Por Martín Cúneo

El control de los ritmos de trabajo por parte de los algoritmos combina el uso más avanzado de la tecnología con prácticas y métodos que recuerdan a los sistemas de explotación laboral del siglo XIX y al vasallaje del Medioevo.

En el análisis de las economías de plataforma no han faltado quienes identifican una mezcla entre tecnología de vanguardia y prácticas decimonónicas o, incluso medievales, una especie de futurismo vintage que combina “utopías futuristas gobernadas por bits y robots” y “formas de explotación del trabajo que creíamos enterradas en el tiempo”, según la introducción del libro coral Cuando tu jefe es una app (Katakrak, 2020).

El trabajo a destajo en estas plataformas digitales tiene muchos elementos del sweat system (sistema de sudor) del siglo XIX en Inglaterra, donde buena parte de las malas condiciones laborales y de explotación se debían a la figura del intermediario. Al igual que entonces, muchas plataformas digitales se dedican a unir, en este caso a través de aplicaciones, a trabajadores, clientes y proveedores, y se quedan con un porcentaje de cada operación. Al igual que ahora, los subcontratistas del siglo XIX se enriquecían facturando como intermediarios entre los grandes almacenes y los trabajadores, encargándose de disciplinar y eximir de responsabilidad a los empresarios de las pésimas condiciones laborales, cuentan Pauline Barraud de Lagerie y Luc Sigalo Santos, dos de los autores de este libro.

El trabajo a destajo en estas plataformas digitales tiene muchos elementos del sweat system del siglo XIX, donde buena parte de las malas condiciones laborales se debían a la figura del intermediario

El economista y escritor Yanis Varoufakis va más lejos en sus comparaciones históricas y habla de una vuelta a las relaciones de dependencia y pleitesía entre señores y siervos en Tecnofeudalismo (Deusto, 2024), combinada con toques decimonónicos de trabajo a destajo y condiciones laborales que llevan a los trabajadores hasta los límites de resistencia física y mental.

La imagen de los trabajadores de Amazon, menciona en su trabajo, obligados a inspeccionar y escanear cientos de paquetes por hora, recuerda a Tiempos modernos, de Charles Chaplin, pero también a Metrópolis, de Fritz Lang, donde son máquinas las que se aseguran de que los trabajadores se muevan a un “ritmo inhumano, mecanizándoles sin piedad”.

 “Proletarios de la nube” es el nombre que Varoufakis da a los trabajadores a los que “los algoritmos llevan físicamente hasta el límite”. Estos algoritmos han sustituido a los gerentes y los jefes intermedios en los sectores del transporte, la mensajería y el almacenamiento y su influencia se extiende a cada vez más sectores, explica.

“Y los trabajadores obligados a trabajar para estos algoritmos se encuentran en una pesadilla moderna: una entidad no corpórea que no solo carece de empatía humana, sino que es incapaz de tenerla, les asigna trabajo al ritmo que quiere”. Libres de los escrúpulos que tienen hasta los “seres humanos inhumanos”, los algoritmos pueden reducir las horas pagadas, aumentar su ritmo hasta “niveles de locura” o echarles a la calle por ineficientes. 

“Y los trabajadores obligados a trabajar para estos algoritmos se encuentran en una pesadilla moderna: una entidad no corpórea que no solo carece de empatía humana, sino que es incapaz de tenerla”, escribe Varoufakis

Pero todas estas transformaciones no suponen para el ex ministro griego que se enfrentó al Banco Central Europeo el principal cambio que han traído los algoritmos. Al fin y al cabo, argumenta, este modelo de producción está haciendo lo que siempre ha hecho el gran capital “pero de una forma un poco más eficiente”. 

La “verdadera revolución”, explica Varoufakis, es lo que pasa en la otra cara de las nuevas empresas digitales, fuera de los lugares de trabajo. En las empresas tradicionales, como Exxon Mobil o General Motors, cuenta este economista, el 80% de los ingresos de la empresa se dedica a salarios. En las grandes empresas digitales, los trabajadores reciben menos del 1% de lo que gana la empresa. El resto, la mayor parte del trabajo necesario para hacer posible su modelo de negocio y “reproducir el capital en la nube”, es aportado de forma gratuita por miles de millones de usuarios a través de las aplicaciones que utilizan y del rastro que dejan en el mundo digital. Una posición que Varoufakis identifica con la de “siervos de la nube”.

Lo que quede de un mundo y una economía dominada por unas cuantas plataformas digitales ya no se podrá llamar capitalismo sino “tecnofeudalismo”, dice Varoufakis

Similar relación tienen las empresas más tradicionales con el señor feudal digital al que deben pagarles una tasa para poder utilizar sus servicios, imprescindibles para llegar a los consumidores finales, “en una relación que no difiere de la que tenían los vasallos con los señores feudales”. El vasallaje de Amazon a las empresas que quieren utilizar su algoritmo de venta va del 10% al 50% del precio final según el producto ofertado en la aplicación. Para el ex ministro de Finanzas griego, aquí reside el principal cambio: lo que quede de un mundo y una economía dominada por unas cuantas plataformas digitales —Google concentra el 90% de las búsquedas en Internet y Amazon acapara la mitad del comercio electrónico mundial— ya no se podrá llamar capitalismo sino “tecnofeudalismo”.

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