Por Santiago Rey

La música llega del otro lado del portón, del otro lado del alambre de púa, del otro lado, donde están unas treinta personas, ataviadas a lo gaucho, sus bombachas camperas, sus boinas sureras al tono, el gesto adusto, las manos en la cintura quebrada, una rodilla apenas doblada, algunas alpargatas. Más atrás, otros diez gauchos a caballo se mueven en ronda, levantan un polvo marrón que flota en el aire sostenido por la falta de viento, por los casi 30 grados. Una gran bandera argentina y unas pocas sillas sobre el camino son el único mobiliario. Algunas mujeres reparten botellitas de agua a los integrantes de la compañía que pone en escena esa obra que, si alguien conociese un poco de historia, exitosamente podría llamar “No pasarán”.

El portón de barrotes gruesos y negros, cierra el paso en el inicio del camino más corto y accesible al lago Escondido. Ciento veinte policías a un lado y otro del portón completan la escena. Los alambres de púa son un adorno ad hoc, una recarga chic en el montaje de los defensores de la propiedad privada.

El camino se llama Tacuifí, y nace en el paraje El Foyel, unos 75 kilómetros al sur de Bariloche. Palabra en mapudungum, lengua mapuche, Tacuifi puede traducirse como “tanto tiempo”. Hace tanto tiempo -digamos nueve años desde que lo determinó el Superior Tribunal, digamos seis meses desde último fallo ratificatorio- la Justicia decidió que el Estado de la Provincia de Río Negro y la empresa privada Hidden Lake que administra la estancia Lago Escondido debían abrir el camino Tacuifí. Hacerlo transitable: ensancharlo un poco, levantar algún puente pequeño sobre un riacho, obras menores.

Fue hace tanto tiempo y sin embargo este 31 de enero de 2023, de este lado del portón y del alambre de púa, unas mil personas ataviadas con remeras y pecheras de gremios, organizaciones, partidos políticos gritan y cantan y saltan y piden que los fallos se cumplan, que el camino se abra. Se agarran de los barrotes del portón, vendepatria gritan a los gauchos, cuánto te pagan por defender a un gringo gritan, traidor gritan, el que no salta es un inglés cantan. Del otro lado las miradas fijas, alguna sonrisa burlona, celulares que filman a los manifestantes.

La escena recuerda a los perros que alambre de por medio se ladran y muestran los dientes amenazantes, que en un baile espejado corren al borde del tejido metálico que los separa, que babean promesas de mordiscos de sangre. No son tan distintos los dos perros que parecen dispuestos a matarse. En este caso el objeto de la disputa no es sólo el camino, la libertad de transitar esa vía de acceso al lago. Se disputan la propiedad de la argentinidad. A un lado y otro del portón exhiben los rasgos de su indisimulable pertenencia argenta, la creen más genuina y enraizada que la de su oponente. Las alpargatas, la faca a la cintura, la posesión de la tierra, la boina, de un lado; la soberanía, la historia nacional, la organización popular, el reclamo por Malvinas, del otro.

Las casi mil personas que se movilizaron y que durante estos últimos tres días manifestaron en Bariloche, en la Patagonia en disputa, visibilizan que Joe Lewis, uno de los hombres más ricos del mundo, no permite el ingreso al lago Escondido. Que las 12 mil hectáreas que Lewis compró de manera fraudulenta y que rodean el espejo de agua se convirtieron en un enclave inexpugnable, que no rigen allí las leyes argentinas.

Argentina, justamente Argentina. Ar-gen-ti-na gritan de este lado del portón; cantan el himno en tono futbolero de este lado del portón. O juremos con gloria morir. Una enorme bandera celeste y blanca los observa del otro lado.

Del otro lado y a través del parlante un locutor ágrafo insulta a los de este lado del portón: vagos les dice, los acusa de venir de lejos, de no ser patagónicos, de haber cobrado por participar de la movilización. Habla -mal- de kirchnerismo, de chavismo, de pésimos gobiernos. Saca cuentas: gobernaron 15 de los últimos 19 años, dice, asumiendo que de este lado del portón hay una sola identidad política. Putea el locutor ágrafo. Provoca. Nadie responde.

Algo de tensión, un poco de sobreactuación, convicciones genuinas sobre lo que se defiende, a un lado y otro del portón.

Luego de 45 minutos de manifestación, la columna que en su colorido contrasta con la tierra fina y amarronada y con el calor gris que levanta el pavimento de la ruta 40, comienza a retirarse. Cumplió con el objetivo de volver a mostrar a los ojos nacionales la inequidad del cierre del acceso al lago. Los casi mil desandan el camino hacia los colectivos y los autos que los devolverán a Bariloche.

Quedan dos parejas, que antes de la retirada se ponen a bailar una chacarera. Del parlante que minutos antes insultaba, nace ahora el compás 6/8 de canciones santiagueñas, tan de tierra adentro, de tanta argentinidad. Bailan, improvisan pañuelos, conocen los pasos, avance y retroceso, giro y vuelta entera, zapateo y zarandeo, de fondo la hilera de ciento veinte policías y el portón.

Bienintencionado, convencido, un treintañero dice “nos apropiamos de la música que pusieron y la bailamos”. Lo cierto es que por ahora se baila al ritmo de la música que pone Lewis.

Fuente: EES

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