Por Claudia Rafael

La humanidad entera fue herida de muerte el 26 de noviembre de 2021 cuando Lucio Dupuy dejó de respirar. Cuando un niño de 5 años es víctima de la saña del mundo adulto, la condición humana ya no es ni será la misma. ¿Cómo podría? La sentencia que determinó que quienes estragaron a Lucio estarán presas por medio siglo no repara ese dolor. Es que un fallo judicial transita por otros carriles. Y esos carriles no están hechos para impedir que esos infinitos lucios en la historia misma de las infancias sigan existiendo. Que se repitan con una crueldad irreparable.

No devuelve a Lucio ni impide que otros lucios transiten cotidianamente agonías atroces. Cumple, simplemente, con el cometido de la justicia: castiga cuando algo ya ocurrió. Interviene en el después.

Cada vez que el universo adulto arremete con toda la crueldad posible e imposible, cuando ya es demasiado tarde, saltan a la luz incontables relatos que dan cuenta de que todo ese horror había sido percibido. Había sido escuchado, olido, atendido, sobrevolado. Pero ignorado a sabiendas. ¿Es acaso una revelación divina que el ámbito de mayor peligro para niñas y niños abusados sexualmente, golpeados, maltratados, violentados física y psicológicamente suele ser el ambiente familiar, ese espacio supuestamente impoluto, nacido para cobijar del mundo exterior? Decía Alfredo Grande en uno de sus textos: “Una familia donde la ternura es desalojada por la crueldad, deja de ser familiar. Pero la palabra familia queda. Entonces las mejores familias son aquellas donde la capacidad de encubrimiento de lo siniestro se mantiene

Las sociedades necesitan tranquilizar sus conciencias fogoneando nuevas leyes que les disciplinen cómo y por qué actuar ante cada nueva historia de victimización. Que les digan que si un pequeño es llevado reiteradamente a una guardia médica con quebraduras, golpes, señales extrañas en su cuerpo, hay algo que no está bien. Que si un niño plasma dibujos que dejan al desnudo señales de violencias, no es producto de una imaginación fructífera, sino que hay algo que tampoco está bien. Que si un niño o una niña grita y llora más de lo que ríe, hay demasiado que no está bien.

Hay una parte extendida de la sociedad que se regocijará ante el grito de que se pudran en la cárcel, que paguen con sus vidas si es necesario, que reciban castigos extra a la pena de prisión perpetua, que las hará salir de la cárcel cerca de los 80 años.

Hay mucho más, por fuera de ese clamor, que seguirá ocurriendo más allá del paradigma legal que ya alzó su voz y estableció la mayor de todas las condenas según las leyes argentinas.

La mejor de las condenas, la más efectiva, la más contundente, sería que esa sentencia fuera el reaseguro de que no habrá más lucios. Que Lucio Dupuy, que ya no retorna, fue el último de todos los niños y las niñas estragadas en el planeta. Que la herida feroz de la condición humana cerrara definitivamente porque a partir del momento del fallo de los jueces Alejandra Ongaro, Andrés Olié y Daniel Sáez Zamora, del Tribunal de Audiencias de La Pampa, las infancias serán celebradas y cobijadas sin la sombra del espanto sobre su piel.

Nota publicada en: Agencia Pelota de Trapo (APE)

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