Greg Grandin

Henry Kissinger debería haber caído con todos los demás: Haldeman, Ehrlichman, Mitchell, Dean y Nixon. Sus huellas estaban por todas partes en el caso Watergate. Sin embargo, sobrevivió, en gran medida gracias a su juego con la prensa.

Hasta 1968, Kissinger había sido un republicano de Nelson Rockefeller, aunque había figurado también como asesor del Departamento de Estado en la administración Johnson. Según los periodistas Marvin y Bernard Kalb, Kissinger se quedó atónito cuando Richard Nixon derrotó a Rockefeller en las primarias. «Lloró» es lo que escribieron. Kissinger creía que Nixon era «el más peligroso, de todos los hombres que se presentaban para tenerlo como Presidente».

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que Kissinger abriera un canal secreto con la gente de Nixon, ofreciéndose a utilizar sus contactos en la Casa Blanca de Johnson para filtrar información sobre las conversaciones de paz con Vietnam del Norte. Siendo todavía profesor de Harvard, trataba directamente con el asesor de política exterior de Nixon, Richard V. Allen, el cual, en una una entrevista concedida al Miller Center de la Universidad de Virginia, declaró que Kissinger se ofreció, «por su cuenta», a pasar la información que había recibido de un ayudante que asistía a las conversaciones de paz [en París]. Allen describió a Kissinger como una persona de intrigas y misterios que le llamaba desde teléfonos públicos y hablaba en alemán para informarle de lo que había ocurrido durante las conversaciones.

A finales de octubre, Kissinger le contó a la campaña de Nixon: «Están abriendo el champán en París». Horas después, el presidente Johnson suspendió los bombardeos. Un acuerdo de paz podría haber impulsado a Hubert Humphrey [candidato demócrata en las elecciones presidenciales de 1968], que se acercaba a Nixon en las encuestas, en el camino a la cima. La gente de Nixon actuó con rapidez: instaron a los sudvietnamitas a desbaratar las conversaciones.

A través de escuchas telefónicas e interceptaciones, el presidente Johnson se enteró de que la campaña de Nixon le estaba diciendo a los survietnamitas «que aguantaran hasta después de las elecciones». Si la Casa Blanca hubiera hecho pública esta información, la indignación también podría haber decantado las elecciones hacia Humphrey. Pero Johnson dudó. “Esto es traición”, afirmó, tal como se cita en el excelente libro de Ken Hughes, Chasing Shadows: The Nixon Tapes, the Chennault Affair, and the Origins of Watergate. «Sacudiría el mundo».

Johnson guardó silencio. Ganó Nixon. La guerra continuó.

Esa Sorpresa de Octubre inició una cadena de acontecimientos que llevarían a la caída de Nixon.

Kissinger, que había sido nombrado consejero de seguridad nacional, le aconsejó a Nixon que ordenara el bombardeo de Camboya a fin de presionar a Hanoi para que volviera a la mesa de negociaciones. Nixon y Kissinger estaban desesperados por reanudar las conversaciones que habían ayudado a sabotear, y su desesperación se manifestó en su ferocidad. «‘Salvaje’ era una palabra que se utilizaba una y otra vez» al hablar de lo que había que hacer en el Sudeste Asiático, tal como recuerda uno de los ayudantes de Kissinger. Bombardear Camboya (un país con el que Estados Unidos no estaba en guerra), algo que acabaría quebrantando el país y provocando el ascenso de los Jemeres Rojos, era ilegal. De manera que tuvo que hacerse en secreto. La presión por mantenerlo en secreto extendió la paranoia dentro de la administración, lo que llevó a Kissinger y Nixon a pedirle a J. Edgar Hoover que interviniera los teléfonos de funcionarios de la administración. La filtración de los Papeles del Pentágono por parte de Daniel Ellsberg consiguió que Kissinger entrara en pánico. Temía que, dado que Ellsberg tenía acceso a los papeles, también pudiera saber lo que Kissinger estaba haciendo en Camboya.

El lunes, 14 de junio de 1971 -el día después de que The New York Times publicara su primera historia sobre los Papeles del Pentágono- Kissinger explotó, gritando: «Esto destruirá totalmente la credibilidad estadounidense para siempre…Destruirá nuestra capacidad de dirigir la política exterior con confianza…Ningún gobierno extranjero volverá a confiar en nosotros».

«Sin el estímulo de Henry», escribió John Ehrlichman en sus memorias, Witness to Power, «el presidente y el resto de nosotros podríamos haber llegado a la conclusión de que los papeles eran un problema de Lyndon Johnson, no nuestro». Kissinger «avivó la llama de Richard Nixon hasta ponerla al rojo vivo».

¿Por qué? Kissinger acababa de iniciar negociaciones con China para restablecer relaciones y temía que el escándalo pudiera sabotear esas conversaciones.

Aprovechando su actuación para avivar los resentimientos de Nixon, describió a Ellsberg como alguien inteligente, subversivo, promiscuo, perverso… y privilegiado: «Ahora se ha casado con una chica muy rica», le comentó Kissinger a Nixon.

“Empezaron a ponerse a tono mutuamente», recordaba Bob Haldeman (citado en la biografía de Kissinger escrita por Walter Isaacson), «hasta que ambos acabaron frenéticos».

Si Ellsberg salía indemne, le dijo Kissinger a Nixon, «eso demostraría que es usted débil, señor Presidente», lo que impulsó a Nixon a crear los Fontaneros, la unidad clandestina que llevó a cabo escuchas y robos, incluso en la sede del Comité Nacional Demócrata en el complejo Watergate.

