Por Euge Murillo

¿Cómo no cansarse de la pandemia, del alejamiento de las pasiones alegres, de ser responsables, de los cuidados, del encierro, de la autoexplotación, de la difuminación de los límites de los espacios? Casa, trabajo, familia, placer todo amontonado cruje como crujen los cuerpos rotos que pierden su espacio vital de descanso. ¿Cómo dilucidar la forma de existencia en medio del derrumbe? Los últimos 14 meses produjeron un cansancio llevado al límite frente a las condiciones que hay que atravesar frente a la pandemia. Barby Mariscotti es docente, militante feminista lgtb y psicóloga: desde su perspectiva el cansancio puede manifestarse a través de lo físico, lo mental, por sintomatologías gástricas, por insomnio, por la disminución de la paciencia o la tolerancia. En pandemia todo esto se ve incrementado por la incertidumbre: “No saber cuándo cambian las medidas, no entender por qué se le pone horario a una cosa y no a la otra. El cansancio tiene que ver con esa preocupación constante y el tener que estar permanentemente tratando de entender el metalenguaje o los conceptos detrás de cada comunicación”, dice a Las12. Mariscotti da un ejemplo concreto para comprenderlo. “Es como si yo te dijera la semana que viene alguien te va a pegar una trompada, y vos no sabes ni quién, ni cuándo, ni dónde, ni por qué pero vas a estar una semana entera esperando la piña. Esa sensación de sostener el estrés por tiempo prolongado e indeterminado genera un estado hormonal que es bastante específico. Sube el cortisol por ejemplo que mata glóbulos blancos y eso hace que bajen las defensas. Eso es el cansancio, no saber con qué lidiamos”.

La ausencia de deseo, la imposibilidad para proyectar y hasta la dificultad para emocionarse por transitar permanentemente el estado de alerta frente al daño, son vivencias comunes que ha dejado este primer año de pandemia, una condición para la vida cotidiana: “El cansancio se expresa de múltiples maneras, tanto a nivel corporal como a nivel mental, aparecen los trastornos en el sueño que no solamente puede ser el no poder dormir si no también dormir y que el cuerpo no descanse o dormir muy poco. Estos síntomas tienen injerencia en los estados de ánimo que no necesariamente puede devenir en depresión si no que yo definiría como una tristeza más permanente”, explica la psicóloga Ana Larriel. Y describe el agotamiento como el cansancio llevado al límite: “En este sentido lo que se hace para tramitar la pandemia tiene una serie de condiciones que exacerban este agotamiento y lo hacen sostenerse en el tiempo. El carácter de imprevisibilidad, el no saber qué va a pasar, hace que sea muy difícil proyectar a futuro y al mismo tiempo nos demanda que sigamos sosteniendo cosas como el trabajo, por el riesgo de pérdida inminente” según Larriel, esto es lo que hace que escalen los niveles de ansiedad que en general devienen en angustia.

Autoexplotación

El teletrabajo abrió cabalmente el mundo de la virtualidad, las aplicaciones y los dispositivos para llevar a cabo las tareas que antes se hacían cuerpo a cuerpo dejan afuera el lenguaje no verbal entre las personas, la gestualidad está filtrada en la pantalla: “De alguna manera te ves en la obligación de prestar más atención para adivinar la intención y el tono, y por otro lado los turnos del habla. Entonces el trabajo que antes era presencial y ahora se volvió online genera mucho cansancio porque se requieren estos recursos psíquicos. Prestar atención a lo que en lo presencial no prestábamos tanta atención porque el cuerpo de la otra persona nos lo informaba” agrega Mariscotti.

Maru tiene 38 años y es abogada, trabajaba en una oficina en Lanus en relación de dependencia cumpliendo un horario de seis horas. Cuando comenzó la pandemia incursionó en el teletrabajo y no volvió más a la oficina: “Antes cuando se cumplía ese plazo de seis horas si algo me quedaba pendiente lo realizaba al día siguiente. Al estar en casa no tenés forma de decir que no llegaste, porque siempre está implícito que estás haciendo otras cosas, en mi caso que soy mamá y tengo hijos, esto se da por sentado. El primer mes lo fui pilotando, pero ahora, un año después, en esa dinámica las tareas se fueron incrementando y no hay una cuantificación” explica. El borramiento del límite entre casa y trabajo también es un factor de cansancio que en un principio era menos notorio y que fue incrementándose como así también la exigencia en el rendimiento. Se trata del funcionamiento de la vida familiar con la laboral a partir de la hiperconectividad ¿Quién apaga el teléfono cuando la virtualidad se ha convertido en el nexo primario con les otres? “Yo nunca había utilizado Whatsapp para comunicarme en mi trabajo, solo en situaciones muy puntuales, ahora mi celular pasó a estar en la agenda de 100 personas y obviamente me han caído mensajes a las 2 de la mañana. Trabajar en casa agota por las interferencias que hay en la vida doméstica. Yo en la oficina ponía toda la concentración en ese espacio, ahora se suma la convivencia y como mujer se exacerba aún más con las tareas de cuidado, sucede todo al mismo tiempo. Mi marido, por ejemplo, mantuvo su trabajo presencial y han recaído sobre mí un montón de tareas que se superponen al trabajo que yo hacía en el espacio de mi oficina”.

“Lo que nos cansa más a todxs en este momento es que seguimos trabajando aunque no sea para conseguir dinero” dice Melina Varnavoglou, librera y filosofa feminista: “La hiperconectividad, la espectacularización de la intimidad y el reemplazo del deseo por ‘oportunidad’ a partir de la multiplicación de opciones efímeras desde una pareja sexual hasta un plato de comida se han convertido en una dinámica que además de cansar, resiente. Porque no todo el mundo puede acceder a esos consumos ni a la dinámica de elección permanente. La raíz común es el mandato de productividad y lo que Sara Ahmed llama “promesa de la felicidad”. El primero nos hace vivir en un régimen de falta de tiempo permanente y el segundo, sentir que nada de lo que hagamos es suficiente para estar bien”, concluye.

Sofía Scasserra, economista del Instituto del Mundo del Trabajo, explica que las jornadas laborales están íntimamente relacionadas a un tema de salud y que la hiperconectividad generó una sobrecarga psicológica en trabajadorxs que trae riesgos psicosociales asociados como la ansiedad, la depresión y agotamiento. “En mayo de 2019 la Organización Mundial de la Salud reconoció el Síndrome del «burnout» (o síndrome de agotamiento) por primera vez en su Clasificación Estadística Internacional de enfermedades y problemas relacionados a la salud; y varias encuestas nacionales de salud en diversos países indican que el síndrome de agotamiento está en aumento en todo el mundo. Lo interesante de la clasificación de la OMS es que determinó al síndrome de agotamiento como un fenómeno pura y exclusivamente ocupacional y no como una condición médica general. ¿Que expone esto? El grado de responsabilidad que tenemos como sociedad en torno a las nocivas prácticas en el uso de las telecomunicaciones en los ámbitos de trabajo”

Débora Tajer, Doctora en Psicología, utiliza una metáfora para explicar el cansancio en esta época: “No es lo mismo correr 100 metros que correr una maratón, en ésta última se pone en juego la resistencia, el largo aliento, en cambio quien fue a correr los 100 metros puso todo en un lapso corto de tiempo”. No tener un horizonte claro hace que esta distribución de la fuerza que se le adjudica a las diferentes exigencias para llevar adelante la vida se vuelva una tarea cansadora: “Cómo utilizamos la fuerza y cómo nos vamos llenando de cuestiones vitales para sostener algo que va a llevar mucho tiempo. Antes de la pandemia muchas personas atravesamos el cansancio en relación al momento del capitalismo actual articulado con el neoliberalismo: flexibilización del trabajo, poliempleo, correr de un lado para el otro y la multitarea de las mujeres. En la pandemia se le suma la incertidumbre, el miedo y el aumento de tareas”, explica. La autoexplotación puede llegar a ser incluso más cruel que el mercado, lo llaman “el tirano que nos habita” que con la pandemia se ha vuelto aún más exigente, por el miedo a perder el trabajo en un contexto de recesión y crisis económica: “El impacto que produjo la pandemia en la economía genera un miedo a perder el trabajo o a no conseguirlo. Y por otro lado, frente a que no hay tantas posibilidades de hacer vida social, trabajar se convierte en una manera de pasar el tiempo. En ese sentido, me parece importante la autorregulación para hacerse de ese tiempo libre al que muchas veces se le escapa porque puede volverse un tiempo angustioso”, dice Tajer, autora del libro Psicoanálisis para todxs.

Hartarse del miedo

El número de cinco cifras para los contagios y el de tres para comunicar las muertes por covid19 son las coordenadas que se dan a modo de anuncio todas los días desde hace 14 meses. Los números suben y bajan, señalan cuánto más o cuánto menos hay que ajustar esos pilares de sostenimiento de casi todo. No solo crujen los cuerpos y rechinan los dientes en el descanso nocturno, los miedos que desató la pandemia también tienen un sonido que amenaza constantemente con el derrumbe: “El miedo a perder un ser querido, el miedo a enfermarse y quedar en aislamiento en un hospital o el miedo a no poder recibir asistencia claro que cansa, porque es el estado de alerta lo que genera agotamiento. Por eso hay impacto en el sueño y en el descanso porque justamente estamos de guardia”, dice Tajer.

Ana Larriel no dejó el consultorio de psicología desde que comenzó la pandemia, dice que se sentía ‘obligada moralmente’ a trabajar: “Estaba agotada pero tenía miedo a quedarme sin laburo y a tener que sostener la vida sin trabajo. Mi mamá además estaba entre la población de riesgo y mi hermana viviendo en Brasil, todo eso estaba sucediendo al mismo tiempo. Yo sentía que no podía parar y lo que hice fue anular mi miedo y cada tanto me encerraba a llorar porque sentía que no podía darme el lujo de procesarlo en ese momento”.

Frente al terror una de las estrategias recurrentes es el negacionismo que se ve en las personas antivacunas o en las teorías que le adjudican a la pandemia un trasfondo conspiratorio: negar también es una forma de tramitar la pandemia. Ana considera que existen otras estrategias de tramitación: “Tomar dimensión es un proceso doloroso y de mucha angustia, porque eso incluye no saber un montón de cosas y una de las que más cuesta identificar en este contexto es dónde estamos parados. Ese proceso de entender en dónde estamos yo lo veo muy parecido al proceso de duelo frente a la pérdida”.

Julieta Recalde tiene 47 años, es madre soltera y tiene una hija de 21 años y un hijo de 14. Vive en Gregorio de Laferrere y trabaja en Villa Soldati, es docente y siente miedo cada vez que viaja en tren junto a sus hijxs para ir a la escuela: “Tengo miedo de enfermarme, de traer el virus a mi familia, a que me pase algo y no tener un lugar ni un respirador, a las secuelas que pueda dejar el virus. Si fuera por mí, yo no me expondría como lo estoy haciendo. El año pasado, a pesar de no tener los elementos necesarios, conectividad, chicxs sin ni siquiera celular, trabajé el triple porque amo mi profesión”. Julieta siente bronca de ver en la televisión las fachadas de los colegios privados de padres y madres pidiendo la presencialidad: “Cuando una mamá manda a su hijx con miedo porque el estado te está diciendo que lo peor que le podemos hacer a los chicos es encerrarlos, eso me da impotencia, estoy cansada de escuchar a los políticos cómo no nos valoran como trabajadorxs de la educación. Yo me levanto todos los días a las 5 de la mañana y me subo al tren, ese que está repleto y que ellos dicen que no se utiliza para ir a la escuela”.

Una piña atrás de otra

“Tengo problemas para dormir, durante la guardia y cuando no estoy de guardia también. Tengo taquicardia y palpitaciones” cuenta Valeria Akkauy, que tiene 39 años y es médica especialista en terapia intensiva. Trabajadorxs de salud y tubos de oxígeno se transformaron en las vigas de este sostenimiento de la vida, queda lejos ese ritual de aplausos a las 9 de la noche como muestra de apoyo a esta labor que entre pico y pico de casos no ha dejado de formar parte de la primera línea esencial. Valeria es coordinadora en el ámbito privado de un servicio de terapia intensiva y también trabaja en el hospital público: “Antes de la pandemia era otro ritmo de trabajo, otra organización. Si bien nuestra especialidad genera estrés, nunca lo sentí como en este último tiempo” cuenta. En una guardia común Valeria se cambia 10 veces el equipamiento de protección que consta de doble barbijo, camisolín, guantes dobles, botas y máscaras. Cuando sale, descarta todo excepto las máscaras que hay que lavar cuidadosamente: “Ahora que la ocupación está a un 100 por cien cansa la cantidad de pacientes, cambiarnos y estar con el equipo de protección personal por horas, no tener horario para poder descansar, la falta de personal. Se siente mucho en el cuerpo, también hay que tener presente que cuando termina nuestro trabajo nos espera una familia. Me entristece muchas veces que mi hijo me espere para jugar y estar tan cansada para hacerlo. A nivel mental el miedo a enfermar, la falta de recursos, la tristeza de tener que hablar con lxs pacientes sobre la gravedad de su enfermedad, el tener que informar a los familiares que perdieron a un ser querido… Cansa la indiferencia de la gente ante el aumento de casos”. A pesar del agotamiento, Valeria reconoce el apoyo que hay entre compañerxs que muchas veces es uno de los sostenes principales.

