de su exjefe de gabinete, John Kelly. El funcionario comentó en una entrevista que Trump dijo que Hitler había hecho “algunas cosas buenas”. Incluso que, después de consultar en un diccionario, el presidente encajaba “sin duda” en la definición de fascista.

En un artículo de France24 el 7 de marzo de 2025, la periodista Stéphanie Trouillard consultó al historiador Christopher Browning –entre otros– si encontraba paralelismos entre Trump y el führer. Una de las respuestas que le dio fue que “Hitler dio un golpe de Estado fallido, se enfrentó a un sistema judicial que no pudo o no quiso responsabilizarlo, y no fue expulsado a Austria como un delincuente indeseado”. Con lo que hubiera terminado su carrera política en Alemania.

Al compararlo con Trump, el historiador agregó que “dio un golpe de Estado fallido, no fue destituido (lo que habría puesto fin a su elegibilidad para postularse a la presidencia), sobrevivió a un poder judicial letárgico incapaz de responsabilizarlo por sus crímenes, revivió su carrera política con el apoyo del Partido Republicano, obtuvo la presidencia legalmente y ahora se ha embarcado en una ‘revolución legal’ para desmantelar y reformar el gobierno estadounidense”.

En EE.UU, donde el partido nazi existe y está constituido formalmente a diferencia de Alemania, su apoyo a Trump fue público y notorio. Su líder, Rocky Suhayda, declaró que la llegada al gobierno en 2017 del republicano era “una oportunidad real” para el supremacismo blanco. En términos parecidos lo apoyó el Ku Klux Klan.

El huevo de la serpiente regresó en su máxima expresión de totalitarismo global en Naciones Unidas, la inoperante organización fundada en 1945. Benjamín Netanyahu también estaba ahí para completar la escena, pero fue repudiado por muchas delegaciones que se retiraron de la Asamblea cuando se disponía a hablar.

Con Trump, su principal proveedor de armas para cometer el genocidio en Gaza, no pasó lo mismo.

Fuente: P12