Seymour Hersh, Bob Woodward y Carl Bernstein publicaron artículos en los que acusaban a Kissinger de la primera ronda de escuchas telefónicas ilegales organizadas por la Casa Blanca en la primavera de 1969 para mantener en secreto su bombardeo de Camboya.

Cuando aterrizó en Austria de camino a Oriente Medio, en junio de 1974, y descubrió que la prensa había publicado más artículos y editoriales poco favorecedores sobre él, Kissinger celebró una improvisada conferencia de prensa y amenazó con dimitir. Fue, según todos los indicios, un giro audaz. «Cuando se escriba la historia», declaró, al borde de las lágrimas, «quizá se recuerde que se salvaron algunas vidas y que algunas madres pueden estar más tranquilas, pero eso se lo dejo a la historia. Lo que no dejaré para la historia es que se discuta mi honor público».

La táctica funcionó. Parecía «totalmente auténtico», afirmó efusivamente la revista New York. Como si retrocedieran ante su propia tenacidad repentina al sacar a la luz los crímenes de Nixon, periodistas y presentadores de noticias se unieron en torno a Kissinger. Mientras el resto de la Casa Blanca se revelaba como un puñado de matones de pacotilla, Kissinger seguía siendo alguien en quien podían creer los Estados Unidos. «Estábamos medio convencidos de que nada superaba la capacidad de este hombre extraordinario», afirmó Ted Koppel, de ABC News, en un documental de 1974 en el que describía a Kissinger como «el hombre más admirado de los Estados Unidos». Era, añadía Koppel, «lo mejor que tenemos a nuestro favor».

Ahora sabemos mucho más sobre los demás crímenes de Kissinger, el inmenso sufrimiento que causó durante sus años en cargos públicos. Dio luz verde a golpes de Estado y permitió genocidios. Dijo a los dictadores que mataran y torturaran con rapidez, vendió a los kurdos, y dirigió la chapucera operación de secuestro del general chileno René Schneider (con la esperanza de entorpecer la toma de posesión del presidente Salvador Allende), que acabó con el asesinato de Schneider. Su giro hacia Oriente Medio tras la guerra de Vietnam sumió a la región en el caos y preparó el terreno para crisis que siguen afligiendo a la humanidad.

Poco sabemos, sin embargo, de lo que vino después, durante sus cuatro décadas de trabajo con Kissinger Associates. La «lista de clientes» de la empresa ha sido uno de los documentos más buscados en Washington, por lo menos desde 1989, cuando el senador Jesse Helms exigió sin éxito verla antes de considerar la confirmación de Lawrence Eagleburger (protegido de Kissinger y empleado de Kissinger Associates) como subsecretario de Estado. Más tarde, Kissinger dimitió como presidente de la Comisión del 11-S para no tener que tener que entregar la lista para su examen público.

Kissinger Associates fue uno de los primeros participantes en la ola de privatizaciones que tuvo lugar tras el final de la Guerra Fría en la antigua Unión Soviética, Europa del Este y América Latina, ayudando a crear una nueva clase oligárquica internacional. Kissinger recurrió a  los contactos que hizo como funcionario público para fundar una de las empresas más lucrativas del mundo. Más tarde, habiendo escapado a la mancha del Watergate, utilizó su reputación de sabio de la política exterior para influir en el debate público, en beneficio, podemos suponer, de sus clientes. Kissinger fue un entusiasta defensor de las dos guerras del Golfo y trabajó estrechamente con el presidente Clinton para impulsar el TLCAN en el Congreso.

El bufete también hizo caja con las medidas políticas puestas en marcha por Kissinger. En 1975, como Secretario de Estado, Kissinger ayudó a Union Carbide a establecer su planta química en Bhopal, colaborando con el gobierno indio y recabando fondos de los Estados Unidos. Tras la catástrofe de 1984 de la fuga química en la planta, Kissinger Associates representó a Union Carbide, negociando un mísero acuerdo extrajudicial para las víctimas de la fuga, que causó de inmediato casi 4.000 muertos y expuso a otro medio millón de personas a gases tóxicos.

Hace unos años, Kissinger donó a Yale sus documentos públicos a bombo y platillo. Pero nunca conoceremos la mayor parte de lo que ha ido haciendo su empresa en Rusia, China, India, Oriente Medio y otros lugares. Se llevará consigo esos secretos cuando desaparezca.

The Nation, 15 de mayo de 2023

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Sobre Nixon, Kissinger y Chile

Noam Chomsky

Henry Kissinger afirmó en su panegírico: «El mundo es un lugar mejor, un lugar más seguro, gracias a Richard Nixon». Seguro que pensaba en Laos, Camboya y Vietnam. Pero centrémonos en un lugar que no se ha mencionado en todo el alboroto mediático -Chile- y veamos por qué es un «lugar mejor y más seguro». A principios de septiembre de 1970, Salvador Allende fue elegido presidente de Chile en unas elecciones democráticas.

¿Cuál era su política?

Era básicamente un socialdemócrata, muy del tipo europeo. Perseguía una pequeña redistribución de la riqueza para ayudar a los pobres (Chile era una sociedad muy desigual). Allende era médico, y una de las cosas que hizo fue instituir un programa de leche gratuita para medio millón de niños muy pobres y desnutridos. Trataba de nacionalizar industrias importantes, como la minería del cobre, y una política de independencia internacional, es decir, que Chile no quedara subordinado simplemente a los Estados Unidos, sino que tomara una vía más independiente.