Maria Victoria Auteri tiene 43 años y es médica de guardia en el hospital Muñiz: “Este año nos encontramos mucho más cansadxs con el agravante que conocemos de qué se trata. Las guardias en terapia Intensiva son extenuantes. Los pacientes están muy graves. Cuando un o una paciente sale de la sala porque mejora o fallece, inmediatamente ingresa otrx porque hay espera de pacientes que están internados en salas generales y requieren ingresar a terapia. Esta situación no la vivimos el año pasado. La cuarentena nos permitió admitir gradualmente a los pacientes. Nos dio tiempo de atenderlo. Yo veo un cansancio generalizado, tenemos compañeras y compañeros que se han vacunado pero que se han enfermado, por supuesto que la vacuna disminuye el riesgo de muerte y de complicaciones pero de todas maneras se tienen que aislar y entonces se achica el personal en actividad. Y no hay reemplazos porque faltan medicxs de terapia intensiva en general”, dice ella, que trabaja en terapia intensiva 30 horas semanales. Afrontar todo lo sucedido el año pasado requirió un esfuerzo extra que no tuvo momento de recuperación: “No nos repusimos de lo que pasó el año pasado y ya estamos de nuevo enfrentando la nueva ola, estamos teniendo una cantidad de pacientes ahora que no tuvimos en todo el año pasado en cuanto a la urgencia de ingresar a la terapia. Se va una paciente o un paciente y hay alguien para entrar. Es cansador también la saturación de las camas”. Maria Victoria como terapista cuenta lo difícil que es la elección de quien va a ocupar la cama: “Se evalúan un montón de cosas: la edad de la persona, si tiene enfermedades de base, se le da la posibilidad a quien tiene mas chance de sobrevida. Eso no puede ser agradable para nadie. Cuesta ver a quienes están en terapia peleándola, todo eso nos genera un desgaste psíquico importante. Más allá de las horas de guardia, nuestros teléfonos siempre están sonando”.

La sociedad del cansancio

El filósofo Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio postula el cansancio como desacelerador de la vida, remite también a la etimología de la palabra que viene del griego “kampto”, que significa doblar la trayectoria de un movimiento. Para Melina Varnavoglou, lo que trae Han sirve para pensar fenómenos como la autoexplotación y los individuos de “alto rendimiento”, pero allí falta dimensionar por qué no todos los trabajos cansan igual, o bien, la realidad de que algunxs nos cansamos más para que otrxs descansen: “Me parece peligroso pensar al cansancio como un afecto exclusivamente negativo, porque ¿cuál sería su reverso? La disponibilidad total, el rendimiento, un cuerpo que nunca se cansa o como Marie Bardet llama a los cuerpos “heroicos”. O sea un cuerpo que jamás requiere descanso y que encuentra placer solamente en servir, ser útil. Sin embargo, estar sometidxs al cansancio permanente nos aleja de una vida vivible. El cansancio de por ejemplo una trabajadora doméstica que tiene que hacer tres servicios por dia para sobrevivir y además tiene hijxs o familiares que cuidar, transforma esa vida en una vida cansada (en el sentido de que las cansan) a tal punto no hay espacio para actividades por fuera del trabajo. Y eso aisla de ámbitos donde se produce el conocimiento, el arte o también la posibilidad de participar o organizarse políticamente”.

En La sociedad del cansancio el filósofo sur coreano radicado hace varias décadas en Alemania, utiliza ejemplos de la clase media europea para sus reflexiones acerca de la humanidad, aún así su postulado genera una veta en ese vertiginoso camino del rendimiento, y al respecto Melina agrega: “El cansancio nos hace registrar algo a pesar de nosotrxs mismos, a veces “contra” nuestros planes. Pero es una señal de autopreservación: cuando se nos cansa el cuerpo sobre todo, nos damos cuenta de que es importante parar. Nos permite poner un límite a la productividad. Además, hay quienes tienen una experiencia del cansancio que es crónica, las personas discapacitadas, locas o con alguna enfermedad autoinmune, cuya existencia misma cuestiona el ideal capacitista de “poder con todo”. En un pequeño y genial manifiesto filosófico-feminista Teoría de la mujer enferma Johanna Hevda se mete con esta cuestión”

Las pasiones alegres se escurren entre los escombros, se va recogiendo lo que se puede en medio de la rotura ¿Cómo se tramita esa pérdida? Según Ana Larriel los lazos afectivos y los procesos colectivos generan condiciones de hospitalidad que pueden acompañar el dolor y la pregunta ¿Cómo sigue esto? La conmoción virulenta de esta pandemia continúa haciendo temblar los cimientos sobre los que más o menos andábamos a paso firme, un poco menos cansadxs que ahora y con la incertidumbre acomoda en la espalda que cruje.

Fuente: Página 12

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