Por Javier Franzé

La muerte de Diego Maradona ha generado polémica. Se critican las muestras de fervor popular hacia su figura. En particular, porque para algunos implicaría una suerte de complicidad con aspectos controvertidos de su vida privada (si es que la tuvo). Y, en general, porque muchos juzgan “excesiva” tal muestra de afecto, la que interpretan como síntoma de carencias (de “cultura”, de “madurez” cívica o de “éxito” de un país).

La identificación popular con Maradona en Argentina se puede fechar con bastante precisión. La admiración por su arte surge incluso antes de su debut en primera división, a días de cumplir 16 años (octubre 1976), y en la Selección Nacional (febrero 1977). Pero no sería consagrado definitivamente hasta el Mundial de 1986; más precisamente, en el partido contra Inglaterra, donde mostró las dos caras del potrero argentino: picardía e imaginación.

La picardía es una regla no escrita del potrero, aceptada por todos, continuación del engaño como corazón del juego: nadie se pelearía con el adversario ni exteriorizaría su queja por sufrir –por ejemplo– un gol con la mano, sino que el honor del pícaro y del equipo es devolver –si es posible, duplicado– el envite. Pelearse sería “llorar” y se llora en la iglesia, reza el código del potrero, no en la cancha. Por otra parte, el duelo con los ingleses no se vincula sólo con la guerra de Malvinas, una reducción habitual. Proviene también de la fundación misma del fútbol en Argentina, donde muchos equipos tienen nombre inglés. Ese origen histórico disparó el orgullo de desarrollar un estilo propio, antiguamente llamado “la nuestra” o “de toque”, basado en la destreza técnica a la que obligaba jugar en potreros, terrenos baldíos irregulares donde era muy difícil controlar la pelota (obsérvese cómo va saltando el balón en el segundo gol a los ingleses…). Pero, sobre todo, aquellos inicios generaron el reto de superar –más que vencer– con ese estilo propio a los maestros, a los que habían inventado el juego, menos hábiles y más potentes. Por eso el 14 de mayo es el día del futbolista en Argentina, pues se conmemora la primera vez que se derrotó a Inglaterra (1953), lo que se consiguió además con un tanto de gran factura técnica: el “gol imposible” –como tantos de Maradona– de Ernesto Grillo, un jugador muy representativo de “la nuestra”.

La identificación con Maradona ni siquiera proviene completamente de la obtención, merced a su excepcional actuación, del Mundial en México. El plus que vuelve inigualable su figura tiene al menos tres hitos.

Uno es el partido de octavos contra Brasil en el Mundial del ‘90, en el que jugó porque se infiltró aprovechando un descuido del médico para literalmente clavarse la inyección en su tobillo inflamado y endurecido por una patada en un partido previo. Brasil bailó a Argentina, que ganó de milagro gracias a una jugada típicamente maradoniana que acabó en gol de Caniggia, sobre el final del partido.

El segundo hito fue insultar a todo el estadio que, a su vez, abucheaba el himno argentino antes de la final contra Alemania en 1990. Y el tercero, llorar como un niño la derrota en esa final, siendo ya campeón del mundo y crack mundial indiscutido. Cabría agregar un hito más: cuando volvió a la Selección tras ser sancionado por dopaje en Italia y fue decisivo para que el equipo venciera en el repechaje a Australia y clasificara al Mundial ’94.

El plus de Maradona proviene de otro lugar. De su compromiso inclaudicable con la camiseta, con el equipo, con el juego y con sus compañeros

Maradona reunió lo que muy pocos jugadores en la historia del fútbol: talento y carácter. Los jugadores técnicos suelen ser “laguneros” (intermitentes, en el idioma futbolero) y temperamento suelen tener los carentes de talento. Pero el plus, insistimos, proviene de otro lugar: su compromiso inclaudicable con la camiseta, con el equipo, con el juego y con sus compañeros, propios y de la profesión. Maradona enseñó a patear tiros libres a Messi siendo técnico de la Selección en 2008… como lo había hecho un año antes con los jugadores de Deportivo Riestra, un club de barrio de tercera división, acudiendo él mismo al entrenamiento. Maradona fue a la casa de un compañero retirado para evitar que se suicidara, y animaba en las tribunas al equipo nacional de tenis, rugby o hockey como un hincha más. Todos sus compañeros subrayan que nunca tuvo un gesto de superioridad hacia ellos, ni en la cancha ni en el vestuario, sino que los alentaba como uno más.