¿Fueron libres y democráticas las elecciones que ganó?

No del todo, porque hubo grandes intentos de perturbarlas, principalmente por parte de los Estados Unidos. No era la primera vez que los Estados Unidos hacían algo semejante. Así, por ejemplo, nuestro gobierno intervino masivamente para impedir que Allende ganara las elecciones anteriores, en 1964. De hecho, cuando el Comité Church [del Senado norteamericano] realizó una investigación años más tarde, descubrió que los EE.UU. gastaron más dinero per cápita para conseguir que el candidato al que favorecía fuera elegido en Chile en 1964 ¡de lo que gastaron los dos candidatos (Johnson y Goldwater) en las elecciones de 1964 en los EE.UU.!

En 1970 se adoptaron medidas similares para tratar de impedir unas elecciones libres y democráticas. Hubo una gran cantidad de propaganda sucia sobre cómo, si Allende ganaba, las madres enviarían a sus hijos a Rusia para que los esclavizaran, cosas por el estilo. Los Estados Unidos amenazaron también con destruir la economía, algo que estaba en su mano hacer, y que de hecho hicieron.

Sin embargo, ganó Allende. Pocos días después de su victoria, Nixon convocó al director de la CIA, Richard Helms, a Kissinger y a otros para una reunión sobre Chile. ¿Puede describir lo que ocurrió?

Tal como Helms relató en sus notas, había dos puntos de vista. La «línea blanda» consistía, en palabras de Nixon, «hacer chirriar la economía». La «línea dura» consistía sencillamente en apuntar a un golpe militar.

Nuestro embajador en Chile, Edward Korry, que era del género de liberal a lo Kennedy, recibió el encargo de llevar a la práctica la «línea blanda». Así es como describió su tarea: «hacer todo lo que esté a nuestro alcance para condenar a Chile y a los chilenos a la mayor privación y pobreza». Esa era la línea blanda.

Hubo una campaña masiva de desestabilización y desinformación. La CIA sembró de noticias El Mercurio [el periódico más importante de Chile] y fomentó el malestar laboral y las huelgas.

En este caso sí que se emplearon a fondo. Más tarde, cuando finalmente se produjo el golpe militar [en septiembre de 1973] y el gobierno fue derrocado -y miles de personas fueron encarceladas, torturadas y masacradas-, la ayuda económica que había sido cancelada empezó a fluir de nuevo de inmediato. Como recompensa por el logro de la junta militar de revertir la democracia chilena, los Estados Unidos prestaron un apoyo masivo al nuevo gobierno.

Nuestro embajador en Chile le planteó a Kissinger la cuestión de la tortura. Kissinger le reprendió duramente, comentando algo así como: “No me venga con clases de ciencias políticas. No nos importa la tortura, nos importan las cosas importantes”. Luego le explicó qué cosas importantes eran esas.

Kissinger afirmó que le preocupaba que fuera contagioso el éxito de la socialdemocracia en Chile. Contagiaría al sur de Europa -el sur de Italia, por ejemplo- y llevaría al posible éxito de lo que entonces se llamaba eurocomunismo (lo que significaba que los partidos comunistas se unirían a los socialdemócratas en un frente unido).

En realidad, el Kremlin se oponía al eurocomunismo tanto como Kissinger, pero esto da una idea muy clara de lo que es la Teoría del Dominó. Ni siquiera Kissinger, por enloquecido que esté, se creía que los ejércitos de Chile fueran a marchar sobre Roma. No iba a ser ese tipo de influencia. Le preocupaba que un desarrollo económico exitoso, en el que la economía produce beneficios para la población en general – y no sólo ganancias para las corporaciones privadas- tuviera un efecto contagioso.

Con esos comentarios, Kissinger pone en evidencia la historia fundamental de la política exterior norteamericana a lo largo de decenas de años.

Ese patrón se repitió en Nicaragua en la década de 1980

En todas partes. Lo mismo ocurrió en Vietnam, en Cuba, en Guatemala, en Grecia. Esa es siempre la preocupación: la amenaza de un buen ejemplo.

Kissinger también dijo, de nuevo hablando de Chile: «No veo por qué deberíamos quedarnos de brazos cruzados y dejar que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propia gente».

Como decía The Economist, deberíamos asegurarnos de que las medidas políticas queden aisladas de la política. Si la gente es irresponsable, hay que sacarla del sistema.

En los últimos años, la prensa se ha hecho eco de la tasa de crecimiento económico de Chile

La economía chilena no va mal, pero se basa casi por completo en las exportaciones -frutas, cobre, etc.- y resulta, por tanto, muy vulnerable a los mercados mundiales.

Ayer había un par de noticias realmente divertidas. El New York Times publicaba una sobre cómo todo el mundo en Chile está tan contento y satisfecho con el sistema político que nadie le presta demasiada atención a las próximas elecciones.

Pero el Financial Times de Londres (que es el diario de negocios más influyente del mundo, y un medio difícilmente radical) tomaba exactamente la perspectiva opuesta. Citaba encuestas que mostraban que el 75% de la población estaba muy «descontenta» con el sistema político (que no permite ninguna opción).

