Por Santiago Rey

Catorce de julio de 2016. A las 13,15, dos agentes de policía que prestan servicio en la Comisaría 42 de Bariloche realizan una recorrida de prevención en la zona del Alto de la ciudad. Caminan por la ruta 40, se dirigen al barrio El Frutillar. Unos minutos después F.D.B. y D.R.M. “observan que el empleado Muñoz Lucas, desciende de un micro línea, sobre Ruta 40 Sur, a la altura de la calle Peulla, y comienza a caminar sobre la banquina de la ruta, en dirección a la Unidad 42”. Se topan de frente, lo saludan, Muñoz los consulta si “habían visto a un sujeto, todo vestido de negro, con una mochila roja”, le dicen que no, Muñoz les pide que “estén atentos, sin especificar el por qué”. Los dos agentes siguen su camino, pero al voltear ven que “el oficial Muñoz se encontraba hablando con una persona que se encontraba a bordo de un vehículo marca Chevrolet, modelo Corsa, color gris, cinco puertas, el cual se encontraba estacionado sobre la banquina, con sentido este-oeste, atravesado, a la altura de la calle Chapel”. No le dieron “importancia” y continuaron su recorrido. “Donde ingresamos al barrio Frutillar lo perdemos de vista, es todo”.

“Es todo”, cerró su declaración testimonial F.D.B. un día después del hecho. Fueron los últimos que vieron con vida a Lucas Muñoz, más allá de sus secuestradores.

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Aproximadamente a las 13,08 del jueves 14 de julio de 2016, Lucas sale del departamento en el que vivía -una suerte de hostería ubicada en la avenida Moreno- dejando a su novia, Daniela Rodio aún acostada. La noche anterior habían visitado a otra pareja en la localidad de Dina Huapi, y luego habían discutido. Pasaron gran parte de la madrugada despiertos. Lucas desde hacía algunos días estaba nervioso y le había dicho a su pareja que se fuera de Bariloche, que en la ciudad pasaban cosas raras, que “corría mucha droga” y que “la policía estaba podrida”. Le dijo que “no quería seguir viviendo”, que extrañaba a sus tres hijos que viven en la comarca Viedma-Patagones.

Al salir, sin la mochila que habitualmente llevaba al trabajo, cruza la avenida Moreno, tal como lo registra la cámara de monitoreo de la Municipalidad, a las 13,11 horas. Es la última foto de Lucas Muñoz.

Antes de subir al colectivo comunica a su compañero de la Comisaría 42 Luis Nievas que llegaría tarde a tomar el servicio en la unidad policial. Se baja una parada antes a la correspondiente de la Comisaría, camina por la banquina de la ruta 40, cruza a dos efectivos, compañeros de la Unidad, y sube a un vehículo Chevrolet gris, modelo Corsa u Onix.

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Pte. 17:00 – Informa Enc. de calle sgto 1° Martínez por orden del Sr. Jefe de Unidad Sr. Jefe Elizondo Jorge se trata de buscar el paradero de of ayte Muñoz Lucas.-

El texto del parte diario de la comisaría 42, fechado el 14 de julio a las 17, constituye el primer documento oficial que da cuenta de la desaparición de Lucas Muñoz.

Sin embargo, la búsqueda oficial del agente de la Policía rionegrina no comenzó hasta el día siguiente. Una demora que la familia y algunos efectivos de la policía critican. A principios de agosto de ese mismo año, el Fiscal Martín Govetto toma declaración a varios efectivos, algunos de los cuales participaron de tareas de rastrillaje. Todos coinciden en que durante las primeras horas, sólo los agentes rasos se preocuparon por la situación. Un hecho que puede resumirse en el testimonio de uno de los consultados por el Fiscal: “Recién cuando sus amigos empezaron a meterse en los medios, reaccionaron (el subcomisario, José) Jaramillo y (el comisario, Jorge) Elizondo y activaron la búsqueda”.

