Por Juan Ignacio Provéndola

Todo un fin de semana de atención al Cosquín Rock de esta nueva era (el primero en pandemia), con una grilla súper amplia más el cierre de La Mona Jiménez como ariete de la convergencia intergeneracional y sarasa, para que al final el protagonismo se lo termine quedando… ¿Patricia Bullrich? Ni Capusotto se hubiese animado a tanto.

La mayoría de las decenas de miles de personas que fueron a la edición número 21 del festival más importante en la historia del rock argentino probablemente se enteraron del asunto ya fuera del predio del Aeroclub de Santa María de Punilla, a pesar de que la ex ministra de Mauricio Macri y de Fernando De la Rúa -¡qué méritos!- se hizo presente en la segunda y última jornada, con todo el estruendo posible.

¿Qué hacía en un festival de rock la representante más a la derecha de la coalición más a la derecha del mainstream político argentino? Sus fanáticos, sus seguidores y sus votantes responderán que «fue porque podía, porque tenía derecho, porque nadie podía impedírselo». Y están en lo cierto, claro que sí. Pero… ¿qué tiene que ver Bullrich con esa cultura cuyo imaginario está en las antípodas de lo que evoca esta férrea defensora de la mano dura y la represión estatal, entre otros talentos?

► Honores castrenses y empresas estatales

En la tarde de la última jornada del CR22, Bullrich entró al predio del festival a toda orquesta, rodeada por un séquito liderado por la diputada cordobesa Laura Rodríguez Machado, vice segunda del PRO a nivel nacional y quien habría oficiado de intermediaria para que esta distopía fuera posible. Ya lo primero que ocurrió fue curioso: empleados de seguridad se pusieron en fila para saludarla, como si aún fuera ministra de Seguridad. Algo parecido sucedió el verano pasado en Villa Gesell, cuando la presidenta del PRO fue a un bar y policías del Operativo Sol le concedieron la misma venia.

Entre honores, la ex ministra de Seguridad macrista fue escoltada por José Palazzo, el organizador del Cosquín Rock. Y gozó de un trato preferencial: recorrió gran parte del predio, sus partes públicas y privadas, hasta acabar en una especie de coqueto chiringuito VIP donde se la vio conversando con Machado y Palazzo. Los tres lucen distendidos según una de las tantas fotos que fueron especialmente difundidas.

Pero la imagen que más resonó es ésa en la que Bullrich se coloca una remera del merchandising oficial del festival, con el logo por los 100 años de YPF, main sponsor del Cosquín. Justo ella, funcionaria de los dos gobiernos que más torpedearon las empresas, los servicios y las estructuras estatales. En la foto, Patricia ríe, no sabemos si por felicidad, picardía o cinismo. Lo mismo pasa con Palazzo, a sus espaldas.

Aunque organice un festival de rock, Palazzo no es un mesías ni un faro moral. Ni está obligado a serlo, ni nadie tampoco se lo exige. Es simplemente un empresario con capital para llevar adelante el Cosquín Rock, sin dudas un emprendimiento titánico, valioso y respetable. Pero, como todo productor, tiene claro para qué equipo jugar: el que le permita ganar más. Porque por debajo del artistario y el márketing para el usufructo de la simbología rockera están el lobby y los piolines que hay que jalar para asegurarse que el evento pueda desarrollarse con todas las autorizaciones pertinentes, sin problemas. ¿Por qué entonces decidió ganarse gratis este dolor de cabeza? Él lo sabrá.

► Represión, ajuste, xenofobia: eso no es rock

A esta altura ya sabemos que el rock no asusta a nadie. Tras décadas y décadas de ejercicio, sobrevivió al precio de ser pasteurizado, bajo en calorías. Pero, así y todo, aún sigue siendo producido y consumido a una escala considerable. Y, mal que les pese a muchos, perdura como trinchera de utopías e ilusiones.

Dos interrogantes integran entonces el mismo debate: por un lado, si el rock debe ser necesariamente progresista; y sobre eso, si puede ser de derecha. El deber y el poder parecen definir su suerte por penales en cada episodio como éste.

Dentro de la fauna cambiemita, Patricia Bullrich es de sus especímenes más deleznables y vergonzantes. Su propia enunciación denota lo peor del espíritu: ahí donde suenan la primeras cacerolas, está ella para asumir la vocería política de los que piden más balas, o menos barbijos, o más presos, o menos soberanía: «Podríamos haberle dado las Malvinas a Pfizer», fue uno de sus grandes hits en cuarentena. Una versión exagerada de la que fue cuando estuvo en la gestión De la Rúa, donde solo se limitó a militar y accionar el ajuste estatal. El problema es que a eso, luego, le sumo su vehemencia por la represión. Mal viaje el de la Pato.

Porque cuando le tocó la responsabilidad de abandonar la protesta de vereda para tomar decisiones, en el gobierno de Macri habilitó el uso de armas y balas para disuadir protestas sociales, la mayoría dominada por jóvenes (y padecida por los mismos, tales los ejemplos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel). La medida fue cuestionada por medios del extranjero, ademas de sus comentarios xenófobos sobre la inmigración de paraguayos y bolivianos que mereció denuncias en un hoy alicaído INADI.

► Pato la espantapibes

Todo esto no puede menos que hacer ruido en un festival como el Cosquín Rock, que no es otra cosa que un punto de encuentro de pibes. Encuentro y dispersión en un ámbito de libertades que no son las que Bullrich precisamente pregona. Su presencia estelar luce totalmente disfuncional y deja un mensaje horrible, justo en el momento donde ella teje lazos con Javier Milei para alimentar una posible alianza (y el shippeo entre ambos, por qué no).

Está claro que comenzó su propia campaña de cara a las elecciones presidenciales de 2023 -ése fue el propósito de su visita, no otro- y por eso fue acompañada de su gente de audiovisuales y redes, quienes le confeccionaron un cuidadito video en el que se la ve con algún que otro pibe que le pide selfies.

En uno de los videos que circularon en redes sociales, Bullrich aparece al costado del escenario mientras Airbag hace una versión de La balada del diablo y la muerte. La canción, sabemos, es de La Renga, que fue el primer grupo masivo que se puso al hombro el reclamo de justicia por lo que le pasó a Maldonado en esa cacería alienante que Gendarmería hizo sobre la Ruta 40, y que la entonces ministra aplaudió.

La Renga fue de los pocos artistas que levantaron bien alto su voz en ese entonces. En Cosquín, en cambio, la visita de Bullrich (que no es funcionaria pero fue tratada como tal) pasó inadvertida para todos los artistas, incluso los que se jactan de ser más progres. Quizás prefirieron cuidar su quintita comercial, o quizás no se enteraron de la presencia. No hay que ser tan desconfiado. ¿O sí?

Después se preguntan por qué las nuevas juventudes vadean hacia otras expresiones musicales. Acá, quizás, tengan alguna respuesta.

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