Por Flavia Tomaello

Las explosiones le marcaron el rumbo de Byung-Chul Han. Cuando en la Seúl de su niñez (nació en 1959) optó por desarmar radios y circuitos eléctricos, la tecnología empezaba a ser parte de su vida. Al elegir su destino universitario, optó por la metalurgia. Abandonó la carrera cuando provocó una explosión al experimentar con productos químicos en su casa que casi los dejó en la calle a él y a su familia.

A sus 26 años, otra vez revoleó todo por el aire, esta vez metafóricamente, y partió a Alemania. Había comprendido que la metalurgia no era lo suyo, que era un romántico amante de los libros. Para sus padres era impensable que cambiara de carrera porque para ellos la metalurgia ofrecía “posibilidades”. Les mintió escudándose en una experiencia de aprendizaje que profundizaría sus conocimientos, aunque no fue específico en qué. Como en una película de Kim Ki-duk, la imagen era algo bizarra: un coreano metalúrgico tratando de estudiar en la Universidad de Munich literatura, en lo posible romántica, sin saber alemán. “Aunque no lo crea, no me sentía como un idiota en ese momento –relata en diálogo exclusivo con LA NACION revista–. Mal me sentía antes. Cuando llegué a Alemania no sabía ni siquiera que la filosofía era algo posible en mi vida. Era (soy, en verdad) un romántico que quería estudiar literatura alemana pero para eso tenía que leerlo todo. Iba muy despacio. Me di cuenta de que para estudiar a los filósofos alemanes no necesitaba leer rápido. Me bastaba con avanzar de a cinco párrafos por día”.

A partir de allí, su recorrido explotó. Comenzó por estudiar literatura alemana y teología en la Universidad de Múnich, más tarde en la Universidad de Friburgo se doctoró en filosofía. Una disertación sobre Martin Heidegger lo llevó hasta el doctorado. Para inicios de siglo, en la Universidad de Basilea se convirtió en docente y diez años después se sumó como investigador de la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe. Allí se especializó en algunas áreas de interés que lo llevarían hasta la cima de la discusión de los temas profundos. Hoy es uno de los filósofos más innovadores y leídos de nuestro tiempo. Escarba con una extraña mezcla de ilusión y oscuro pesimismo cuestiones como la ética, la filosofía social, la fenomenología, la antropología cultural, la estética, la religión, la teoría de los medios, y la interculturalidad. Desde 2012, es profesor de estudios de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín (UdK).

Su mirada padeciente sobre el tránsito humano se esbozó en sus obras que, apenas editadas, se convirtieron en best-seller. La sociedad del cansancio (2012) y La sociedad de la transparencia (2013) unifican la idea del desinterés absoluto del sujeto contemporáneo sometido al mundo digital. No-cosas. Quiebras del mundo de hoy (2021) trabaja sobre una nueva forma de dominación donde lo que determina la riqueza es el acceso a la información, y no la posesión de objetos. Dos frases lo definen; “ya no necesitan doblegarte. Te convencieron para que te sometieras voluntariamente”. En su flamante libro Infocracia (Taurus), que acaba de publicarse, profundiza en la digitalización y la crisis de la democracia.

-Ha dicho que “la supervivencia se convertirá en un absoluto, como si viviéramos en un estado de guerra permanente”, una definición que parece haberse perfeccionado en la pandemia. ¿Cree que el cansancio de la sociedad se profundizó en este tiempo?

-La sociedad de supervivencia ha gastado todo el buen sentido para apreciar lo bueno de la vida. El positivismo hiperexacervado ha hecho insostenible la incertidumbre. El exceso de información signó la desesperanza de cuarentenas eternas y reconversión de un status quo que se retroalimentó (y aún lo hace) con la aparición de nuevas cepas. Pareciera que nos aferramos a este presente flojo de sentido. No dejamos partir al Covid. Nos aferramos al virus como si nos hubiera aportado un propósito.

-En este sentido, ¿supone que hay un juego alternado de ilusiones y desilusiones?

El Covid nos llenó de vacíos nuevos, aunque con preocupaciones alarmantes a las que este hombre contemporáneo se sube sin análisis, en parte arrastrado por la abulia creada por el hiperconsumismo y la hipertransparencia. Nos han impuestos monitoreos vigilantes, cuarentenas más acordes al juicio de la política que a argumentos de salud. Hitos que implicaron compromiso a las libertades como no vemos desde la Segunda Guerra Mundial. Se ha dinamitado cualquier esbozo de disfrute en pos de la salud, aunque en esa paradoja, todo lo anterior presupone una artillería debilitante a su constructor. El telón de fondo deja entrever una destrucción del tejido humano en pos del surgimiento de un miedo masivo que polariza el concepto de supervivencia, sometiéndolo a las realidades del mercado.

-¿A eso se refiere cuando sostiene que la muerte no es democrática?

-El Covid se convirtió en una luz negra que desnuda lo que a simple vista no se ve, pero alguien puso allí. La vulnerabilidad humana no es igualitaria o inclusiva. La mortandad depende del estatus social. La muerte nunca ha sido equitativa. La pandemia no ha cambiado las cosas, solo ha puesto sobre la mesa las inequidades sociales que revelan por qué unos enferman más que otros, algunos se mueren sin atención adecuada u otros aún no han recibido sus vacunas. Cientos de estudios científicos se han encargado de destacar cómo los afroamericanos casi que duplican los guarismos de mortalidad, gravedad o enfermedad frente a las poblaciones blancas de los Estados Unidos. Esto parece ser una novedad para las masas, pero es una realidad que conocemos. No nos sorprende, solo nos lo reconfirma. Los que tuvieron que trabajar a pesar de todo fueron, precisamente, aquellos habitantes de barrios suburbanos que no podían dejar sus puestos porque pertenecen a un grupo indocumentado o desplazado en la legalidad laboral.