Capitán y hermano, eso fue Maradona. Ahí radica todo el secreto, y es lo que lo vuelve único para tanta gente. ¿Cómo no va a identificarse un pueblo futbolero como el argentino (y muchos otros en el planeta), que sabe lo que es levantarse a las siete de la mañana un sábado o un domingo para ir a jugar bajo la lluvia con los amigos a canchas destartaladas? Maradona siguió haciendo en la cúspide lo que todos hacían a ras del suelo. Mantuvo el espíritu amateur, de amor desinteresado por el juego y por jugar, estando ya consagrado como el mejor del mundo. Quiso al fútbol y lo separó cuidadosamente de sus propios errores personales (“la pelota no se mancha”). Maradona no representó el poder viril avasallante, sino la fortaleza de espíritu que emerge inquebrantable de la debilidad, tan visible en él y que a menudo no ocultó.

Aun así, se podrá decir que estas cualidades que mostró a través del fútbol no exonera todo lo demás. Desde luego que no. Tampoco la literatura, ni la pintura, ni la música, ni los toros, ni la política, ni el dinero ni nada en este mundo, si se lo quiere mirar de frente, éticamente. Pero esa mirada dispensatoria está presupuesta más en el que juzga que en los que celebran. Nadie en Argentina, ni en ningún otro lado, está haciendo una apología sin matizaciones de Maradona. De hecho, el debate sobre esta problemática ha tomado estado público y los que lo quisieron bien suelen separar a “Diego” de “Maradona”. Además, hay muchas maneras de identificarse con los diversos Maradonas que se pueden construir, así como también muchas formas de rechazarlo. La condena sin paliativos recuerda a veces la reprobación ilustrada del consumo de televisión propia de los ’60/’70.

Los que juzgan a Maradona y a sus admiradores negativamente no están libres de la misma lógica de identificación, ni de las contradicciones que ésta entraña

Se dirá que hay rasgos de su vida que impiden toda celebración. Podría ser, pero ¿qué haríamos entonces con figuras como Louis-Ferdinand Céline, Pablo Picasso, Charles Chaplin, Martin Heidegger, Elvis Presley, Michael Foucault y un larguísimo etcétera? ¿No podríamos elogiar su arte porque su vida privada y/o pública no han sido inmaculadas? ¿Qué tipo de comprensión de lo humano presupone una evaluación así? ¿Estamos acaso buscando santos? Pero, ¿no era que no necesitábamos identificarnos con nada, que la pasión por otro resultaba excesiva, irracional, adolescente? Porque, además ¿quién nos asegura que el que juzga no tiene él mismo sus rasgos oscuros? ¿Por el solo hecho de ejercer esa crítica? ¿O se escuda en que su vida no ha sido retransmitida desde que es prácticamente un niño? Demasiada ventaja para tanta exigencia. Demasiado paternalismo para querer formar individuos racionales y autónomos. Dejemos la pedagogía para, en todo caso, los menores de edad. Confiemos democráticamente en la capacidad de juicio de los adultos. Debatamos todo con todos, pero en igualdad de condiciones, sin superioridad moral, ni prejuicios coloniales, ni de clase.

Maradona cumplió el deseo de muchísimos: jugar a la pelota como el mejor de todos. Tal hazaña involuntaria convierte en héroe al que la realiza. Pero a su pesar. No hay quien sortee indemne tal sacrificio. Porque fuimos todos nosotros, no sólo él, quienes sacrificamos a Diego para gozar de Maradona, como ayer sacrificamos a Jimmy para tener a Hendrix, a Miles para tener a Davis, a Edvard para alcanzar a Munch. Hagamos la cuenta completa. Dejemos al coaching eso de cargar los problemas sociales exclusivamente a los individuos.

La identificación con Maradona no es síntoma de una carencia colectiva, sino de la abundancia de admiración, respeto y agradecimiento por el máximo artista y capitán de un juego inigualable. Ni siquiera es porque nos hizo ganar, sino porque –se sabe– jugar ya es ganar. Celebrar el juego es también celebrar la fiesta colectiva en la sociedad de la contrición al trabajo sufriente, en su mayoría humillante y hueco, cuando no destructor de la subjetividad autónoma y creativa. Es también celebrar, en una época de abandono de los “perdedores” a su suerte, aquellas cosas felices que forjaron un nosotros. Quizá el problema es creer que no se necesita un nosotros.

El problema no es no comprender las identificaciones de otros, sino condenarlas como si entendiéramos todo. Los que juzgan a Maradona y a sus admiradores negativamente no están libres de la misma lógica de identificación, ni de las contradicciones que ésta entraña, ni de las presuntas falencias que la dispararían. Sólo que su objeto de amor es otro. Eso es lo que los hace humanos, demasiado humanos.

Fuente: CTXT

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