En efecto, hay apatía ante las elecciones, pero eso es un reflejo de la descomposición de la estructura social de Chile. Chile fue una sociedad muy vibrante, viva y democrática durante muchos, muchos años, hasta principios de la década de 1970. Después, el reinado de terror fascista la despolitizó. El desmoronamiento de las relaciones sociales es bastante notable. La gente se las arregla sola y trata de valerse por sí misma. El repliegue sobre el individualismo y el beneficio personal es la base de la apatía política.

Nathaniel Nash es quien escribió el reportaje del New York Times sobre Chile. Afirmaba que muchos chilenos tienen recuerdos dolorosos de los encendidos discursos de Salvador Allende, que condujeron al golpe de Estado en el que murieron miles de personas [incluido Allende]. Nótese que no tienen recuerdos dolorosos de la tortura, del terror fascista, sólo de los discursos de Allende como candidato popular.

Chomsky.info, fragmento de «Secrets, Lies and Democracy», 1994.

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Noam Chomsky no ha perdido su rabia. Entrevista [sobre Kissinger y Camboya]

Noam Chomsky

«Henry Kissinger sería sin duda juzgado por su papel en los ataques si el mundo se rigiera por la justicia y no por la fuerza», afirma Chomsky en esta entrevista con Stuart Alan B., del Phnom Penh Post, de la que reproducimos la parte relativa a la política norteamericana en el Sudeste asiático en general, y a Camboya en particular. 

El filósofo y lingüista Noam Chomsky afirma que los Estados Unidos le deben a Camboya no sólo una disculpa, sino una reparación masiva por la campaña de bombardeos de B-52 denominada Operación Menú, que mató hasta a un millón de personas.

La campaña tuvo lugar del 18 de marzo de 1969 al 26 de mayo de 1970, destruyó un millar de ciudades y pueblos, desplazó a 2 millones de personas y, según Chomsky, contribuyó a la llegada de los Jemeres Rojos al poder.

Los comentarios de Chomsky se producen después de que los Estados Unidos desecharan la semana pasada una petición del primer ministro camboyano, Hun Sen, de condonar una deuda de 317 millones de dólares contraída con Estados Unidos por el régimen de Lon Nol durante la década de 1970.

En la entrevista, Chomsky afirmó: «Henry Kissinger sería sin duda juzgado por su papel en los ataques si el mundo se rigiera por la justicia y no por la fuerza».

(…)

Además de pionero lingüístico y filosófico, Chomsky fue uno de los primeros opositores a la guerra de Vietnam, desde la reaparición de Francia en Indochina tras la conclusión de la II Guerra Mundial en 1945.

Fue una de las fuerzas intelectuales que impulsaron el movimiento antibelicista en Estados Unidos durante los años 60 y principios de los 70.

Chomsky es conocido asimismo por sus críticas a la política exterior de los Estados, especialmente de los Estados Unidos, donde vive y cuya nacionalidad posee.

Ayuda a la gente a practicar lo que llama «autodefensa intelectual», señalando la diferencia entre las palabras pronunciadas y los hechos que llevan a cabo políticos, gobiernos, funcionarios religiosos o empresariales, a fin de que el ciudadano medio pueda ver el mundo con más precisión tal y como le afecta a él mismo, en lugar de verlo como parte de la agenda de un Estado, una religión, una gran empresa o cualquier otro centro de poder, como los denomima Chomsky.

Al igual que razonó que la guerra de Vietnam no se libraba en interés del pueblo norteamericano, Chomsky argumenta que las políticas de Israel en Cisjordania y Gaza no van en interés del pueblo israelí.

Si bien Chomsky es judío y estudioso del hebreo, critica las acciones militares de Israel, que, en su opinión, son más peligrosas para la población de Israel que útiles.

Podría decirse que Chomsky es crítico con todos los grupos de poder, independientemente de su origen étnico y nacional, lo que probablemente le hace tan popular y bien recibido en tantos lugares, y tan controvertido.

Chomsky ha ido observando los acontecimientos acaecidos en Camboya desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Se tomó su tiempo para responder a algunas preguntas sobre acontecimientos significativos de la historia del reino que han contribuido a configurar la Camboya actual.

«La enemistad histórica entre Vietnam y China se remonta a un milenio atrás. En 1978-79, Camboya era aliada de China y Vietnam estaba ligado a los rusos….»

¿Cómo ha podido pasar que la gente se hiciera idea de que usted se mostraba blando con las atrocidades de los Jemeres Rojos a raíz de su libro de 1988, escrito con Edward S Herman, Manufacturing Consent?

En nuestro libro de 1988, Herman y yo repasamos la forma en que se habían tratado los horrores de Camboya en tres fases distintas: la guerra de los Estados Unidos antes de la toma del poder por los Jemeres Rojos en abril de 1975, el periodo de los Jemeres Rojos en el poder, el periodo posterior a la invasión de Vietnam y la expulsión de los Jemeres Rojos, y el paso inmediato de los Estados Unidos y Gran Bretaña de prestar apoyo militar y diplomático directo a los Jemeres Rojos («Kampuchea Democrática»). En la época en que escribimos, se sabía que la guerra norteamericana anterior a 1975 había sido horrenda, pero sólo en los últimos años se han publicado documentos más extensos.

Ahora sabemos que la fase más brutal comenzó en 1970, cuando Henry Kissinger transmitió al general Haig las órdenes del presidente Nixon de «bombardeo masivo de Camboya, todo lo que vuele sobre todo lo que se mueva» (palabras de Kissinger). Es difícil encontrar una declaración con una intención genocida tan clara en los archivos de cualquier Estado. Y las órdenes se cumplieron. El bombardeo de la Camboya rural estuvo al nivel del bombardeo total aliado en el teatro del Pacífico durante la II Guerra Mundial. El Jemeres Rojos, tal como hoy sabemos, se expandieron hasta llegar a ser unos 200.000, en buena medida reclutados a causa de los bombardeos.

Durante el primer periodo y el tercero, los norteamericanos –y de modo más general, los occidentales- podían hacer bastante. Durante el segundo periodo, nadie tuvo siquiera una sugerencia sobre qué hacer. La cobertura fue exactamente lo contrario de lo que dictarían las consideraciones morales más elementales. Durante el primer periodo, hubo alguna protesta, pero la cobertura fue escasa y se olvidó rápidamente. Las nuevas revelaciones se han suprimido casi por completo. Durante el tercer periodo, la cobertura volvió a ser muy escasa y la historia también se ha olvidado casi por completo.

Nuestra revisión precisa de estos hechos sí que provocó una indignación considerable, y mentiras masivas, como las que usted menciona. Eso fue aún más cierto en el caso de nuestro estudio en dos volúmenes de 1979, The Political Economy of Human Rights, que proporciona amplia documentación para demostrar que este patrón era (y es) bastante general, y que se ha extendido por todo el mundo. La mayor parte del estudio se refería a crímenes norteamericanos, razón por la cual no fue objeto de reseñas ni de lectura, lo que confirmó nuestras tesis.

Había un capítulo que trataba sobre Camboya. En él, condenábamos duramente los crímenes de Pol Pot, y también revelábamos invenciones y engaños extraordinarios. Escribimos que los crímenes eran bastante horribles, pero que los comentaristas debían atenerse a la verdad y a las fuentes más fiables, como los servicios de inteligencia del Departamento de Estado, a todas luces la fuente más informada en aquel momento, también en buena parte suprimida, aparte de nuestro análisis, porque no se ajustaba a la imagen que se había fabricado. Esa imagen era importante.

Se explotó explícitamente para encubrir los crímenes cometidos por los Estados Unidos en Indochina y para sentar las bases de nuevos y horribles crímenes en América Central, justificados por el hecho de que los Estados Unidos tenían que detener a la «izquierda de Pol Pot». Comparamos Camboya con Timor Oriental con precisión: dos enormes atrocidades en el mismo período de tiempo y en la misma zona del mundo, que difieren en un aspecto crucial: en Timor Oriental, los Estados Unidos y sus aliados fuereran los principales responsables de las atrocidades, y podrían haberles puesto fácilmente fin; en Camboya pudieron hacer poco o nada -como se ha señalado, apenas hubo siquiera una sugerencia- y las atrocidades del enemigo pudieron explotarse y se explotaron para justificar las nuestras.

Demostramos que en ambos casos se produjo un engaño masivo en los EEUU y Occidente, pero en direcciones opuestas: en el caso de Timor Oriental, donde los crímenes podrían haber terminado fácilmente, se suprimieron o negaron; en el caso de Camboya, donde no se podía hacer nada, las invenciones y mentiras habrían impresionado, literalmente, a Stalin.

Se ignoró por completo lo que escribimos sobre Timor Oriental (salvo en Australia), junto con el resto de lo que escribimos sobre los crímenes norteamericanos y cómo se encubrieron.

Lo que escribimos sobre Camboya, por el contrario, provocó una enorme indignación y una nueva avalancha de mentiras, como comentamos en nuestro libro de 1988. Y así continúa. En general, es extremadamente importante suprimir nuestros propios crímenes y defender el derecho a mentir a voluntad sobre los crímenes de nuestros enemigos. Esas son las principales tareas de las clases cultivadas, tal como hemos documentado ampliamente, en estos libros y en otros lugares.

Es raro el estudio que no contiene errores, pero nuestro capítulo sobre Camboya parece ser una excepción. A pesar del enorme esfuerzo realizado, nadie ha encontrado ni siquiera una coma mal colocada, por no hablar de errores de fondo. Estaríamos encantados de admitir y corregir cualquier error, pero a pesar de esfuerzos hercúleos, no se ha encontrado ninguno. Y por favor, no se fíe de mi palabra. Compruébelo usted mismo.

Cuando se analiza el genocidio de Camboya bajo el régimen de los Jemeres Rojos, ¿se culpa a los bombardeos estadounidenses de Camboya de crear las condiciones que llevaron a Pol Pot al poder, o es algo más complejo?

Dos destacados estudiosos de Camboya, Owen Taylor y Ben Kiernan, señalan que cuando comenzaron los intensos bombardeos norteamericanos sobre la Camboya rural, los Jemeres Rojos eran un pequeño grupo de unos 10.000 efectivos. En pocos años, los Jemeres Rojos, se había convertido en un enorme ejército de unos 200.000 hombres, profundamente amargados y en busca de venganza. Su propaganda de reclutamiento hizo hincapié en los bombardeos norteamericanos. Los archivos del Pentágono revelan que el tonelaje de las bombas lanzadas sobre la Camboya rural fue aproximadamente el mismo que el total de los bombardeos estadounidenses en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y por supuesto mucho más intenso. Pero seguramente no fue el único factor.

En su lectura de la historia, ¿por qué los líderes de los Estados pueden llegar a la maldad de para masacrar a cualquiera que haya ido a la escuela o que llevara gafas [como hicieron los Jemeres Rojos]? ¿Puede imaginar la base intelectual o emocional para que los autores de asesinatos en masa sean capaces de vivir alegremente como instrumentos de asesinatos en masa?

Es una buena pregunta. También podemos hacernos preguntas similares sobre nuestra propia sociedad, la cual tendríamos que ser capaces de entender mejor. Sólo hay que ceñirse a Camboya. El intenso bombardeo comenzó bajo las órdenes del presidente Nixon, que Kissinger transmitió lealmente a los militares estadounidenses con estas palabras: «Campaña masiva de bombardeos en Camboya. Todo lo que vuele sobre todo lo que se mueva». Es el tipo de apelación al genocidio que raramente se encuentra en los archivos de ningún Estado. La declaración se publicó en The New York Times, y no hubo ninguna reacción entre sus lectores, en su mayoría intelectuales liberales, pocos de los cuales la recuerdan siquiera.

¿Deberían ser juzgados y ejecutados o encarcelados los autores del genocidio de Camboya? ¿Por qué?

Me opongo a la pena de muerte, pero creo que deberían tener un juicio justo y acabar en la cárcel. Nadie se hace esa pregunta cuando se trata de Nixon y Kissinger, o de los ricos y poderosos en general.

Chomsky.info, Phnom Penh Post, 5 de octubre de 2010

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El juicio de Henry Kissinger

Reed Brody

Reseña de The Trial of Henry Kissinger [El juicio de Henry Kissinger], de Christopher Hitchens, Verso, Londres, 2001

La historia está alcanzando al ex Secretario de Estado Henry Kissinger. Si bien continúa pontificando de modo regular sobre asuntos mundiales en los telediarios norteamericanos, cada vez son más las partes del mundo que no puede visitar. Jueces de Argentina, Chile, Francia y España solicitan el testimonio de Kissinger en relación con crímenes cometidos por regímenes clientelares de los Estados Unidos en Sudamérica en la década de 1970. Cuando Kissinger estuvo en Londres en abril, un activista británico pidió su detención por cargos relacionados con la guerra de Vietnam. Ha sido objeto incluso en los Estados Unidos de una demanda civil interpuesta por la familia del alto mando militar chileno asesinado en 1970 como parte de un intento ideado por los Estados Unidos de bloquear la elección de Salvador Allende.

El libro de Christopher Hitchens, si bien es cierto que rebosa de veneno en contra de Kissinger, y que a veces resulta farragoso y desenfocado, reúne de forma persuasiva las pruebas conocidas desde hace tiempo, así como otras recientemente desclasificadas, para demostrar el papel de Kissinger en la destrucción de la democracia chilena y la consolidación de la dictadura de Pinochet, la prolongación de la guerra de Vietnam mediante el sabotaje de las conversaciones de paz de Lyndon Johnson en 1968, la invasión indonesia y posterior violación de Timor Oriental, la invasión de Chipre por la junta militar griega en 1974, la muerte de civiles a causa de los bombardeos aéreos de Estados Unidos en Laos y Camboya y los crímenes contra la humanidad del ejército paquistaní en Pakistán Oriental (actual Bangladesh). Un historial impresionante para un hombre, hasta para un Premio Nobel de la Paz.

Entonces, ¿es Henry Kissinger un criminal de guerra?

Es difícil no confundir la responsabilidad política, moral e histórica de un gran sufrimiento humano con la responsabilidad penal. Pero una cosa es afirmar que las políticas de Henry Kissinger provocaron cientos de miles de muertes y otra cosa, decir que, en un sentido estrictamente jurídico, es penalmente responsable de esas muertes. A pesar del título de su libro, Hitchens no intenta separar lo políticamente erróneo de lo criminalmente erróneo ni presentar un caso legal contra Kissinger.

Pero hay una forma de argumentar jurídicamente. Los principios del derecho penal tradicional, ratificados por los tribunales para crímenes de guerra de Yugoslavia y Ruanda, sostienen que alguien puede ser considerado cómplice si contribuye conscientemente a la perpetración del crimen de forma material y substancial. De Acuerdo con esta norma, no sería imposible demostrar que un funcionario estadounidense (o soviético) cuyo apoyo permitió a un régimen servil cometer atrocidades es cómplice de esos crímenes. En el caso de Timor Oriental, por ejemplo, documentos recientemente publicados demuestran que, a pesar de que Kissinger lo había negado anteriormente, él y el presidente Ford dieron específicamente luz verde a Suharto para invadir Timor en una reunión en Yakarta, sólo un día antes de la invasión real. Estados Unidos suministraba entonces al ejército indonesio el 90% de sus armas, y el propio Kissinger describió su relación como la de «donante-cliente». Cuando el número de víctimas civiles de la invasión se elevó a decenas y más tarde a cientos de miles, Hitchens y otros acusan a Kissinger de haber manipulado el proceso de revisión exigido por el Congreso, a sabiendas de la matanza de civiles, para garantizar que la ayuda a los asesinos siguiera fluyendo.

Cuando son los Estados Unidos los que han cometido directamente las atrocidades, la situación jurídica es diferente. Por ejemplo, los bombardeos aéreos de Estados Unidos y Vietnam del Sur, bajo la supervisión de Kissinger, dejaron aproximadamente 350.000 civiles laosianos y 600.000 civiles camboyanos muertos. Si Henry Kissinger aprobó el bombardeo de objetivos en Camboya y Laos sabiendo que había civiles, como sugieren las declaraciones citadas por Hitchens, la cuestión estribaría en si el bombardeo fue indiscriminado o desproporcionado.

Es difícil imaginar, por supuesto, que se llevara a Kissinger a juicio. Sin embargo, a medida que el principio abstracto de responsabilidad penal individual por atrocidades se hace más realidad, se oyen cada vez más voces que se preguntan por qué sólo se juzga a los dictadores de los países del Tercer Mundo, y no a los dirigentes occidentales que los llevaron al poder y los sostuvieron mientras cometían sus atrocidades. ¿Por qué se juzga a Pinochet y no a Kissinger? ¿Por qué Hissène Habré y no los dirigentes norteamericanos y franceses que le apoyaron todo el tiempo que duró su gobierno? ¿Por qué se acusa de genocidio a los hombres fuertes de Guatemala y no a los responsables políticos norteamericanos que les respaldaron? El libro de Hitchens no sólo plantea esta pregunta, sino que proporciona la base fáctica para responder «: ¿por qué no?».

Human Rights Watch, 2001

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Henry Kissinger cumple esta semana 100 años. Vergüenza tendría que darle aparecer en público

Bhaskar Sunkara, Jonah Walters

Henry Kissinger cumple 100 años este sábado [27 de mayo], pero su herencia nunca ha estado en peor forma. Aunque muchos comentaristas hablan hoy de un «legado torturado y mortífero», durante décadas Kissinger recibió alabanzas de todos los sectores del “establishment” político y mediático.

Kissinger, refugiado judío adolescente huido de la Alemania nazi, recorrió una improbable senda hasta algunos de los cargos más poderosos de la Tierra. Y lo que es aún más extraño, como asesor de seguridad nacional y secretario de Estado de Nixon y Ford, se convirtió en una especie de icono pop.

Por aquel entonces, un perfil adulador del joven estadista lo definía como «el sex symbol de la administración Nixon». En 1969, según dicho perfil, Kissinger asistió a una fiesta llena de miembros de la alta sociedad de Washington con un sobre marcado como «Top Secret» bajo el brazo. Los demás invitados a la fiesta apenas podían contener su curiosidad, así que Kissinger desvió sus preguntas con una ocurrencia: el sobre contenía su ejemplar del último número de la revista Playboy (al parecer, a Hugh Hefner [creador de la revista] le pareció divertidísimo y a partir de entonces se aseguró de que el asesor de seguridad nacional recibiera una suscripción gratuita).

Lo que realmente contenía el sobre era un borrador del discurso de Nixon sobre la “mayoría silenciosa”, un discurso ahora famoso que pretendía trazar una línea nítida entre la decadencia moral de los liberales antibelicistas y la inquebrantable “realpolitik” de Nixon.

El trabajo de alto secreto que realizaba en la década de 1970 también envejeció mal. En pocos años, organizó bombardeos ilegales en Laos y Camboya e hizo posible el genocidio de Timor Oriental and Pakistán Oriental. Mientras tanto, Kissinger era conocido entre la alta sociedad del Beltway [las zonas residenciales de Washington] como «el playboy del Ala Oeste». Le gustaba que le fotografiaran, y los fotógrafos le complacían. Era un fijo de las páginas de cotilleos, sobre todo cuando sus escarceos con mujeres famosas saltaban a la luz pública, como cuando él y la actriz Jill St John hicieron saltar inadvertidamente una noche la alarma de su mansión de Hollywood una noche mientras se escapaban a su piscina («Le estaba enseñando ajedrez», explicó Kissinger posteriormente).

Mientras Kissinger deambulaba por entre la “jet set” de Washington, él y Nixon -una pareja tan unida por la cadera que Isaiah Berlin los bautizó como «Nixonger»- estaban ocupados ideando una marca política basada en su supuesto desdén por la élite liberal, cuya moralidad decadente, afirmaban, sólo podía conducir a la parálisis.

Kissinger desdeñaba el movimiento antibelicista, calificando a los manifestantes de «niños universitarios de clase media alta» y avisando: «No van a ser los mismos que gritan ‘Poder para el pueblo’ los que tomen las riendas de este país si eso se convierte en una prueba de fuerza». También despreciaba a las mujeres: «Para mí las mujeres no son más que un pasatiempo, una afición. Y nadie le dedica demasiado tiempo a un pasatiempo». Pero es indiscutible que a Kissinger le gustaba el liberalismo dorado de la alta sociedad, las fiestas exclusivas, las cenas de buenos filetes y los flashes.

La alta sociedad le correspondía. Gloria Steinem, compañera ocasional de cenas, llamaba a Kissinger «el único hombre interesante de la administración Nixon». Joyce Haber, columnista de cotilleos, lo describió como «mundano, humorístico, sofisticado, un caballero con las mujeres». Hef [Hugh Hefner] le consideraba un amigo, y en una ocasión afirmó en letra impresa que una encuesta entre sus modelos revelaba que Kissinger era el hombre más deseado para tener citas en la mansión Playboy.

Ese encaprichamiento no terminó con la década de 1970. Cuando Kissinger cumplió 90 años en 2013, su celebración de cumpleaños con alfombra roja contó con la asistencia de una multitud bipartidista entre la que se contaba Michael Bloomberg, Roger Ailes, Barbara Walters, y hasta el «veterano de la paz» John Kerry, junto con otras 300 personalidades.