Lo que no existe

El pensamiento de Byung-Chul Han se desgaja en una especie de fascículos-libros que en pocas páginas interpelan sobre los dilemas actuales, siempre bajo un microscopio que atraviesa las angustias del sistema capitalista neoliberal y su actual marco digital que preanuncia su desaparición. “Estamos obsesionados con los datos”, dice.

-¿Lo que creemos real pierde fronteras bajo la intangible virtualidad?

.Aún somos acumuladores, pero ahora de bits. Los objetos son pilares que nos brindan seguridad. Pero estos tiempos están enturbiados por la información y todos sus matices. Ya no se trata de aquello que sugiere el presentador de noticias o el titular del periódico. El lado oscuro de la información se introduce, incluso a través de las cosas, pero para convertirlas en no objetos. Por ejemplo, el smartphone ya no es una cosa. Es el canal propio en el que cada uno de nosotros recibe su propio bombardeo de informaciones que aletean como colibríes frente a nuestros sentidos, cohibiendo la capacidad de análisis. Este caudal de información es lo opuesto a cualquier objeto que puede sostener la tranquilidad humana. Nos invade de exitación constante. Nos convierte en adictos a recibir más, cada vez más nuevo, más inmediato. Los sucesos pasan al pasado más rápido que el tiempo. La hiperinconexión dinamitó nuestras dinámicas. El teletrabajo es muestra de ello. La arquitectura del día fue arrasada. Nuestros rituales perdieron estructuras. La pandemia ha acelerado este nuevo esquema donde la pérdida de forma zambulle a las personas en un mar líquido en el que los náufragos se debaten con la depresión.

-¿Cómo ha cambiado la cultura en la era global?

-Diferentes tiempos y continuidades coexisten en la hipercultura en un universo de mosaico. Los vínculos han emergido múltiples y lábiles. La superficialidad de la amistad es la base de la hiperculturalidad. Su misma carencia de reglas permite un impacto generalizado. Crea un máximo de solidaridad con un mínimo de interrelación. Tanto positivismo agota. No hay polarización de amigo versus enemigo, de adentro versus afuera, o de lo personal versus lo extraño, de lo real versus lo virtual. Las redes sociales parecen ser el escenario de la cultura contemporánea. En ese hiperespacio intentan evitar mensajes negativos de cualquier tipo al proporcionar solo ventanas estrechas para la interacción.

-Cuando habla del hiperespacio, ¿se refiere solo al mundo digital o la hipercultura también es evidente en otros lugares?

-El hiperespacio es un híbrido donde todo se entrecruza. Allí se han eliminado los parámetros culturales y geográficos. Es un ámbito con ausencia de distancia, lo que quita posibilidad de perspectiva. La hiperculturalidad es diferente de la multiculturalidad. Es superadora. Como diría [el filósofo francés Jean] Baudrillard, emerge un escenario más real que el real, la hiperrealidad. Las redes sociales no son un espacio de libertad; es uno que permite un control total. Ofrece a los usuarios una sensación de libertad más ligada al voyeurista que al actor. Contrariamente a lo que estábamos acostumbrados, el control se logra mediante la interconexión. Los reclusos confinados dejan paso a los usuarios que se creen libres.

-Ha dicho que la amistad es una nueva manera de emprendedurismo, ¿a qué se refiere?

Una reciente campaña de Burger King presentó el programa Whopper Sacrifice. Se invitó a las personas a eliminar diez amigos de Facebook para hacerse de una hamburguesa gratis. Fue un éxito porque lo que llamamos amistad en las redes es tan poco valioso como un atado de carne de comida rápida. Los individuos son microemprendedores que evalúan sus acciones a partir del rédito que pueden obtener. Incluso la amistad debe ser rentable. Las redes sociales no son un espacio amistoso, desde una visión económica son ámbitos de explotación.

-¿Qué tipo de intercambio producen estas amistades?

Los amigos son los clientes de esta era, por lo que ganar nuevos es ampliar la cartera. El incremento de seguidores fortalece la sensación narcisista del yo. Internet es un espacio autoreferencial donde se trata de circular el ser uno mismo. Más de lo que ya busqué, más de lo que quiero leer, más gente que piensa como yo. No existe el desafío del otro. El espacio virtual es un infierno de monotonía.

-¿Usted cree que la serie El juego del calamar es premonitoria a su lectura de la digitalización?

-Es un camino. La digitalización nos lleva a un nuevo concepto de Homo: el Homo udens, atrapado por el juego más que por el trabajo. Las redes sociales y los videojuegos vienen incorporando prácticas que se suponen lúdicas e inocentes, pero que refuerzan la adicción de los usuarios. Una condición que se exacerba en los niños. Ya nos rodean monedas sin respaldo, la datasexualidad, experiencias de comunidades totalmente en línea e internet de las cosas. Todo supone una alerta de vigilancia continua que reúne información permanente de nosotros, pero que ahora no se guarece solo en ello. También nos predice qué deseamos. La alarma del modelo es su pretendida libertad. Elegimos que el smartphone o el smartwatch nos indique cuán bien dormimos o cuántos pasos damos, pero en verdad nos somete al dictado de la cantidad correcta. La resistencia nace de la opresión. La digitalización esconde su esencia represora detrás de un rostro seductor. La dominación se transforma en exitosa al disfrazarse de libertad. Nos somete a mostrarnos tal cual somos, mientras nos homogeneiza. Estamos arribando al infierno de ser todos iguales.

Fuente: La Nación

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *