Por Jorge Alemán

Se sabe que en las redes el insulto se ha vuelto gratis. Muchísimxs usuarixs se permiten, con la trampa del seudónimo o sin él, insultar a su eventual autor de un modo hiriente y obsceno, a veces sin saber qué se está rebatiendo o haciéndolo de un modo tan vago y genérico que ya no se trata de una respuesta. Más bien el insulto es algo que yacía y permanecía en espera hasta encontrar a su destinatario. Como si estuviera desde antes, esperando al autor del texto, para excretar el odio. Para transformar al autor en un objeto sobre el que se ejerce un sadismo de baja intensidad.

Obviamente no me refiero aquí al que responde desde sus propios argumentos y formula una diferencia crítica. En este caso, el que actúa así no suele apelar al insulto.

Este funcionamiento en redes, es una nueva modalidad de la pulsión destructiva y la agresividad más primaria, donde el otro es un mero recipiente del odio.

Este odio va in crescendo porque el ejecutor del odio es un consumidor-consumido. Cada vez necesita repetir su gesto insultante porque siempre falta un plus para quedar satisfecho del todo.

Por ello su odio exige una práctica permanente, exige textos donde depositar la excrecencia al modo de una firma.

La sabiduría social recomienda no prestar atención a la presencia sistemática de humores resentidos en el funcionamiento de las redes.

Sin embargo, es un síntoma de época que merece ser atendido. Podrían ​argüirse las graves situaciones de la realidad: hambre, precios, inflación, impotencia o la complicidad de los gobernantes en la situación, etc. Sin embargo en muchos casos, estas lamentables situaciones, funcionan más que como causas, como los pretextos que habilitan al insulto.

No se trata de los célebres trolls, ni del ataque de las derechas, sino de un mundo aparentemente progresista o peronista o nacional-popular el que ahora aparece encarnando, en diferentes estilos, con una nueva modalidad: el insulto personal justificado ideológicamente.

¿Debemos ser indiferentes y naturalizar la violencia simbólica en las redes como si la misma no tuviera consecuencias?

¿No intervienen estos ejercicios retóricos del rencor en las construcciones ideológicas de quienes los ejercen?

¿Esta presencia del insulto al otro, con el pretexto de expresar una diferencia, no es una emergencia de la «vida fascista» en el corazón de la vida cotidiana?

¿Se puede pertenecer a un campo ideológico transformador si se usa un modo de denigrar a los otros tal que vuelve evidente el deseo de dañar?

Este goce en la crueldad es una sublimación simbólica de la violencia de la opresión, camuflada bajo el modo de un debate intenso que culmina, en muchas ocasiones, con la » eliminación» digital del contrincante.

Hay que insistir en que no se trata ni de los saludables debates, ni de las necesarias confrontaciones apasionadas.

Sino del agazapado insultador serial que da testimonio de cómo en el capitalismo, los vínculos sociales tienden a erosionarse incluso, a través de aquellos que serían críticos con las injusticias de la realidad social.

Sin embargo, hacen parte de la voluntad destructiva del capital. Constituyen un modo de captar el nombre del que se insulta y despojarlo de su dignidad simbólica para usarlo como un medio de goce.

Fuente: P12

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