Un artículo de Women’s Wear Daily informaba de que Bill Clinton y John McCain pronunciaron los brindis de cumpleaños en un salón de baile decorado en estilo chino para complacer al invitado de honor de la noche. (McCain, que pasó más de cinco años como prisionero de guerra, describió su «maravilloso afecto» por Kissinger, «a causa de la guerra de Vietnam, que fue algo que tuvo enormes repercusiones en la vida de ambos»). El chico mismo del cumpleaños subió entonces al escenario, donde recordó a los invitados el «ritmo de la historia» y aprovechó la ocasión para predicar el evangelio de su causa favorita: el bipartidismo.

La capacidad de Kissinger para el bipartidismo era célebre. (Los republicanos Condoleezza Rice y Donald Rumsfeld asistieron a primera hora de la noche, y luego llegó con los brazos abiertos la demócrata Hillary Clinton por una entrada de carga, preguntando: «¿Listos para el segundo asalto?») Durante la fiesta, McCain se jactó de que Kissinger «ha sido consultor y asesor de todos los presidentes, republicanos y demócratas, desde Nixon». McCain hablaba probablemente en nombre de todos los presentes en el salón de baile cuando añadió: «No conozco a nadie más respetado en el mundo que Henry Kissinger».

En realidad, gran parte del mundo vilipendia a Kissinger. El ex secretario de Estado evita incluso visitar varios países por miedo a que le detengan y le acusen de crímenes de guerra. En 2002, por ejemplo, un tribunal chileno le exigió que respondiera a diversas preguntas sobre su papel en el golpe de Estado de 1973 en dicho país. En 2001, un juez francés envió agentes de policía a la habitación del hotel de Kissinger en París para entregarle una solicitud formal de interrogatorio sobre el mismo golpe, en el curso del cual habían desaparecido varios ciudadanos franceses.

En esa misma época, Kissinger canceló un viaje a Brasil tras los rumores de que sería detenido y obligado a responder a preguntas sobre su papel en la Operación Cóndor, el plan de los años 70 que unió a las dictaduras sudamericanas para hacer desaparecer a sus oponentes exiliados. Un juez argentino ya había nombrado a Kissinger como posible «acusado o sospechoso» en una futura acusación penal.

Pero en los Estados Unidos, Kissinger es intocable. Allí, a uno de los carniceros más prolíficos del siglo XX lo quieren bien los ricos y poderosos, independientemente de su afiliación partidista. El atractivo bipartidista de Kissinger es sencillo: fue uno de los principales estrategas del imperio estadounidense del capital en un momento crucial del desarrollo de ese imperio.

No es de extrañar que la clase política haya considerado a Kissinger como un activo y no como una aberración. Encarnaba lo que comparten los dos partidos gobernantes: la determinación de garantizar condiciones favorables a los inversores estadounidenses en la mayor parte posible del mundo. Ajeno a la vergüenza y a las inhibiciones, Kissinger fue capaz de guiar al imperio estadounidense a través de un traicionero periodo de la historia mundial, cuando el ascenso de Estados Unidos hacia el dominio mundial parecía a veces al borde del derrumbe.

La doctrina Kissinger persiste hoy en día: si los países soberanos se niegan a participar en los planes más generales de los Estados Unidos, el Estado de seguridad nacional norteamericano actuará rápidamente para minar su soberanía. Para los Estados Unidos, es lo de siempre, independientemente del partido que ocupe la Casa Blanca, y Kissinger sigue siendo, mientras viva, uno de los principales guardianes de este status quo.

El historiador Gerald Horne contó una vez que Kissinger estuvo a punto de ahogarse mientras navegaba en canoa bajo una de las cataratas más grandes del mundo. Lanzado a aquellas aguas agitadas, el estadista se vio obligado a enfrentarse al terror de perder el control, de afrontar una crisis en la que ni siquiera su increíble influencia podía aislarle del desastre personal. Pero el pánico sólo fue temporal: su guía enderezó el barco y Kissinger volvió a salir ileso.

Quizá el tiempo logre pronto lo que las cataratas Victoria no lograron hace tantos decenios.

The Guardian, 27 de mayo de 2023

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Greg Grandin es profesor de Historia de la Universidad de Yale, en la que se doctoró, fue durante casi veinte años profesor de la Universidad de Nueva York. Galardonado con el Premio Pulitzer, es autor de varios libros de hostoria muy divulgados, entre ellos “Kissinger’s Shadow”, y es miembro del consejo editorial del semanario The Nation, además de colaborar con medios como The London Review of Books, The New Republic o The New York Times.

Noam Chomsky. Profesor laureado de la Universidad de Arizona y catedrático emérito de Lingüística del Massachusetts Institute of Technology, es uno de los activistas sociales más reconocidos internacionalmente por su magisterio y compromiso político. Su libro más reciente es “Climate Crisis and the Global Green New Deal: The Political Economy of Saving the Planet»

Reed Brody es consejero y portavoz de Human Rights Watch, una de las principales organizaciones mundiales de defensa de los derechos humanos. Apodado “cazador de dictadores”, ha sido también Asesor Especial para Procesos Judiciales de dicha ONG.

Bhaskar Sunkara es presidente de The Nation, es editor fundador de Jacobin, columnista de la edición norteamericana de The Guardian y autor de “The Socialist Manifesto: The Case for Radical Politics in An Era of Extreme Inequalities”.

Jonah Walters es periodista independiente, es becario postdoctoral en el Instituto de Sociedad y Genética de la Universidad de Califoernia en Los Ángeles (UCLA).

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