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Catorce de julio de 2016, 18,23 horas. Al celular de Lucas Muñoz llega un mensaje por Whatsapp: X 100pre en mi corazón, dice: “Holaaa”. A las 20,58 vuelve a escribir: “Nene contestame estoy preocupada”. A las 23,42 horas del 15 de julio, insiste: “Lucas contestá por favor”.

Al mismo teléfono, el 15 de julio a las 9,44 horas, P.S. escribe “Holaaaa… Dejate de gatear y aparecé ?? Te están buscando”. A la 1,23 de la madrugada del 16 de julio, repite: “Dónde estás ? Acá estoy para lo que necesites. Xfabor”. El último mensaje es un minuto después: “Aparecé. No te ahogues en un vaso de agua”.

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El teléfono de Lucas Muñoz ya estaba desactivado pocos minutos después de su charla con él o los ocupantes del vehículo que lo cruzó a pocas cuadras de la comisaría, y al que subió aún no se sabe si voluntariamente u obligado.

Antes que se hiciera de noche ese 14 de julio de 2016, desde Ramos Mexía, Viedma y Sierra Colorada, Alicia y Benjamín, madre y padre de Lucas, Javier, Noelia, Romina y Paola, sus hermanos, se enteraron de la desaparición de Lucas por las redes sociales. Comenzaron a llamar, a preguntar a sus amigos, a escribir en Facebook, mandaron mensajes, hablaron entre ellos, comenzaron a darse cuenta de que su vida empezaba a cambiar para siempre.

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Entre las 22 y las 23 horas del 14 de julio de 2016, los policías del Cuerpo de Seguridad Vial Luis Irusta y Maximiliano Morales, ingresan al domicilio de Lucas Muñoz. Aún no se había activado la alarma oficial por la desaparición. Sin orden de allanamiento ni autorización de sus superiores, manipulan pertenencias de Muñoz, entre ellos una mochila y una carpeta, revisan y fotografían el archivo personal de su computadora, y envían esas imágenes a un Jefe policial.

Pocos días después, a través de una conversación por el messenger de Facebook, la novia de Lucas, Daniela Rodio, le pregunta a Irusta: “Qué buscabas en la compu? Por qué el historial?. Decime algo… necesito buscarlo, sé lo que hacía Lucas, con quien andaba, pero por qué el historial?”.

Fin de la conversación de chat.

Trece de noviembre de 2017. Irusta y Morales son condenados a dos años de prisión en suspenso por el allanamiento ilegal de la casa de Lucas Muñoz. En su defensa dicen que pretendían obtener información para orientar la búsqueda. Durante el Juicio, el fiscal Martín Lozada enmarca el ingreso a la vivienda en “una trilogía criminal que incluye el secuestro, la privación ilegítima de la libertad durante 27 días, y la ejecución de Lucas Muñoz. Este delito no es ajeno al pacto de silencio e impunidad”.

Por su parte, el Juez Marcelo Barrutia, antes de leer la sentencia, dice que “ha quedado flotando un pacto de silencio y una cadena de encubrimiento que tienen que ver con la causa principal”.

Un pacto de silencio que a seis años del hecho aún no ha sido quebrado. El silencio de los culpables.

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Diez de agosto, 14,15 horas, el Juez Bernardo Campana llama al Jefe del Escuadrón 34 de Gendarmería Nacional, a quien le requiere colaboración del personal, ante el hallazgo de un cuerpo en cercanías de la Ruta Nacional 40, zona Circunvalación. Le pide efectivos para brindar seguridad en la zona y personal idóneo de Criminalística y Estudios Forenses para análisis del lugar del hecho y levantamiento de rastros.

Al lugar concurre el Jefe del Escuadrón, Comandante Principal Diego Gasparutti. Allí el Fiscal Martín Govetto le informa que a cien metros aproximadamente de la banquina derecha de la Ruta 40, “sobre una elevación con presencia de abundante estepa y relieve de altura variable” efectivos de la Policía con apoyo del COER hallaron el cuerpo de una persona aparentemente de sexo masculino, con vestimenta de la Policía de la Provincia de Río Negro.

A las 15,51 el personal de Gendarmería Nacional procede a hacerse cargo de la custodia y seguridad del hecho. El Comandante Fabio Galluppi se dirige hasta las inmediaciones del sector del hallazgo. Exactamente en las coordenadas geográficas 41°10’39.3’’S y 71°19’25.6’’O.

La lluvia, la nevisca y el viento obligan a postergar hasta el día 15 a la mañana las tareas de examen del cuerpo y la zona del hallazgo. Se conforma un grupo criminalístico, y a las 11,19 del 15 de julio levantan el nylon que cubre a Lucas Muñoz. Se toman fotografías y se filma el cuerpo y su entorno. El cuerpo está con su uniforme policial lavado, con los borceguíes limpios, afeitado, y con un tiro en la cabeza y otro en la pantorrilla.

Se identifican elementos hallados en el lugar: con el número 1, una billetera símil cuero color marrón; con el 2, el cuerpo hallado; con el número 3, una vaina servida hallada en proximidades del cuerpo; con el 4, el arma hallada al costado del cuerpo. Es una pistola número de serie AC 10817 con el cargador con siete municiones y una munición en la recámara.

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Diez de agosto, aproximadamente a las 14 , el por entonces gobernador Alberto Weretilneck se encuentra en Bariloche. Se desplaza a bordo de una camioneta del SPLIF (Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales). La conductora del vehículo y titular del organismo, Patricia Montenegro, recibe un llamado. Corta y le dice al Gobernador que habían encontrado el cuerpo de Lucas Muñoz.

El mandatario decide entonces dejar la ciudad, luego de mantener un mínimo intercambio con los familiares, quienes estaban en Bariloche reclamando mayor esfuerzo oficial en la búsqueda de Lucas.

Pocos días después, Weretilneck ordena una serie de desplazamientos en la cúpula policial local, y fuerza el retiro de Jefes de la fuerza. Así, abona la teoría del pase de facturas interno en la policía como motivo del crimen, o, al menos, que los Jefes sabían más de lo que decían. El Gobernador resuelve el pase a disponibilidad del Comisario Inspector Manuel Poblete (segundo Jefe de la Unidad Regional), los Comisarios Jorge Elizondo (titular de la Comisaría 42), David Paz (Jefe del área de Seguridad Vial en Bariloche); en tanto, dispone el desplazamiento del subcomisario José Jaramillo (tercer jefe de la Comisaría 42), del propio Jefe de la Unidad Regional, Comisario Mayor Juan Fernández, y del ex Jefe de esa Unidad, Hugo Adrián Pallalef, entre otros.

“La reacción de los mandos de la Regional Tercera, el Cuerpo de Seguridad Vial y la Comisaría 42 no fue la reacción normal que tiene la fuerza cuando algún integrante está en riesgo, lo que genera aún mayores incógnitas”, dice Weretilneck.

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Diez de agosto de 2016, 27 días después del secuestro, la abogada de la familia Muñoz, Karina Chueri recibe el llamado de un periodista de la ciudad de Cipolletti; le pregunta si es verdad que encontraron el cuerpo de Lucas. Minutos después el fiscal Govetto le comunica que estaba yendo hacia la zona de la ruta de Circunvalación, donde había sido hallado un cadáver. La abogada llama a Javier, hermano de Lucas, y le da la noticia. Javier, que está almorzando con su familia, no les dice nada a Alicia y Benjamín, madre y padre del joven policía, y sale junto a Chueri hacia el lugar. Al llegar, otro uniformado que baja de la zona donde apareció el cuerpo se le acerca y le dice: “Lo lamento hermano”.

Fue la única palabra policial que rompió el silencio de los culpables.

Fuente. En Estos Días

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